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15 nov 2009

Escritos, de Jacques Lacan


"La ilegibilidad de lo legible es, quizá, el extremo de la transparencia". Edmond Jabès
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Hay libros destinados por su mera aparición a ser referencia ineludible en un campo de saber. Fue ésa la suerte en el psicoanálisis de los Escritos de Jacques Lacan.

Reacio a producir en forma de “libro”[1]Lacan dio a publicar además de un artículo de enciclopedia un conjunto de conferencias y artículos dispersos en revistas y boletines especializados, absolutamente inhallables en otro lugar que no fueran los cajones de su mesa de trabajo o el closet de su casa de la Rue de Lille. La insistencia (aunada a un supremo talento como editor) de François Wahl, convenció a Lacan de realizar una selección de sus textos y reunirlos en un volumen que a la postre llevaría por título Escritos.
Entre marzo y octubre de 1966, Lacan se dio a la tarea de redactar seis textos más y de corregir profusamente más de quinientos párrafos de sus escritos, hasta convertirlos en lo que hoy conocemos como los Escritos. Wahl, por su parte, hizo cambios al alimón con el autor y, en palabras de Roudinesco, consiguió “arrancar a ese hombre de la tiranía de su propia palabra para hacerle llegar por fin a una verdadera escritura”[2].
El 15 de noviembre de 1966 los Escritos salían a las librerías. En menos de dos semanas vendieron cinco mil ejemplares, y en un tiempo récord la venta rebasó los cincuenta mil[3]. Cifras llamativas tratándose de la obra de un autor que ya entonces tenía cierta fama de ilegible. (Aún siendo un novel psiquiatra, Lacan se dio a conocer, entre otras cosas, por ser dueño de un estilo de escritura hermético y barroco que, si bien desconcertaba a sus colegas[4], fascinaría más tarde a poetas como Haroldo de Campos o Severo Sarduy).
Cabe suponer que quien se autodenominara “el Góngora del psicoanálisis” no usara un significante a la ligera. Al titular su libro Escritos, Lacan distinguía con claridad las dos vertientes sobre las cuales desplegó su enseñanza -privilegiadamente oral- y daba nacimiento a la oposición Lacan-oral/ Lacan-escrito que ha puesto a trabajar en serio a quienes aún se esfuerzan en descifrar tanto su escritura como aquello que –posiblemente- dijo cada miércoles durante casi tres décadas en su seminario.
Es verdad que, hasta cierto punto, algunos escritos de Lacan condensan en unas cuantas páginas el abstruso recorrido de un año de seminario; pero eso no explica la densidad de los Escritos, masa textual significante que, para quien a ellos se asoma, parece hacer surgir a cada renglón una pregunta insistente: ¿Es ilegible Lacan?
Tiempo después de publicarla se refería a su obra de este modo: “Estos Escritos, ya se sabe, no se leen fácilmente […] y a lo mejor la cosa llega hasta el punto de que no son para leer”[5]. Poco le faltaba a Lacan para decir como Antonin Artaud: “Escribo para los analfabetas”.
Los Escritos de Lacan son ilegibles si se acepta (con Barthes, Derrida y el mismo Lacan) que ciertos textos sólo admiten ser leídos una vez que se asume su ilegibilidad. Barthes proponía una lectura perversa[6]: la que obliga al lector a asumir la posición del niño que sabe que su madre no tiene pene, pero se obstina en creer que lo tiene. Es el lector que parte de esta verleugnung fundamental: “Ya sé que es imposible de leer; pero aún así…”. Son textos que revelan que la experiencia de lectura consiste en “experimentar que el sentido no es accesible […] que el concepto tradicional de lectura no resiste ante la experiencia del texto; y, en consecuencia, que lo que se lee es una cierta ilegibilidad”.[7]
Pero los Escritos ostentan cierta legibilidad si se concede que (si bien con ellos Lacan se dirigía a un público que trascendía su seminario, incluso a un público por venir) la experiencia de leerlos constituye una enseñanza decisiva en estrecha relación con la práctica analítica misma: el lector es conminado a no entender muy deprisa, a tomarse un “tiempo para comprender”[8], a no extraviarse en los derroteros imaginarios del sentido, es decir que es llevado a leer a la letra, como hace el analista con la escritura que surge de lo que se dice en un análisis (y como, por otra parte, Lacan leyó el texto de Freud[9]). Asimismo, Lacan llegó a señalar que la elipsis barroca de su escritura, en la que un significante permanece en reserva, no dejaba de tener cierta relación con un objeto perdido, objeto que en su radical ausencia vectoriza la direccionalidad de la experiencia analítica.
Unas palabras de Michel Foucault sobre el hermetismo lacaniano son del todo esclarecedoras: “Él [Lacan] quería que el lector se descubriera a sí mismo como sujeto de deseo, a través de esta lectura. Lacan quería que la oscuridad de sus Escritos, fuera la complejidad misma del sujeto, y que el trabajo necesario para comprenderlo fuera un trabajo a realizar sobre uno mismo”.[10]
Y es que la ilegibilidad de la escritura de Lacan no es el extremo de un denodado hermetismo: encierra en ella la apuesta por una lectura de la literalidad, una lectura anclada al soporte material del significante (la letra) y no al lektón espiritual del significado. El inconsciente, decía Lacan en estos años, concierne a la pura lógica del significante. Otros serán los problemas y articulaciones que, después de la publicación de los Escritos, elaborará a partir de la escritura topológica nodal.
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Este texto será publicado en breve por la revista "Nuestro Siglo", de Siglo XXI editores, con motivo de la reedición en español de los Escritos.

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[1] En 1964 La editorial Seuil canceló por incumplimiento el contrato de un libro suyo (Cuestionamiento del psicoanalista), cuya escritura Lacan presumiblemente nunca concluyó.
[2] Roudinesco E., Lacan, FCE, Colombia, 2000, p. 472
[3] Tres años después, el primer tomo de la edición de bolsillo vendía más de ciento veinte mil ejemplares, y el segundo más de cincuenta y cinco mil, batiendo records editoriales en Francia. En esos días, Lacan ironizaba en su seminario sobre la recepción de su libro: “Lo que salva, sin embargo, mis Escritos, del accidente que tuvieron, o sea de que se los leyera en seguida, es que son de todas maneras un worst-seller”. Lacan, J. Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992, p. 208
[4] Ya en 1938 Edouard Pichon se expresaba en estos términos sobre el estilo de Lacan: ·”sería del interés de todos los especialistas en psicopatología que él [Lacan] se liberara de cierta coraza en que su espíritu se encierra, coraza hecha a la vez de una jerga de secta y de un preciosismo personal. Ello perjudica sus obras”. Citado por M. Arrivé en Lenguaje y psicoanálisis, lingüística e inconsciente, Siglo XXI, México, 2004, p. 244
[5] Lacan, J., El seminario 20, Aún, Paidós, Barcelona, 1981, p. 37
[6] El placer del texto, Siglo XXI, Argentina, 1973, p. 62
[7] J. Derrida, Entrevista con Carmen González Marín, Revista de Occidente, 62-63, 1986, p. 163
[8] Cfr. Lacan, J., “El tiempo lógico…” en Escritos 1, Siglo XXI, México, 1994, pp. 187-204
[9] Cfr. Lacan, J., “De un designio”, en Escritos 1, Siglo XXI, México, 1994, pp. 349-353
[10] Dits et écrits,Vol. IV, (1980-1988), Gallimard, Paris, 1994, p. 205

6 nov 2009

Sándor Ferenczi. «Discurso de fundación de la IPA»

En una doble maniobra, Freud disolvió la Sociedad Psicológica de los Miércoles para fundar la Sociedad Psicoanalítica de Viena. La primera, como se sabe, era el "grupito" que hacían los primeros partidarios del psicoanálisis. La costumbre de reunirse la noche de los miércoles, en la sala de espera del consultorio de Freud, dio nombre coloquial a una sociedad que, si bien por su proceder no alcanzaba a ser una "institución", constituía el germen, por así decir, de las agrupaciones analíticas. Freud la formó en 1902 por iniciativa de Stekel, un médico que experimentó beneficios al someterse a un análisis con él. Adler fue de los primeros en sumarse y poco después llegaron Federn, Sadger y Graff, entre otros más.

A cinco años de existencia la Sociedad contaba más de veinte miembros, y Freud juzgó propicio refundarla, maniobra que le permitiría a su vez, eso pensaba, solventar los conflictos más o menos incipientes que se venían gestando en su cofradía de media semana (una "fraternidad", según el recuerdo de Graff).

En carta firmada en Roma el 22 de septiembre de 1907, Freud se dirigía a los de su círculo para anunciar la fundación de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Anotaba que, para formar parte de la nueva asociación, sólo era necesario manifestar su deseo de pertenencia con una breve nota dirigida al secretario (Rank). "(...) La disolución de la Sociedad y su posterior reorganización -les decía Freud- tiene el propósito de devolver a cada uno su libertad de separarse de la Sociedad sin perjudicar con ello sus relaciones con las demás personas de la misma". (*)

Con su gesto, Freud dejaba en claro que el lazo entre analistas puede sucumbir, como todo vínculo humano, a la pérdida de interés y el deterioro, pero también que el lazo del psicoanalista con la sociedad que integra en modo alguno es vitalicio; para hacerlo vigente, parecía decirles Freud, era preciso refrendarlo mediante el deseo.

Hacia el final de su carta, Freud sugería que el mismo procedimiento se repitiera a razón de cada tres años. Sin embargo, tal renovación del lazo analítico con la Sociedad y sus miembros nunca se repitió. Tres años después tuvo lugar la fundación de la IPA (por sus siglas en inglés, lengua oficial desde 1936).

En la primavera de 1910, Freud encomendó a Sándor Férenczi (con quien había iniciado amistad dos años antes) la tarea de proponer en el Congreso de Nuremberg la formación de una Asociación Internacional que agrupara en su seno a los sociedades analíticas ya existentes (Viena, Zürich). Según confiesa en su "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico" (1914), Freud temía en la ascendente popularidad del psicoanálisis tergiversaciones y abusos; por ende, veía necesario localizar un centro desde el cual pudiera emitirse una declaración de este tipo: (Freud dixit) "El análisis nada tiene que ver con todo ese disparate, eso no es el psicoanálisis" (o sea, la función de regular y legitimar la doctrina), que dispensara una adecuada formación a los candidatos que desearan convertirse en analistas (o sea, dar garantías a la praxis analítica) y last but not least, que se encargara de crear un clima propicio para el "intercambio amistoso y para un apoyo recíproco" entre los adeptos del psicoanálisis (o sea, el objetivo que nunca cumplió). En el precitado escrito, Freud decía que era esperar más de lo que podía obtenerse.

Fritz Wittels, el primer biógrafo de Freud, aseguraba que lo ocurrido en Nuremberg fue una maniobra política pactada por el maestro con Ferenczi y Jung, en su viaje de vuelta de Estados Unidos (otoño de 1909) luego de haber constatado la distorsión que sufría el psicoanálisis en los países lejanos al epicentro del "movimiento analítico". Si, como se ha repetido tantas veces, creían los viajantes que llevaban la peste, cabe preguntarse si volvían contagiados. (¿De qué? En su exilio neoyorquino, Theodor Reik estaba convencido de que "algo en el aire" de ese país afectaba gravemente al psicoanálisis.)

El Congreso de Nuremberg tuvo lugar el 30 y 31 de marzo de 1910. Ferenczi presentó su discurso el primer día, y causó tal revuelo -en especial en el "grupo vienés"- que la votación se aplazó para el día siguiente. Se sugería a Carl Jung como presidente vitalicio de la Asociación a fundar, cuya investidura, además, en calidad de director editorial, quedaba provista de un poder de censura inédito: cada trabajo tendría que recibir su aprobación antes de ver la imprenta. Franz Riklin, otro psiquiatra suizo pariente suyo, sería el secretario.

Freud quería desplazar el núcleo del "movimiento analítico" de Viena a Zürich, donde un centro universitario acababa de abrir sus puertas al psicoanálisis (eso lo consiguió). Quería dejar de ocupar el primer plano, al considerar que su persona condensaba toda la mezcla de amor y odio que un padre despierta en sus hijos (eso lo consiguió a medias, además erró su elección y le salió muy caro: Wittels cuenta que ya en Nuremberg algunos suizos alborotaban por el supuesto "pansexualismo" del análisis). Y quería despachar con su acción algunas diferencias con el grupo de Viena, señaladamente Adler y Stekel, quienes, como era de esperarse, se opusieron resueltamente a la propuesta de Ferenczi. Veamos cómo lo hizo.

Después de la primera jornada del Congreso, por la tarde, los de Viena decidieron reunirse en una de las salas del Gran Hotel de Nuremberg para discutir la -a sus ojos inaudita- situación. De pronto, sin estar invitado, llegó Freud a la reunión. Según Wittels nunca le habían visto en tal estado de excitación y les dirigió estas palabras: "Son casi todos judíos y, por consecuencia, no aptos para conquistar amigos para la nueva doctrina. Es necesario que los judíos se resignen a ser el estercolero de la civilización. Es necesario que me relacione con la ciencia; estoy viejo, y estoy cansado de ser perseguido. Todos estamos en peligro". Casi arrancándose el abrigo continuó: "No quieren dejarme ni un abrigo para cuidarme las espaldas. El suizo nos salvará, me salvará a mí, y también a todos ustedes". (**)

Los vieneses no quedaron convencidos de las justificaciones de Freud, pero al final recularon y -previo acuerdo de que Jung presidiera solamente dos años- la propuesta de la Asociación fue aprobada. Freud cedió a Adler la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y nombró vicepresidente a Stekel. La "política del psicoanálisis" nacía de manera oficial.

El exordio de Ferenczi llevaba por título: "Informe sobre la necesidad de una unión más estrecha de los adeptos de la teoría freudiana y proposición para la fundación de una organización internacional permanente", pero en su obra editada figura bajo una rotulación algo insulsa: "Sobre la historia del movimiento psicoanalítico".
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Firma de Ferenczi
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Después del Congreso Freud, que conocía previamente el discurso de Ferenczi, dio a este último sus impresiones sobre la revuelta: "Su alegato lleno de temperamento y de vida ha tenido la desgracia de desencadenar tantas contradicciones que se han olvidado de darle las gracias por la importancia de la propuesta. Toda sociedad es ingrata, eso es así. Pero nosotros hemos sido un poco culpables los dos, pues no hemos tenido en cuenta la impresión producida en los vieneses. Habría sido fácil olvidar completamente las alusiones críticas y aceptar la promesa directa de libertad científica (...)" (carta del 3 de abril de 1910).

A vuelta de correo, Ferenczi asumió la responsabilidad de lo ocurrido, y depositó la culpa en su "complejo fraterno": "Me he sentido decepcionado y un poco deprimido al ver que mi proposición tropezaba con la resistencia de los vieneses, por motivos personales. Mi complejo fraterno se puso seguramente en juego (¡por ejemplo, no quería renunciar a los pasajes controvertidos!)" (5 de abril).

Sea como fuere, es de agradecer que Ferenczi se dejara ganar del susodicho "complejo". De suprimir los "pasajes controvertidos" nos habría privado muy seguramente de una verdadera gema para el estudio de las sociedades de psicoanálisis. Entre los más llamativos (las metáforas bélicas, el enlace constante de los ámbitos conocidos como "intensión" y "extensión") destacan por su importancia y consecuencias aquellos donde Freud es situado explícitamente en el lugar de un Pater familias, y en donde se plantea como modus operandi de la Asociación a fundar la estructura familiareructurd una familia. Ni más ni menos. (Y ya se sabe que -fuera de la IPA- el lacanismo no quedó exento de una "transmisión familiar", pero esa es otra historia...)

A decir de Wittels, en el Congreso de Nuremberg Freud adoptó el papel del "padre de la horda primitiva de Darwin".
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La complejidad de la relación Freud-Ferenczi merece un abordaje aparte; aquí únicamente anotamos que Sándor (que en ese tiempo aún no intentaba analizarse con Freud, con los sabidos resultados y efectos en la praxis del húngaro) ya abrigaba el anhelo de ocupar ante su maestro el lugar de un hijo amado. Si bien a Freud le incomodaban sus demandas, prendado del talento del discípulo condescendió en ciertas cartas a saludarlo con un afectuosísimo: "Querido hijo".

En la ya citada del 3 de abril de 1910, le escribía: "Con el Congreso de Nuremberg ha terminado la infancia de nuestro movimiento. Esa es mi impresión".

Han pasado noventa y nueve años y parece que estaba en lo cierto. Quizá a partir de ese momento el "movimiento analítico" conocía su "pubertad", tendría sus "crisis adolescentes". Freud esperaba -eso le decía a Ferenczi en la carta- un "periodo de juventud próspero y bello".

¿Lo vio llegar? Hum, no sé. Empezaba -en especial para el llamado "padre del psicoanálisis"- una etapa difícil...


Para descargar en Word el discurso de Ferenczi haz un click aquí.

(*) E. Jones, FREUD, Salvat, Barcelona, 1985, p. 273.
(**) F. R. Wittels, FREUD, Editorial Paix, Santiago de Chile, 1936, p. 101.

9 oct 2009

Análisis de la fobia de un niño de cinco años, de Sigmund Freud

El año pasado me pidieron un texto a propósito del día del niño y se me ocurrió conmemorar el análisis de Juanito. En ese momento se publicó en algunos lugares con el título: "100 años de Juanito, niño del psicoanálisis". Ahora que se cumplen 100 años de la publicación del caso lo ofrezco a los lectores del blog, recuperando las ilustraciones y el epígrafe que tenía originalmente y que, por alguna extraña razón, terminaron extraviándose en las oficinas de los editores.-GMA.

Los caballos de detienen.
Los belfos de los caballos desordenan el agua
y mezclan el rostro de las hojas.
Jorge Teillier.

Parece gustarnos llenar los calendarios de fechas especiales. Sobre todo si se trata de números redondos. Entrados en ese gusto, recordemos el primer psicoanálisis infantil de la historia. 1908.
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Tal fue el caso de un niño conocido como Juanito (o “el pequeño Hans”) cuyo nombre verdadero fue Herbert Graf. Juanito era un niño que tenía pánico a los caballos. Su padre, Max Graf, era un musicólogo que se hizo discípulo de Sigmund Freud, y su madre fue analizada por el inventor del psicoanálisis. Los padres de Juanito se contaron entre los primeros partidarios que tuvo esta disciplina en Viena. De esta suerte, el matrimonio Graf estuvo de acuerdo en educar a su primogénito según los principios de las teorías freudianas (ejercían la menor coerción posible, daban importancia a su plática, registraban sus sueños, intentaban responder abiertamente a sus intereses y curiosidades sexuales).

Según cuenta Freud, desde muy temprana edad –antes de cumplir los tres años-, Juanito manifestó un interés muy vivo en su órgano sexual, parte del cuerpo a la que llamaba “hace-pipí” (Wiwi-macher). En una ocasión, Juanito preguntó a su madre: “¿Tú también tienes un hace-pipí? Ella naturalmente respondió que sí, que por supuesto.

El niño mostraba además mucho interés en ver el órgano sexual de su padre y le interesaba también el miembro de los animales. En esta época, Juanito visitó un establo y al ver las ubres de las vacas que estaban ordeñando tuvo una ocurrencia: “Miren, del hace-pipí sale leche”.

Pero en la vida del niño el “acontecimiento crucial” sería el nacimiento de su hermana menor. Pese a pertenecer al estrato informado e ilustrado de la sociedad vienesa, los padres de Juanito no encontraron ante el embarazo otra salida que el conocido cuento de la cigüeña.

Igualmente significativo –según Freud- resultó un episodio previo al arribo de su hermana. En cierta ocasión en que la madre descubrió a Juanito tocándose el pene con la mano lo reprendió con una severa amenaza: “Si haces eso llamaré al doctor A. para que te corte el hace-pipí. Y entonces, ¿con qué harías pipí?”

En enero de 1908, a los cinco años, Juanito comenzó a manifestar los primeros síntomas de su fobia. Temía que al salir de su casa lo mordiera un caballo, y también que los caballos que arrastraban los carretones por la ciudad se cayeran. Sus miedos lo paralizaban al punto en que evitaba dar un paso afuera.

El padre de Juanito consultó a Freud, que a partir de ese momento daría a Max Graf las instrucciones precisas para que él mismo llevara a cabo el análisis de su hijo.
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En los albores del psicoanálisis, no era raro que se lo practicara entre parientes. Carl Jung, por ejemplo, analizó a su esposa, y el mismo Freud analizó de adulta a su hija Anna. Puede decirse que Freud analizó a Juanito con la intermediación del padre.

El método utilizado fue el mismo que había ideado para el análisis de los adultos: entrevistas con el niño, análisis de sueños y fantasías que no subestimaba el valor de los detalles en apariencia más triviales e insignificantes. “Una idea tonta, típica de la angustia de un niño, se podrá decir. Pero, lo mismo que un sueño, una neurosis nunca dice nada tonto”, decía Freud. En un momento dado del tratamiento, Freud amonestó al padre de Juanito: “Pregunta demasiado y de acuerdo con sus propios supuestos, en lugar de permitir que el pequeño se exprese”.

El análisis de Juanito duró poco menos de cuatro meses, concluyó el 2 de mayo de 1908. Hasta ese entonces, Freud había tenido conocimiento de la vida anímica infantil sólo a partir de su auto-análisis y de lo que sus pacientes adultos le decían sobre esa etapa del vivir. La experiencia le había permitido elaborar su doctrina sobre la sexualidad de los niños (la cual publicó en 1905 en sus Tres ensayos sobre teoría sexual) que, por supuesto, ganó a Freud algunos de los ataques más violentos que llegó a recibir, así como repudio social y profesional generalizado.

Pero el caso Juanito significó una gran alegría para Freud. No sólo constituyó un “éxito terapéutico” –el único, en realidad, entre los cinco grandes casos clínicos que llegó a publicar-, sino que le había permitido comprobar de la manera más cercana posible, con un niño, la validez de sus teorías (el inconsciente, la represión, el complejo de Edipo, el complejo de castración, etc.) En una carta a su discípulo y biógrafo Ernest Jones escribirá: “nunca antes logré una comprensión tan sutil del alma de un niño”, y llamará a Juanito “nuestro pequeño héroe”. Freud, no obstante, se mostró muy reservado en sus comunicaciones públicas, y no aseguró el éxito de la experiencia en sucesivos análisis con niños.

Sin embargo, desde que en 1909 Freud publicara el Análisis de la fobia de un niño de cinco años, comenzó a gestarse la práctica del llamado “análisis infantil” en el naciente movimiento psicoanalítico. Con la pionera, hoy casi olvidada, Herminne von Hugh-Hellmuth, y después con Melanie Klein y Anna Freud, quienes -si bien en direcciones opuestas- introdujeron cambios en el dispositivo para hacer posible el psicoanálisis con niños. Otros psicoanalistas, señaladamente Jacques Lacan, harán importantes lecturas y nuevas interpretaciones del caso Juanito.

Las reservas de Freud con respecto a la buena fortuna del primer análisis infantil se atenuaron cuando, en la primavera de 1922, recibió la visita de “un robusto joven de 19 años”, que declaró ser Juanito. El muchacho, según cuenta Freud, vivía solo y había sobrellevado bien las dificultades que le había presentado la vida (el divorcio de los padres, sus respectivos nuevos casamientos, etc.) En esa ocasión, Juanito dijo no reconocerse en ningún punto de su historial clínico. Freud se sorprendió, pero lo tomó como una buena señal y dijo que el joven había olvidado su análisis como los sueños que se olvidan al despertar.

Freud no pudo menos que alegrarse ante el encuentro pues, en su momento, no había faltado quien vaticinara a tan joven “víctima del psicoanálisis” toda suerte de desventuras y desdichas, un funesto destino, so pretexto de que el análisis había robado su inocencia y, por ende, su infancia a la pobre criatura.

¡Qué bárbaro ese Freud! -pensó quizás algún lector- ¡todo lo relacionaba con el sexo!
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Bueno, digamos que la cosa no es tan sencilla, pero ya no cabe ir más lejos en esta nota dedicada a recordar a Juanito, primer niño que atravesara la experiencia de un psicoanálisis hace exactamente cien años. En el transcurso, tampoco ha faltado quien afirme que Freud le robó la inocencia a la civilización occidental entera. Sin embargo, que Freud haya definido al niño como un “perverso polimorfo” no ha impedido que hasta el día de hoy, para algunos, la palabra niño represente aún “pureza, potencialidad, inocencia, símbolo del estado natural, paradisiaco, libre de angustia”, como se lee en un diccionario de símbolos publicado en 2005(*).

Para terminar digamos que el caso Juanito, “el pequeño Hans”, es un auténtico clásico de la literatura nacida en la disciplina creada en Viena a comienzos del siglo XX. Herbert Graf, quien llegó a ser un director operístico de renombre internacional, murió en 1973. Es posible que la inmortalidad de Juanito dure el tiempo que la vida del psicoanálisis.

(*) J. Tressider, Diccionario de los símbolos, Tomo, México, 2005
Ilustraciones tomadas de Freud for Beginners A&Z, Pantheon Books, Nueva York, 1979

27 sept 2009

Metas para el desarrollo del psicoanálisis, de Sándor Ferenczi y Otto Rank


En ocasión del 7º Congreso Psicoanalítico Internacional (Berlín, 1922), Freud fijó como tema del premio de la Editorial Psicoanalítica Internacional “las relaciones de la técnica analítica con la teoría analítica”. Movido por la desproporción que el congreso había evidenciado, a saber, la sobreabundancia de trabajos “teóricos” y la ausencia de trabajos “técnicos”, Freud planteó al concurso el objetivo de indagar la manera en que la técnica influía sobre la teoría y si éstas se promovían recíprocamente o se obstaculizaban. De manera significativa, ningún trabajo concursó por el premio (cuyo monto, dicho sea de paso, se había multiplicado en un dos mil por ciento gracias a una donación de Max Eitingon).

Sandor Ferenczi y Otto Rank, no obstante, estaban trabajando el asunto. Tras la convocatoria pusieron en común sus escritos, y durante el verano de 1922 mantuvieron un intercambio que amplió su material hasta convertirlo en un librito, que vio la luz a mediados de 1924. Su fecha de aparición lo hacía coincidir con la publicación de los trabajos doctrinarios más importantes de ambos autores: Thalassa, de Ferenczi, y El trauma del nacimiento, de Rank.

Ferenczi leyó un resumen del trabajo en la Sociedad Psicoanalítica de Viena el dos de enero de ese mismo año y desde el primer momento suscitó polémica y descontento. Freud criticó en carta a Ferenczi, entre otras cosas, que le había parecido deshonesta su presentación: no había tocado el tema central del trabajo, y había aprovechado la reunión para promover la “técnica activa”. Ferenczi respondió que su presentación había sido honesta, pues no ocultaba la actividad, misma que tenía el objetivo de suprimir alargamientos inútiles del análisis que lo volvían improductivo en los planos "terapéutico" y "científico".

Karl Abraham (quien veía en el libro “un germen de disensión”, incluso “signos de un proceso fatal que afecta a cuestiones vitales del psicoanálisis”) alertó a Freud de la tormenta que se había desencadenado en el seno del “Comité Secreto”, y éste envió a sus integrantes una carta circular el 15 de febrero para restablecer la calma y tomar posición en el debate. En ella les decía que si bien no aprobaba las ideas del libro en su totalidad, “no deseo que se guíen en sus trabajos por la consideración de si me resultarán agradables o no”, al tiempo que lo consideraba como “una corrección de mi concepción del papel de la repetición y la actuación en el análisis”.

El libro consta de seis capítulos de extensión desigual y, en efecto, el primero es una breve introducción destinada a presentar, como si de una buena nueva se tratase, las cualidades de la “técnica activa” que Ferenczi desarrollaba desde 1918 (y  que abandonó en 1927).

A diferencia de la posición “ortodoxa”, que consideraba el recuerdo y la reelaboración como metas del análisis y anatemizaba la repetición como sinónimo de resistencia (esto a partir de una cierta lectura, manualizada y manualizante, digamos, de un texto clave de Freud, “Recordar, repetir, reelaborar”, de 1914), Ferenczi y Rank proponían al analista salir de su posición “pasiva” en los momentos en que un análisis mostrara signos de estancamiento, e interviniera de manera “activa” (dando órdenes, por ejemplo, o estableciendo prohibiciones concretas al analizado) para promover la repetición, cuya importancia era decisiva para llevar a buen término la cura.

La argumentación doctrinaria que ofrecían de esta técnica tomaba en cuenta los desarrollos de la teoría de la libido de Freud; de esta suerte, sostenían que en el manejo de la transferencia y de las resistencias la tarea del analista era intervenir directamente sobre el flujo libidinal del paciente, para hacerlo regresar “por el camino de la transferencia, al tiempo de la constitución del «complejo de Edipo» (no a la situación en sí misma)”. El análisis era caracterizado aquí como “la introducción artificial de un proceso de desagüe libidinal”, y la “situación analítica” era vista como una repetición del drama edípico que, mediante el artificio analítico, podía ser llevado a una (di)solución.

Entre los planteamientos del libro que prefiguran de un modo llamativo algunos de corte lacaniano (por ejemplo, el analista concebido como una formación del inconsciente) sobresalen los que apuntan a establecer una concepción del final del análisis; la misma que, en cierta forma, estaba presente en algunos textos de Freud.

Ferenczi y Rank coincidían con su maestro en que para que la cura analítica mereciera este nombre (y no se redujera a una mera sugestión) la relación transferencial tenía que alcanzar un punto resolutivo, es decir, tenía que ser disuelta, desmontada. El desmontaje de la transferencia debía de ocurrir de un modo gradual, y requería de un recorrido temporal en el que lo fundamental era liberar al paciente de la fijación libidinal al analista. (En el primer capítulo de El trauma del nacimiento, Rank entendía la disolución de la transferencia como un “segundo nacimiento”, que repetía la situación del nacimiento originario en tanto desapego libidinal de la madre).

Resultan de especial interés los apuntes críticos de Ferenczi y Rank, por ejemplo, sobre “el fanatismo de interpretación”, o sobre el estorbo que significa para el análisis el “saber de más” y el narcisismo del analista.

En lo que toca a la influencia recíproca entre las dos dimensiones del saber analítico, práctica y teoría, plantean la existencia de un “círculo virtuoso” (no contaban, como Lacan, con la banda moebiana para ilustrar la continuidad de los dos ámbitos del psicoanálisis).

En el curso de la lectura saltan contradicciones, surgidas, presumiblemente, de la necesidad autoimpuesta en los autores de matizar la radicalidad de sus planteamientos –verdaderamente innovadores- y aproximarlos en lo posible a las ideas freudianas en boga. Con todo, esta pequeña joya de la literatura analítica –que ellos definieron como un “posicionamiento técnico-político-científico”- conserva todo su brillo y sus páginas encierran una quemante actualidad.




Sandor Ferenczi-Otto Rank, Metas para el desarrollo del psicoanálisis, Epeele, México, 2005, 73 pp.


20 sept 2009

El libro del Ello, de Georg Groddeck

Entre los psicoanalistas, Georg Groddeck sería por antonomasia el “raro” (en el sentido que dio Ruben Darío a esta palabra en la literatura).

Por la misma razón que Freud no leyó a Nietzsche -el riesgo de contagio de ideas-, Groddeck no leía a Freud, y en 1912 publicó Nasamecu (abreviatura de Natura sanat, medicus curat), una apasionada crítica pergeñada a partir de lo que “de oídas” conocía del psicoanálisis. Pero al contrario de Freud, que siguió sin leer a Nietzsche, en 1913 Groddeck encontró en un escaparate de libros La psicopatología de la vida cotidiana y La interpretación de los sueños, los llevó consigo y  -según confesó después a Freudel efecto fue tan perturbador que no consiguió leer ninguno hasta el final. No obstante, ese encuentro le bastó para ser picado por el tábano del psicoanálisis.

Georg Groddeck (1866-1934) ejercía como médico fisioterapeuta en Baden-Baden cuando se decidió escribir a Freud en 1917. Le preguntó si por sus ideas (próximas a las del creador del psicoanálisis, aunque fruto de sus propios hallazgos) y por la forma en que trataba a sus pacientes (en su mayoría enfermos de males “orgánicos”, o sea no neuróticos, a los que trataba mediante la palabra), merecía considerarse un psicoanalista. Freud le respondió que cualquiera que tomara en cuenta la transferencia y la resistencia como puntos axiales de un tratamiento pertenecía irremisiblemente a “la horda de los salvajes”. Desde la primera carta, Groddeck le hablaba a Freud del Ello término que extrajo de Nietzsche, y lo definía como “una fuerza por la que somos vividos mientras creemos que somos nosotros quienes vivimos”. Freud reconoció al inconsciente en el Ello de Groddeck, pero éste no estuvo de acuerdo: lo creía una fuerza más dominante y de más vasto alcance en la vida humana que el inconsciente freudiano. Así empezó entre los dos un debate epistolar sobre el Ello (con Groddeck en posición de “hijo-discípulo”) que duraría varios años.

El primer encuentro personal entre Groddeck y Freud fue en 1920 en el Congreso de La Haya. Tal sería también la primera incursión de Groddeck en la comunidad analítica, su entrada oficial, por así decir, en la “horda de los salvajes”. El segundo día de actividades, Freud habló seguido de otros más cuando, para cerrar la jornada, subió al estrado Groddeck. “Yo soy un analista silvestre”, dijo para empezar y, como nada había preparado, soltó un discurso que tenía toda la estructura de una libre asociación. Con la excepción de Rank, Ferenczi, y Horney, que sintieron atracción por el recién llegado, su intervención no obtuvo más que rechazo entre los analistas.

La tesis central de su plática era que cualquier afección orgánica así fuese una gripa, un dolor de muelas o miopía no era sino una manifestación del Ello. Por ejemplo, en los problemas visuales, decía, el ojo es el Yo, mientras que el Ello reprime la visión de lo desagradable. Apenas terminó su presentación, Groddeck recibió una nota de Freud preguntándole si había hablado en serio o si quería bromear al auditorio. Pero más que un simple bromista, Groddeck era un lúdico provocador y pese a irritar y escandalizar a algunos simpatizaba mucho a Freud.

En 1921 Groddeck empezaría a escribir las cartas de El libro del Ello. A caballo entre el ensayo y la novela epistolar, el libro estaba construido como una serie de cartas ficticias dirigidas a una amiga interesada en psicoanálisis y firmadas por un tal Patrick Troll. En ellas, Groddeck presentaba sus ideas con desenfado y las ilustraba con estrambóticos ejemplos de su práctica que narraba cínicamente, con un estilo a la vez que grandilocuente coloquial. (Podría pensarse, como una lejana analogía, en las cartas de Charles S. Peirce a su amiga Lady Welby.) Freud recibió con entusiasmo los primeros capítulos del libro y estimuló al autor a seguir su camino: “Las cinco cartas son encantadoras le escribe; estoy firmemente decidido a no dejarlas emigrar a otro editor. Sobre todo allí donde habla Ud. de sí mismo son irresistibles”.

Freud veía en dichos pasajes el “autoanálisis” de su discípulo. Y quizá para el lector actual no sería desatinado tomar El libro del Ello como un ejercicio notable desde el punto de vista literario de lo que hoy llaman autoficción.

En la primavera de 1923, semanas antes de que Freud publicara El yo y el ello, apareció en las librerías El libro del Ello. Freud no convenció a Groddeck de que el Ello era equiparable al inconsciente, pero en dicho trabajo recompuso la anatomía de su aparato psíquico: no bastaba hacer coincidir el inconsciente con lo reprimido y oponerlo a un yo en consonancia con lo consciente y lo preconsciente; más bien, pensaba Freud ahora, había que establecer la actividad inconsciente del yo y especificar el topos de lo reprimido y lo inconsciente primordial.

El ello de Freud y el Ello de Groddeck no tenían en común más que el nombre (y ni siquiera en cada lengua: el ello freudiano se tradujo al inglés como id, mientras el Ello de Groddeck derivó en un it aún más impersonal). Para Freud, el ello es, como se sabe, el reservorio fundamental de la energía psíquica, un caos en el que confluyen pulsiones de vida y de muerte. Freud solía definirlo de un modo negativo, en contrapunto a las características del yo. El Ello en Groddeck, en cambio, era ante todo una fuerza de afirmación. Al modo de los presocráticos, a los que aludía, Groddeck consideró falaz la distinción psique-soma: para él no había más que Ello. A su modo de ver, todo lo que hay de conformador anímica y biológicamente en el hombre es regido por la organización del Ello; escribe: “Yo no soy en absoluto Yo sino una forma continuamente cambiante en que se manifiesta el Ello para inducir a error al hombre en su propio conocimiento, para facilitarle el autoengaño, para hacerlo un instrumento más dócil de la vida”.

El aspecto elusivo que adquiere la figura de Groddeck en el campo abierto por Freud es consecuencia de su audaz tentativa: subvertir un campo de por sí subversivo, ser un outsider entre los outsiders.

Acerca de su libro daba esta clave: “lo que suena razonable, o no demasiado extraño, procede del profesor Freud, de Viena, y de sus colaboradores; lo demencial, eso lo considero yo como mi patrimonio espiritual”.

Y sí: tal vez ningún otro libro (al menos en la primera mitad del siglo XX) ilustra mejor la frase de Lacan según la cual “el psicoanálisis es un delirio del que se espera que porte una ciencia”.

Pero a diferencia de lo que ocurre en el delirio no hay que tomar a Groddeck muy en serio; él mismo escribió (con la pluma de Patrick Troll) que ya la vida es lo bastante seria como para que alguien tome en serio cualquier cosa. Entre sus logros, quizá no fue el menor haber escrito libros tan personales, y tan bellos, en una época en que los analistas no dejaban de poner en su escritura un trozo de sí mismos.


Georg Groddeck, El libro del Ello, Taurus, Madrid, 1973, 327 pp.