31 ene 2010

Jacques Lacan, un psicoanalista, de Erik Porge


No soy amigo de los libros que se ofrecen como introducción a la obra de Lacan. En primer lugar, porque no creo que Lacan construyera una "obra" (palabra que designa, según el diccionario, un edificio incompleto, "en obra", o un producto artístico, literario o de pensamiento completo, acabado y cerrado, lo que en ningún caso aplica, me parece, a lo que hizo Lacan) sino más bien una enseñanza. Y no es que piense en Lacan como un pedagogo o un maestro espiritual, si bien su seminario, como se recordará, abre con una alusión al acto del maestro Zen. En segundo lugar, no soy amigo de esa clase de libros porque desde que decidí acometer la imposible tarea de leer a Lacan no hacían más que confundirme más. Algunos por hallarlos más alambicados y plenos de hermetismo que los textos lacanianos (el de Joel Dor, por ejemplo, o el de Mikkel Borch-Jacobsen, de quien luego leí artículos buenísimos, de antes de que cambiase de bando, claro, si bien ya algo demasiado coquetos con la filosofía) y otros porque, en su aparente sencillez y su espíritu didáctico, me resultaban sospechosos de engaño, esquematismo y reduccionismo (como el de Jean-Baptiste Fages, cuyo enojoso título "Para comprender a Lacan" (Comprendre Lacan) anuncia en portada el timo de su contenido. Como si Lacan, más allá de definirse como "un traumatizado del malentendido", hubiera pretendido ser comprendido;  ¡mon Dieu!)

Pero un día encontré un libro del que podía decir vaya, he aquí una estupenda introducción a la lectura de Lacan. No sé si es porque, cuando lo leí, ya llevaba yo varios años dándome de topes -comme il faut- con los textos de Lacan; pero tuve la sensación de que alguien entraba ahí a las cosas de un modo en que la claridad no escamoteaba la complejidad y - lo más importante- donde el rigor del abordaje teórico no estaba desprovisto del sentido clínico que caracterizó la enseñanza de Lacan. Es decir que alguien ahí rizaba el rizo convenientemente y a su estilo, como lo hizo el mismo Lacan de manera inigualable. Por eso, siempre que alguien me pregunta al respecto (y ya sé que aquí nadie lo hace, pero hice este blog para algo) no dudo en decir que quien quiera leer una buena introducción a las elaboraciones conceptuales de Lacan se remita a Jacques Lacan, un psicoanalista, este libro de Erik Porge.

Sólo le falta, en mi opinión, haber dado más lugar a la topología. Habrá que conformarse aquí también, ni modo, con aproximarse a un consabido no-todo. O mejor: habrá que seguir haciéndose nudos... Habrá que seguir cortando superficies hasta hacerlas rizos de papel...

Y por favor (aprovecho la entrada para decirlo de una vez), ¡que nadie empiece por los libros de Žižek!

E. Porge, Jacques Lacan, un psicoanalista, Síntesis, Barcelona, 2001, 352 pp.

28 ene 2010

J. D. Salinger (1919-2010)

El día de ayer, a la edad de 91 años, murió el escritor Jerome David Salinger. Murió, según parece, de la causa que deseó como destino a unos primerizos cuentos suyos, robados y publicados clandestinamente en 1974: "Los escribí hace un tiempo ya, y no tenía ninguna intención de publicarlos. Quisiera que murieran de muerte natural", declaró en relación a ellos, en una de las rarísimas entrevistas que concedió en su vida. Después del gran éxito de su novela "El guardián entre el centeno" (The Catcher in the Rye), Salinger decidió apartarse de la vida pública en 1951, rehuía de la celebridad, evitaba a toda costa ser entrevistado y retratado (una de sus últimas fotografías lo muestra a punto de golpear al fotógrafo, o bien, a punto de hacerle una seña obscena) y, si decía escribir mucho -para sí mismo y por puro placer- publicaba más bien poco, casi nada. "Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo", llegó a escribir. Ignoro si especificó cuál sería la primera, lo cierto es que todo ello no hizo sino rodear sus libros de un halo de misterio que contribuyó a afincar su fama de escritor secreto, de autor de culto (en tiempos en los que -a diferencia de ahora- no todo era objeto de culto). Dado el perfil que tienen los protagonistas de sus historias: jóvenes viviendo "al límite", de la sociedad y sus márgenes, del mundo adulto y la infancia, de la cordura y la locura, su obra no escapó a la tri(s)tura-ción de las  fauces del "psicoanálisis aplicado" (los curiosos, echen un ojo aquí, los morbosos aquí). Más interesante es señalar, por ejemplo, que  "El guardián entre el centeno" no dejó indiferente a una lectora como Anna Freud, y que la presencia del psicoanálisis (o lo que él entendía por eso) dejó una huella no desdeñable, incluso una impronta importante (como el propio J. D. Salinger lo dejó en claro) en las obras de este escritor norteamericano. De su novela Franny & Zooey copio la siguiente cita:
-No sé -dijo [Zooey]-. Me parece que debe de haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny..., lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-. Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirviera de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios. No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ése es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano, o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia..., saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupa horrores pensar en eso...

R.I.P.J.D.S.

Robert Burton. Anatomía de la melancolía


La melancolía anda de capa caída. Hoy casi nadie habla de ella (so pena de usar un lenguaje afectado) y sus símbolos seglares tienden a ocultarse en los engañosos vapores de la "depresión". La melancolía padece una suerte de decadencia que me hace sentir melancólico. Melancolía de la melancolía, eso tengo. (Pero no sería melancolía si supiera bien a bien por qué o de qué de ella). Para aliviarla, me he puesto a escribir esta entrada sobre Robert Burton.

 La elegancia de su estilo -de franco tono subjetivo- y su vasta erudición le ganaron el mote de "Montaigne inglés", pero él prefirió llamarse -en honor al filósofo emblema de la locura melancólica- "Demócrito Junior", pseudónimo con el cual públicó la obra que le dio posteridad.

Nacido en la ciudad de Lindley Inglaterra, en 1577, Burton dedicó su vida a una única tarea: curar su pertinaz melancolía. Con ese objetivo se dedicó a estudiar a fondo este mal que, en sus tiempos, gozaba de cierto prestigio. (Por extraño que parezca, podría incluso decirse que estaba en boga, que el semblante melancólico tenía el estatuto de un signo de distinción. Basta recordar el teatro de Shakespeare -Hamlet en primer término- o la música de Jenkins y las canciones de Dowland para darse una idea del puesto central que, al menos en el terreno del arte, tenía la melancolía en la Inglaterra barroca). En 1621, Burton publicó por primera vez The Anatomy of Melancholy, what it is. With all the Kinds Causes, Symptomes, Prognostiches and Several Causes of it. La obra constituía una auténtica summa de conocimientos recogidos a lo largo de los siglos sobre la melancolía, mal que los griegos habían conocido como efecto de la bilis negra (melaina kohlé). Burton, sin embargo, se distinguió de los estudiosos que le precedieron -eso decía él- en el hecho de que él mismo fue víctima del padecimiento que investigaba: "Ellos adquieron su saber en libros, y yo en la enfermedad (...) Lo que los demás han leído u oído, yo lo he sufrido y practicado por mí mismo".

Más que un remedio homeopático, estudiar la melancolía para librarse de ella parece un método de inspiración estoica. A través de las más de mil páginas del libro (construido en segmentos, como una auténtica anatomía) contempla, entre otras más, la locura, el frenesí místico, la licantropía, la hidrofobia, el amor y la influencia de Dios, los planetas y los alimentos como posibles causas de la posición melancólica.

Un grabado hecho para la tercera edición, de 1628, muestra el retrato de Burton debajo del título y de la imagen de su predecesor, Demócrito de Abdera, figuras de las formas que asume la melancolía (el enamorado, el hipocondríaco, el maníaco o superstitiosus, el monje que reza el rosario), así como dos causas del temperamento melancólico (la zelotypia o envidia y la soledad) y dos antídotos (borraja y eléboro). Además de sangrías y purgaciones, Burton recomendaba contra el saturnismo la pócima que él mismo experimentó: los buenos libros. Pero lo cierto es que, en el suyo, Burton no atinó a concluir si el estudio era remedio o más bien causa de la melancolía.

A fin de cuentas un lector, lo mismo que un melancólico, es alguien que vive -transitoria o permanentemente- exiliado del mundo. (De nuevo Hamlet).

Bajo riesgo de suscitar algún spleen, ofrezco a continuación unos fragmentos de la Anatomía de la melancolía:



Definición y naturaleza de la melancolía

La melancolía ha recibido tal nombre de la causa material de la enfermedad que, como observa Bruel, es Melankolia, muy semejante a Melaina Kolh, o sea bilis negra. Si se trata efectivamente de una causa o un efecto, de una enfermedad o de un síntoma, es cosa que discuten Donato Altomare y Salviano, A sus opiniones respectivas remito al lector, pues yo no deseo tomar parte en la discusión (...).

(...) Según la definición corriente, es una especie de debilidad mental y delirio sin fiebre, acompañada de temor y tristeza sin causa aparente.. (...) los caracteres que la distinguen de la demencia son: el temor y la tristeza, y lo que la diferencia de otras afecciones comunes en que también existen el miedo y la aflicción, es que éstos aparecen sin causa (...) El temor y la tristeza son los verdaderos y constantes caracteres de la mayoría de los melancólicos, pero no de todos (...). Algunos melancólicos se distinguen por su buen talante, otros por su atrevimiento, y los hay que no manifiestan ninguna forma de temor o pesadumbre.

Hallo bastante diferencia de opiniones entre los tratadistas en lo referente a la principal parte del organismo que es afectada por la enfermedad que nos ocupa: ya el cerebro, ya el corazón u otros órganos (...). Dado que se trata de una clase de debilidad mental, debe necesariamente afectar el cerebro, pero no radicar en los ventrículos ni en alguna obstrucción de los mismos, ya que entonces coincidiría con la apoplejía o la epilepsia (...). Pero dado que esta enfermedad es causada ante todo por la imaginación, es necesariamente el cerebro el órgano más afectado en primer término y, en segundo lugar, el corazón (...).

(...) Así como los climas excesivamente frios o cálidos tienen un influencia directa en la vida del hombre, así también la melancolía de los padres influye en el caracter de los hijos (...). Es un mal propio de ambos sexos, aunque más frecuente en los hombres. En la mujer causa, sin embargo, trastornos mucho más violentos y graves. De las estaciones del año, es el otoño el más propicio a la melancolía. En cuanto a las edades, es la vejez la que casi siempre tiene a la melancolía natural por inseparable compañera y accidente. Pero la melancolía que llamaremos adquirida, para diferenciarla de la natural, es más frecuente hacia los cuarenta años, según suponen muchos (...).

(...) La melancolía puede ser el resultado de una predisposición orgánica o de un hábito. En el primer caso tiene caracter pasajero y se manifiesta cuando el individuo que la sufre experimenta tristeza, inquietud, temor, pesadumbre; cuando es víctima de alguna pasión o en el caso de perturbaciones mentales, descontento o cualquier sensasción que sea causa de angustia, torpeza, lanquidez, irritación, etc. Hablando en términos negativos, es todo lo contrario de la dicha o satisfacción, de la alegría y del deleite, Me refiero, en suma, a sentimientos que causan disgusto o adversión y lo que llamamos mal genio.

Erróneamente y en sentido impropio solemos dar el nombre de melancolía a la tristeza, al mal humor o, simplemente a la cachaza. Hemos dicho que la melancolía se manifiesta en la tristeza, pero no por ello se ha de confundir aquella con ésta. De tales predisposiciones a la melancolía nadie está libre en absoluto, ni aún el estoico, el sabio, el dichoso, el sufrido, el piadoso o el representante de Dios. Todos llegan a sentir estos malestares, en mayor o menor grado, durante periodos mas o menos largos. Si diéramos al concepto en cuestión tal significado, deberiamos llegar a la conclusión que la melancolía es el carácter inalienable de todo mortal.

Formas de la melancolía

(...) la más admitida es la división en tres clases. La primera es causada sólo por trastornos cerebrales y recibe el nombre de melancolía mental. La segunda, relacionada con el gran simpático, se origina de todo el cuerpo y ocurre cuando el temperamento es exclusivamente melancólico. La tercera tiene su principio en los intestinos, el hígado, el bazo o el mesenterio y es la llamada melancolía hipocondriaca o ventosa (...). Confieso que es asunto difícil distinguir una de otra las tres especies precitadas y establecer sus distintas causas, síntomas y remedios (...). Con las especies de melancolía ocurre lo que con las formas de gobierno, como la república, la monarquía, la aristocracia, la democracia, que teóricamente son puras y distintas pero en la práctica aparecen combinadas.

(...) Otra causa interna e innata de la melancolía la representa el temperamento que cada cual hereda, íntegra o parcialmente, de sus padres (...). Lo más extraño es que en algunas familias la melancolía no se trasmite directamente de padres a hijos sino con solución de continuidad (del abuelo al nieto), y no siempre se reproduce la misma enfermedad sino una semejante (saepe noneundem, sed similem producit effectum) (...) (...) Después de haber expuesto las causas secundarias y congénitas de la melancolía, debo tratar de las externas y adventicias, independientes del nacimiento por ser posteriores al mismo. Estas causas han sido divididas en necesarias y contingentes. Las necesarias -que no podemos evitar y que dañan el organismo por razones de uso o abuso- son las seis cosas contrarias a la naturaleza de que hablan los médicos con tanta frecuencia y a la vez las causas principales de la enfermedad que nos interesa (...). Las seis cosas en que pouede pecarse contra la naturaleza son: la alimentación, la retención y la evacuación, el aire, el ejercicio, el sueño y la vigilia y las perturbaciones de la mente (...).

(...) Pariente cercano (o más bien hermano) de la aflicción es el miedo, que suele acompañarla o bien ser la causa principal de la melancolía: es asimismo causa y síntoma a la vez (...). El miedo traba la voz y embota la memoria (...). A muchas personas el miedo les impide realizar las tareas o iniciativas mas dignas y, debido a la misma causa, sienten dolor, tristeza y opresión del corazón (...). El que vive atemorizado no es dueño de sus actos y no conoce la alegría; de ahí su indecisión y su continua sensación de angustia (...). El miedo que sienten muchos es causado por la visión anticipada de hechos futuros referentes al propio destino (...). La vergüenza y el infortunio causan igualmente pasiones violentas y cruel tormento (...).

Otras causas de las melancolía son: la vejez, el factor hereditario, la retención y evacuación anormales de los humores del cuerpo (la amenorrea en la mujer), la supresión o abuso de la función sexual, el sueño antihigiénico, el insomnio, la envidia, la malicia, el odio, la rivalidad, la ira, los disgustos, los deseos inmoderados, como la ambición y la codicia; la pasión del juego y de las diversiones sin medida, la egolatría, la vanagloria, el ansia de fama y honores, el orgullo, la alegía excesiva, el estudio convertido en pasión absorbente. Tales son las causas necesarias. Otras deben considerarse contingentes y accidentales: la educación deficiente, la aprensión originada por objetos terroríficos vistos o referidos por otros; el escarnio y la calumnia en cuanto amargan a sus víctimas: la esclavitud y la servidumbre; la pobreza y las privaciones; las desgracias de familia (...).

Síntomas de la melancolía

(...) por razones de método y en forma esquemática, podemos agrupar todos los síntomas en dos clases: corporales y mentales (...). Tales enfermos son generalmente de carácter hosco, de aspecto tétrico y poco agradable, a causa de sus temores, pesares, torpeza y lasitud. Demuestran ineptitud en la realización de cualquier tarea o en el ejercicio de alguna profesión. Sin embargo, su memoria es buena por lo común; suelen tener agudo ingenio y gran perspicacia. La naturaleza cálida y seca de su cerebro explica que el sueño sea anormal y pasen muchas noches en vela, a veces durante un mes y no raramente todo el año (...). Su pulso es lento, excepto el de las carótidas, que es muy violento, aunque varía según la intensidad de sus afectaciones o perturbaciones (...) a decir verdad, tratándose de la melancolía y de las enfermedades crónicas en general, no cabe conceder gran importancia al pulso (...). Otros síntomas son la dificultad respiratoria y el exceso de secreción gástrica. Si el corazón, el cerebro, el hígado y el bazo están afectados, como es lo común, se originan muchas afecciones y malestares, pesadillas, epilepsia, mareos, insomnio, accesos súbitos de risa o llanto, sollozos y suspiros, rubor, sentimiento de timidez y vergüenza, etc. (...). En cuanto a síntomas mentales (...) llegan a imaginarse, por ejemplo, que están hechos de vidrio y temen que alguien se acerque y pueda quebrar su nueva materia corpórea; o se han convertido en corcho y su peso va disminuyendo hasta hacerse livianos como plumas (...). Algunos se horrorizan ante el pensamiento de que su cabeza se separará del tronco y caerá sobre sus hombros (...) los hay que sienten la obsesión de que se les crían ranas en el vientre (...). El melancólico medroso asegurará que nadie sufre tanto como él o que no hay afección tan grave como la suya (...). Sienten disgusto de todas las cosas y un tedio invencible, el toedium vitae de los latinos, pues el vivir les causa fastidio y conciben ideas de violencia contra su propia integridad corporal.

Curación de la melancolía

(...) Aunque la melancolía crónica es difícil de curar, muchas veces puede aliviársela aun cuando se presente con intensidad y violencia. Es preciso, pues, no desesperar y tener mucha constancia (...). Creo que los remedios, métodos y sistemas curativos pueden reducirse a tres clases: la dietética o alimentación, los medicamentos terapéuticos y la cirugía

(De: ANATOMÍA DE LA MELANCOLÍA, Espasa-Calpe, col. Austral, 1947)

17 ene 2010

Karl Marx, precursor del estadio del espejo


¿Marx precursor del estadio del espejo? ¿Marx Marx, el mismísimo autor de "El Capital"?

Sí sí; al menos así lo admitía Lacan (lo que no ocurría siempre, digamos de paso, en lo que toca a sus precursores). Hacia el final de la lección del 27 de noviembre de 1957, del seminario Las formaciones del inconsciente, Lacan incitaba a sus alumnos a leer "El Capital," en especial ese "prodigioso primer libro", les decía, donde, entre otras cosas (más importantes, como la naturaleza esencialmente metonímica del lenguaje opuesta a la dimensión del sentido, del valor, decía también) anotaba que, en una nota a pie de página, Marx revelaba ser un "precursor del estadio del espejo". Aquí la sorprendente nota:
"Al hombre le ocurre en cierto modo lo mismo que a las mercancías. Como no viene al mundo provisto de un espejo ni proclamando filosóficamente, como Fichte: “yo soy yo”, sólo se refleja, de primera intención, en un semejante. Para referirse a sí mismo como hombre, el hombre Pedro tiene que empezar refiriéndose al hombre Pablo como a su igual. Y al hacerlo así, el tal Pablo es para él, con pelos y señales, en su corporeidad paulina, la forma o manifestación que reviste el género hombre".

(De: Karl Marx, EL CAPITAL)

13 ene 2010

El estadio del espejo (video)


Además de divertido, el siguiente video es ilustrativo de la entrada de un niño al estadio del espejo.

Freud, como se sabe, planteó en sus escritos que el yo no existe desde el nacimiento; para formarse, decía, requiere de una "nueva operación psíquica" del sujeto, cuya naturaleza no precisó. Fue Jacques Lacan quien resolvió el asunto al plantear el estadio del espejo, su primera aportación original al saber psicoanalítico.

Apoyado en estudios de psicólogos como Wallon o Bühler, además de en la etología y la embriología de Bolk, por ejemplo, decía Lacan que dado el carácter neoténico del "cachorro humano"(*), éste anticipa en la identificación con su imagen especular una unidad virtual inexistente para él en el ámbito propioceptivo. La discordancia entre la vivencia real del cuerpo (corps morcelé) y su imagen (invertida, no se olvide) en el espejo introduce al infans en un ámbito de ficción, pero también en un desconocimiento básico. De ahora en más va a reconocerse justo ahí, donde no está.

La asunción jubilatoria (signo de la libidinización de la imago corporal), los movimientos lúdicos de reconocimiento y la búsqueda de la mirada confirmativa del Otro (que aquí brilla por su ausencia y hay que ir a llamar) son evidentes en el video, en la fascinación del niño que por primera vez se identifica con su reflejo. ¿Habrá leido el niño a Lacan? Lo dudo. Más bien parece que el estadio del espejo, a veces, funciona tal y como Lacan lo describió.

Pobre niño, se ve tan feliz. Ignora que -alienado en el espacio especular- quedará cautivo desde ahora en las redes de lo imaginario, preso de una multitud de identificaciones secundarias en cuya dialéctica los celos, la rivalidad, la envidia y la agresividad narcisistas nunca más le serán ajenos. Incluso de adulto -con suerte y en el mejor de los casos- al rasurarse cada mañana frente al espejo será gobernado por la ilusión que éste le devuelve bajo la consigna del inapelable "tú eres eso". Oculto, para sí mismo y sus semejantes, tras esa máscara que es el yo (Valéry, Pessoa, etc.) mantendrá una relación de desconocimiento con el mundo humano (Lacan).

Ay, Lacan, el origen del yo...

Ciertamente el hombre, como escribió Umberto Eco, es un "animal catóptico". Que lo disfruten, pues.



(*) "No vacilemos en considerar al hombre como un animal de nacimiento prematuro". Los complejos familiares (1938).

5 ene 2010

Invisible, de Paul Auster


En 1967 Adam Walker es un joven estudiante de literatura que aspira a convertirse en poeta. En una fiesta conoce a una pareja de franceses con quienes –azar austeriano mediante- comienza a tejer una relación cuyos misteriosos hilos se tienden (de Nueva York a Paris) entre el erotismo, la infidelidad, el crimen y la conspiración.

Aclamada de manera casi unánime (hizo la excepción The New Yorker, parece), Invisible ha sido recibida por la crítica como la mejor novela del escritor. (También es cierto que, como ocurre en otras piezas de Auster, el final deja cierta sensación de insatisfacción, de corte abrupto.)

Salpicada de diálogos de tono filosófico-político-literario, y con ritmo trepidante, la novela entreteje historias donde el incesto, la muerte y los enigmas flotan como en un río de poderoso caudal verbal que arrastra a cada vuelta de página. (Apenas escribo esto, leo que el crítico de The New Yorker hablaba de “l´eau d'Auster” para hacerlo pedazos, con muy mala lait, por cierto).


Tres voces narrativas arman Invisible, pero la de Adam Walker es la principal. Haciendo artificio del recurso que sacó a Auster de un impasse cuando escribía The invention of solitude, Walker se distancia progresivamente de su propia experiencia conforme avanza la narración. Recuerda al inicio en primera persona para desdoblarse luego en una segunda, hasta enajenarse en el uso de un “él” completamente impersonal.


A partir de ese momento, el narrador recuerda su vida como si fuera la vida de otro (en cierta forma la “inventa”) hasta el punto de desaparecer en la última parte, donde otra voz (una mujer, traductora notable, enamorada de él en su juventud y quince años analizada, se informa) toma el relevo en la coda que cierra el relato. Ahí ya nada es como parecía ser, nada parece ser lo que era.


Auster construye con maestría una ficción que (siempre y cuando se le crea) estructura una verdad (no)velada. Sabedor de que ella se oculta en los agujeros no la entrega, la mantiene en vilo. Ha dicho en otras partes que
"tal vez la verdad es invisible".

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Paul Auster, Invisible, Anagrama, Barcelona, 2009, 282 pp.

30 dic 2009

Edipo revisitado


Aun si lo trágico se ha vuelto cotidiano (o tal vez por eso mismo) los mitos griegos (mutatis mutandis, y con perdón de Artaud) no han perdido su fuerza evocadora. Aquí una versión en corto animado del clásico de Sófocles.

28 dic 2009

Sándor Ferenczi, Sigmund Freud. Sobre la cabeza de Medusa

Ciertas imágenes de la Medusa me han traído a la memoria sendos breves artículos de Ferenczi y Freud. Los copio aquí porque son una bella muestra del tiempo en que los analistas acudían a los mitos para elaborar el saber doctrinario que daba cuenta de su praxis. En este sentido, en su brevedad, no han perdido su virtud orientadora. La cabeza de Medusa vista como metáfora del "complejo de castración" ilustra, entre otras cosas, el parentesco originario entre el deseo y la angustia, entre la ausencia imaginaria del falo (o la real del pene) y su proliferación en lo simbólico; cuestiones sin duda a considerar para el estudio de la subjetividad en el siglo XXI y sus metamorfosis: las formas inéditas de sexuación (y, por ende, de subjetivación) que sugieren acaso nuevos mitos que la ciencia ha hecho realidad.


SOBRE EL SIMBOLISMO DE LA CABEZA DE MEDUSA (1922)

En el análisis de los sueños y fantasías, me he encontrado repetidamente con la circunstancia de que la cabeza de la Medusa es el símbolo terrible de la región genital femenina, cuyos detalles se desplazan "de abajo hacia arriba". Las muchas serpientes que rodean la cabeza deben significar -en su representación por lo opuesto- la ausencia de pene, y el espectro mismo es la terrorífica impresión causada en el niño por los genitales sin pene (castración). Los espantables ojos de la cabeza de la Medusa tienen también el significado secundario de erección.

(De. Sándor Ferenczi, TEORIA Y TÉCNICA DEL PSICOANÁLISIS, Lumen-Hormé, 2001)
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Medusa, Caravaggio
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LA CABEZA DE MEDUSA (1922)

No hemos intentado con frecuencia la interpretación de productos mitológicos singulares. Es palmaria en el caso de la horripilante cabeza decapitada de Medusa.

Decapitar=castrar. El terror a la Medusa es entonces un terror a la castración, terror asociado a una visión. Por inumerables análisis conocemos su ocasión: se presenta cuando el muchacho que hasta entonces no había creído en la amenaza ve un genital femenino. Probablemente el de una mujer adulta, rodeado por vello, en el fondo, el de la madre.

Si el arte figura tan a menudo los cabellos de la cabeza de Medusa como serpientes, también estas provienen del complejo de castración y, cosa notable, por terrorífico que sea su efecto en sí mismas, en verdad contribuyen a mitigar el horror, pues sustituyen al pene, cuya falta es la causa del horror. Aquí se corrobora una regla técnica: la multiplicación de los símbolos del pene significa castración.

La visión de la cabeza de Medusa petrifica de horror, transforma en piedra a quien la mira. ¡El mismo origen en el complejo de castración y el mismo cambio del afecto! El petrificarse significa la erección, y en la situación originaria es, por tanto, el consuelo del que mira. Es que él posee, no obstante, un pene, y se lo asegura por su petrificación.

Atenea, la diosa virgen, lleva en su vestido este símbolo del horror. Y con justicia, pues eso lo hace una mujer inabordable, que rechaza toda concupiscencia sexual. Deja ver, en efecto, los terroríficos genitales de la madre. A los griegos, en su generalidad fuertemente homosexuales, no podía faltarles la figuración de la mujer que aterroriza por su castración.

Si la cabeza de Medusa sustituye la figuración del genital femenino, y más bien aisla su efecto excitador de horror de su efecto excitador de lubricidad, puede recordarse que enseñar los genitales es conocido como acción apotropaica. Lo que excita horror en uno mismo, provocará igual efecto en el enemigo con quien se lucha. Todavía en Rabelais el diablo emprende la huida después que la mujer le enseñó su vulva.

También el miembro masculino erecto sirve para provocar un efecto apotropaico, pero en virtud de otro mecanismo. Enseñar el pene y todos sus suborgados quiere decir: "No tengo miedo de tí, yo te desafío, tengo un pene". Por eso es otro modo de amedrentar al Espíritu Malo.

Ahora bien, para sustentar seriamente esta interpretación, se debería perseguir por separado la génesis de este símbolo del horror en la mitología de los griegos y sus paralelos en otras mitologías.

(De: Sigmund Freud, OBRAS COMPLETAS, Amorrortu, 1999.)
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El origen del mundo, Courbet
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Autorretrato, Pierre Molinier
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11 dic 2009

Contribuciones a una crítica del lenguaje, de Fritz Mauthner


Hoy casi nadie recuerda a Fritz Mauthner y presumo que, en buena medida, tuvo la culpa de su olvido Ludwig Wittgenstein, quien hizo el flaco favor a nuestro autor de distinguirlo en su célebre Tractatus con una cita que iba en estos términos: "Toda filosofía es 'crítica del lenguaje'. Eso sí, no en el sentido de Mauthner". Wittgenstein, como se sabe, publicó este libro (escrito en las trincheras, en plena Primera Guerra Mundial) en 1918 y quería dar solución en él a los problemas fundamentales de la filosofía. Ya no hay nada que pensar, dijo, y mandó a los filósofos a freír espárragos a la cocina.

Pero sabemos que el autor del Tractatus no prosperó en su  tentativa de asesinar la filosofía (Deleuze fue uno de los más persuadidos de sus criminales tentativas) o, más bien, de abolir la actividad filosófica (si estas dos palabras podían ir juntas en el siglo XX, cosa que Wittgenstein echó en falta más que ningún otro filósofo). Sabemos que no consumó su intento de acabar con la filosofía porque su libro hizo de escalera al ascenso del Círculo de Viena y la filosofía analítica. Era el tiempo en que los filósofos hacían agujeros al lenguaje -visto como una forma lógica- para mirar sus adentros y constatar si algo por ahí les develaba el misterio del conocimiento humano, una vez expurgada su inextricable (aunque inexpugnable, a fin de cuentas, ¡con qué tristeza lo comprobaron!) metafísica. Dicho de otro modo, tales filósofos tocaron con la punta de la lengua la cáscara del queso que Nietzsche había roído con furor.

Y a fin de cuentas Wittgenstein no acabó la filosofía porque él mismo abandonó las montañas para volver a la palestra de los pensadores a decir que no, que no había mostrado (porque una cosa es decir y mostrar muy otra) con tanta exactitud como llegó a pensar y a decir los límites de lo pensable y lo decible. Reconsideró el autor del Tractatus que los límites de su lenguaje no eran los límites del mundo y que no estaba tan mal quizás hablar de lo que no se puede hablar, si al final lo importante era el uso del lenguaje (que era el significado), visto como un juego que tiene reglas. Lo más raro es que -antes que Wittgenstein- Fritz Mauthner hablaba del lenguaje como un juego en sus Contribuciones a una crítica del lenguaje. Y es que si "el primero” las denostó, "el segundo Wittgenstein" debía bastante a la elucubración mauthneriana sobre el lenguaje, si bien hasta donde pude indagar nunca volvió a mencionar su nombre más allá del precitado aforismo 4.0031 del Tractatus Logico-philosophicus. De hecho, si hoy ya casi nadie recuerda a Fritz Mauthner hay quien parece recordarlo sólo por aparecer mentado allí (véase, como ejemplo, esta página donde pueden descargarse algunos de sus textos en lengua original). Nada más injusto para el destino de su obra.
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Hijo de un fabricante de telas judío, Fritz Mauthner (1849-1923) fue una de las personalidades más polifacéticas y controvertidas de una ciudad (Viena) y una época (albores del siglo XX) en la que no escasearon los personajes controvertidos y polifacéticos. Periodista de profesión, abandonó en 1874 estudios de derecho para dedicarse de lleno a su pasión por la filosofía y la literatura. Publicó novelas (una policial), relatos, ensayos, obras de teatro, artículos y un monumental diccionario, pero consagró su más grande esfuerzo a un proyecto principal: la "crítica del lenguaje" (sprachkritik). La primera versión de esta obra (hoy desaparecida) fue escrita en 1874, y se sabe que ese año Mauthner redactó otra (también desconocida) en el mismo tenor: Der Spraschschreck (El espanto de la lengua). Uno de sus últimos trabajos, Tres imágenes del mundo, se abocaba también a la "crítica del lenguaje".

Influida por el nihilismo de Nietzsche y el nominalismo de Ernst Mach, la crítica de Mauthner no se reducía a un análisis lingüístico, no era tanto un conocimiento del lenguaje como un escepticismo radical sobre su valía como instrumento de conocimiento. En la línea del Nietzsche de Sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral, Mauthner consideró que la naturaleza metafórica del lenguaje no podía más que falsear la “realidad”; por ello el hombre, animal dotado de palabra, debía satisfacer su pulsión de saber con las pálidas imágenes que el verbo le ofrecía en la forma de unos conceptos cada vez más gastados y alejados de las sensaciones, de la experiencia real. A diferencia de Kant, que confiaba en que las formas lingüísticas y lógicas del juicio eran también las formas de toda "experiencia genuina", Mauthner sostuvo que el lenguaje hacía tropezar el pensamiento y era especialmente impropio para construir una imagen del mundo verdadera, un reflejo de la realidad. Al leer un fragmento de su Diccionario de Filosofía, no es difícil saber por qué el autor de las Contribuciones desagradó tanto al Wittgenstein del Tractatus; escribe Mauthner: "La filosofía es teoría del conocimiento, la teoría del conocimiento es crítica del lenguaje, y la crítica del lenguaje es trabajar con la idea liberadora de que los hombres nunca llegarán a ir más allá de una descripción metafórica (bildliche darstellung) del mundo”. Como recordarán quienes hayan trepado por los peldaños del Tractatus (para arrojarse al vacío del logicismo más místico -y tanto más místico cuanto más lógico- que pudo haber en la historia del pensamiento), Wittgenstein hacía reposar su sistema filosófico en una concepción de la representabilidad de los hechos del mundo como bildliche darstellung.

Mauthner quiso abolir la "superstición" -un auténtico fetichismo de la cultura, decía- consistente en suponer que el lenguaje ofrece una imagen fidedigna de las cosas y los hechos del mundo, que además fomenta la mutua comprensión entre los individuos. Siendo tan inadecuada como era, en su opinión, para la ciencia, reducía la función de la palabra al silencio o a la poesía. No escapaba al autor, sin embargo, la paradoja esencial que envolvía a su proyecto: la "crítica del lenguaje" sólo podía ejercerse en y desde el lenguaje.

La redacción inicial de las Contribuciones data de 1892, los dos primeros vólumenes se publicaron en 1901, y el tercero y último en 1902. Por las mismas fechas H. Von Hoffmanstal publicó en Viena su Carta de Lord Chandos, otra demoledora crítica al lenguaje y sus posiblidades de expresión.

A pesar de que hoy casi nadie recuerda a Fritz Mauthner, como autor conoció celebridad en su tiempo, si bien mantuvo su pensamiento al margen de los círculos académicos. Escritores como Jorge Luis Borges (quien citaba el Diccionario de Filosofía de Mauthner como una de las obras más leídas, releídas, y “abrumada de notas” de su biblioteca), Samuel Beckett y James Joyce (se sabe que éste le pedía al primero leer en voz alta fragmentos de las Contribuciones mientras escribía el Finnegans Wake) trasladaron a la literatura elementos de la crítica mauthneriana al lenguaje. Sigmund Freud no lo menciona -que yo sepa- ni una sola vez en su obra, pero es impensable que ignorase la existencia de este protagonista clave de la vida cultural vienesa. La verdad es que no sé por qué hoy ya casi nadie recuerda a Fritz Mauthner, si dice cosas tan interesantes sobre el lenguaje. Juzguen si no:
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Mitología en el lenguaje. En las ciencias del espíritu, especialmente en las intuiciones del lenguaje humano, existe todavía sin debilitación esta necesidad mitológica. Aquello que sostienen no solamente el cura y el pueblo acerca del lenguaje, sino también casi todos los lingüístas, uno tras otro, esto es, que el idioma sea un instrumento de nuestro pensamiento (un admirable, instrumento, además) me parece una mitología. Según esta representación, aun hoy comúnmente aceptada, está sentada en un lugar cualquiera del cauce del lenguaje una divinidad, figura de hombre o de mujer, el llamado pensar, y bajo las inspiraciones de una divinidad análoga, la lógica, domina el lenguaje humano con la ayuda de una tercera divinidad sirviente, la gramática. Yo lo tendría como el más orgulloso resultado de mi investigación si pudiera convencer a la humanidad de lo falso e inútil de estas tres divinidades, pues el servicio de los dioses falsos exige siempre sacrificios y, por consiguiente, es nocivo.

Amor. En parte alguna se ve más claro que en el diálogo de dos enamorados, cómo el lenguaje es un medio, algo entre los hombres. Pero, dejando toda poesía a un lado, aquí llega a ser realmente una regla de juego. Para la cópula de dos espíritus no es, pues, el mejor medio el idioma, porque o es muy tímido o muy burdo para los íntimos abrazos. Únicamente el pueblo africano efectúa esto abiertamente a la luz del sol y del lenguaje.

Poder de la palabra. Por ser el lenguaje una fuerza social entre los hombres, ejerce también una fuerza sobre el pensamiento del individuo. Lo que en nosotros piensa es el lenguaje, lo que en nosotros versifica es el lenguaje. La sensación tantas veces traída en palabras de “yo no pienso: algo piensa en mí” –esta sensación de coacción, de fuerza, es completamente justa.

Hipnosis. Hay grupos de dementes que hacen lo mismo sin la influencia exterior de la palabra. Pero todas las personas están en una relación mutua de hipnotizador e hipnotizado; toda persona se deja recíprocamente sugerir forzadas representaciones por medio de la palabra, y no es para mí una duda que ello sólo sea en momento de arrebato popular como en las guerras y persecuciones de hechicería, en los que la hipnosis logra enajenar artificialmente toda una masa de hombres, sino que todo el comercio espiritual de los hombres no es más que una no interrumpida y complicadísima red de intentos y logradas hipnosis, que hacen uso de la heredada propiedad evasiva de las asociaciones, y en los que le toca al lenguaje el triste papel de ser agitador y único medio de esta locura artificial. (…) Pudiéramos llamar a esta enfermedad logismo, y el que la palabra significa ya tanto como razón no es motivo para buscar otra. También pudiera llamársele silogismo o simplemente lógica.

Lenguaje de los niños (…) El niño aprende su lenguaje, ya imitando mecánicamente primero la forma y la materia del lenguaje y llenándolas después, o aprendiendo a conocer un objeto nuevo con su nombre. En el último caso, estriba el aumento de conocimiento en el objeto nuevo; el nombre es importante sólo para retenerle en la memoria y para hablar de él si el objeto está ausente. En el primer caso no puede hablarse de aumento de conocimiento hasta que la materia y la forma están infladas de contendido real. Este hecho es claro respecto a la materia lingüística. Independientemente de todo aprendizaje mecánico, nunca penetrará en la memoria del niño nada que no haya penetrado antes por la puerta de sus sentidos. Si no hubiéramos perdido el recuerdo de nuestros años infantiles, sabríamos cuán irrepresentables nos eran la mayoría de las palabras aprendidas.


El silencio. Del temple momentáneo o del temple general del hombre, esto es, de su carácter, dependerá que prefiera hablar o prefiera callar. Dos clases de bestias son las más idiotas. Las que no pueden hablar nada, como, por ejemplo, puede suponerse de las ostras, y las que no pueden callar en absoluto. A ambas les está negado comunicarse. Las unas son mudas y las otras sólo hacen ruido. De aquí que parezca en sociedad, de cuando en cuando, que hablan muchos a la vez indefinidamente. No tienen nada que decirse unos a otros y no tiene importancia que el ruido se produzca con sonidos articulados.


Placer de la charla. Este placer no es más que un juego con el lenguaje, uno de los juegos que por sus pobrezas espirituales se recomiendan a los enfermos y a los ancianos. Este enorme uso del lenguaje como placer de charla me parece que tiene (ya verbalmente o en la lectura) una gran semejanza con el juego del dominó en el cual todo el trabajo espiritual consiste también en añadir, en tanto que se pueda, a la ficha del contrario una que lleve el mismo número. Igual que en una de las tales conversaciones.


Las palabras un poder. Resumamos brevemente: no hay “el” lenguaje, el lenguaje individual no es nada real tampoco; las palabras no engendran nunca conocimiento, no son más que un instrumento de la poesía; no dan intuición alguna real y ellas mismas no lo son. Y, no obstante, pueden ser un poder. Destructor como viento de huracán, que es aire como la palabra. Con facilidad la palabra puede ser más fuerte que la acción, pero la palabra no promueve la vida.


Virtuosos. Un defensor del lenguaje podría afirmar que su poder estimula también a la bondad. Cura, como la hipnosis, la enfermedad imaginativa, esto es, remedia, no la enfermedad, sino la imaginación. Así puede contrarrestar la palabra por medio de su fuerza social a la inclinación melancólica hacia la maldad.


En parte ninguna lengua materna. No hay dos hombres que hablen el mismo lenguaje. En un momento de hondo mal humor, cualquiera habrá pensado que ningún otro puede comprender precisamente su lenguaje particular. En imagen cualquiera comprende esta frase. Pero no se concede tan fácilmente que ella encierre una sobria verdad científica Una verdad que también dejaría definirse así: cada cual “domina” una parte diferente de la común lengua madre (…) En esta reflexión descansa a fondo el concepto de un lenguaje común a un pueblo, la lengua materna. ¿Dónde está la realidad de ese lenguaje? ¿Dónde en todo el mundo? No en uno. Pues no comprende más que una parte del tesoro de formas y palabras; no emplea más que una porción de aquello que comprende. No en los libros. En ese caso, antes del descubrimiento de la escritura no hubiera habido lenguaje. En los libros mismos no hay más que una colección de palabras y reglas a lo sumo, así como literaturas surgidas accidentalmente; pero en ninguna parte ni la probabilidad de un lenguaje reunido. ¿Dónde está pues, la realidad del abstracto “lenguaje”? En el aire, entre los hombres, en el pueblo. Así es que nadie puede alardear de conocer su lengua materna.

Pensar y hablar.
Los señores que no ven en el lenguaje más que una vestidura del pensamiento, y, por cierto, una vestidura fea y no adecuada (mientras Max Müller ve en el lenguaje una vestidura que sienta admirablemente al pensamiento, como un guante a la mano, comme un gant) alegan que es imposible una completa inteligencia entre dos hombres, una comunicación de pensamiento sin resto. Esta verdad nos será cada vez más familiar. No hay más que lenguajes individuales, y no sólo hay diferencias en los lenguajes de dos hijos de una misma lengua, sino en los mellizos de una misma madre, lo que lleva a pequeñas incompresiones de lenguaje (…) El lenguaje de un individuo no es una imagen falsa de su pensamiento, sino una imagen falsa de su mundo exterior; expresa lo que piensa individualmente; pero su pensamiento sobre el mundo de la realidad es individual y, por lo tanto, falso. Su pensar es el tesoro de experiencias adquiridas o heredadas; la razón por la que ningún hombre comprende a los demás es que cada individuo entiende tan individualmente como sus propias experiencias las experiencias acumuladas de un modo uniforme, al parecer, en la lengua materna. La culpa no está en el lenguaje sino en el pensar. El pensar es lo que, como una defectuosa vestidura, sienta mal al mundo de la realidad. El lenguaje se diferencia tan poco del pensar, como la tela del vestido. Si un traje me va mal, la culpa no será del paño.

(De: CONTRIBUCIONES A UNA CRÍTICA DEL LENGUAJE, Herder, 2001)

La edición publicada por Herder recupera la selección, el prólogo y la traducción que realizara el poeta José Moreno Villa en 1911.

29 nov 2009

El Cuadro (performance)

El día de mañana se presenta en la FFYL de la UNAM el performance "El cuadro". Aquí la invitación:

Universidad Nacional Autónoma de México
Facultad de Filosofía y Letras
División de Educación Continua

Invitan a la

Performance:
“El Cuadro”

Texto y dirección: Susana Bercovich

Con motivo de los cien años de la publicación del texto de Freud
sobre el caso conocido como « el pequeño Hans », nos proponemos rendir
un homenaje tanto a Freud como a Herbert Graf
(nombre de « el pequeño Hans »).

Puesto que en su vida Herbert Graf fue un renombrado director de
escena de ópera, nuestro homenaje es en su mismo registro,
la escena, la performance.


El título « El cuadro » cuestiona la clásica idea del « cuadro clínico »,
des-psicologiza el caso, lo pone en el mundo,
y entonces propone otra visión. Se trata también de incursionar en nuevos
modos de transmisión distintos del clásico dispositivo académico.


La pregunta que subyace:
¿Qué relación mantiene el psicoanálisis con sus casos ?


MESA REDONDA
Moderadora: Susana Bercovich
Participantes: Gabriel Meraz, Rocío Olivares y Rodrigo Páez

SEDE: AULA MAGNA DE LA FFyL

30 de noviembre
18:00 hrs.