15 abr. 2013

El nudo borromeo de Calvino a Lacan

En 1901, una vuelta al mundo duraría 33 días.
Julio Verne

En Colección de Arena, delicioso libro a caballo entre la crónica y el diario de viaje (donde se mezcla la reseña de obras, exposiciones insólitas con el inventario de cosas extraordinarias vistas y oídas por aquí y por allá), el escritor italiano Italo Calvino ofrece el breve texto "Dígalo con nudos", reseña de la exposición "Nudos y ataduras" que tuvo lugar en Paris en 1983. De los mensajes de paz y de guerra cifrados en los árboles de la Nueva Caledonia a los nudos dibujados en el aire por los monjes budistas, pasando por los quipus incas y una trenza llamada "Origen-del-verbo" (sin dejar de lado el arte contemporáneo), el escritor nos recuerda que desde tiempos casi inmemoriales los nudos han constituido una expresión humana en la que lenguaje y escritura se hermanan del modo más primordial; pues los nudos -dice- eran un instrumento que permitía fijar textos por escrito incluso antes de que advinieran otras formas de escritura. Pero cito en extenso el párrafo final de "Dígalo con nudos":
En el catálogo de la exposición, organizada por Gilberto Lascault, se presenta también un ensayo-relato de un matemático, Pierre Rosenstiehl. Porque los nudos, como configuraciones lineales de tres dimensiones, son el objeto de una teoría matemática. Entre los problemas que plantean están los del «nudo borromeo» (tres anillas enlazadas de las cuales sólo la tercera sujeta las otras dos). El «nudo borromeo» ha sido muy importante también para Jacques Lacan: véase, en el Seminario XX, el capítulo «Anillas de cuerda».
Nunca me atrevería a tratar de definir con mis palabras la relación del nudo borromeo con el inconsciente según Lacan; pero me aventuraré a formular la idea geométrico-espacial que de él he conseguido hacerme: el espacio tridimensional tiene en realidad seis dimensiones porque todo cambia según que una dimensión pase por encima o por debajo de la otra, o a izquierda o a derecha de la otra, como en un nudo.
Esto se debe a que en los nudos la intersección de dos curvas no es nunca un punto abstracto, sino aquel en el cual se desliza o gira o se enlaza la punta de una soga, cuerda, cable, hilo, cordel o cordón, por encima, por debajo o en torno a sí mismo o a otro elemento similar, como resultado de los gestos bien precisos de un gran número de oficios, del marinero al cirujano, del remendón al acróbata, del alpinista a la costurera [...] , del pescador al embalador, del carnicero al cestero, del fabricante de alfombras al afinador de pianos, del acampador al que hace asientos de paja, del leñador a la encajera, del encuadernador de libros al fabricante de raquetas, del verdugo al ensartador de collares... El arte de hacer nudos, culminación de la abstracción mental y de la manualidad a un tiempo, podría ser considerado la característica humana por excelencia, tanto como el lenguaje o más aún...
No sería errado añadir a la lista de oficios de Calvino el oficio de analista, al menos el de analista lacaniano. Es que por más que diga no aventurarse en las elaboraciones de Lacan, parte de lo dicho por el escritor resuena cerca de algunos planteamientos que aquél hiciera en la primera lección del seminario Les non dupes-errent; es decir, apenas unas semanas después de presentar el borromeo en la penúltima lección del llamado seminario XX (Encore). El 13 de noviembre de 1973, después de asociar por primera vez en su enseñanza los tres célebres redondeles al ternario RSI -las tres dimensiones (escritas dit-mansion=residencia del dicho) que "si el inconsciente existe" habita el ser hablante-, Lacan insiste en que el espacio que impone la estructura nodal debe ser pensado de un modo no cartesiano, pues "se trata de un espacio cuyos puntos se determinan muy de otra manera". Y entonces habla del calce del nudo, calce que vendría a determinar un punto, dice Lacan: "El calce se escribe algo así como que si ustedes tiran en alguna parte de uno cualquiera de esos redondeles de hilo, verán que hay un punto, un punto que está en alguna parte allí donde los tres se calzan (...) hacen falta tres para determinar un punto". Y, como decía Calvino, no se trata de un punto abstracto; podemos escribirlo así:



La lúcida intuición del escritor también da en un clavo que el psicoanalista usó para colgar el borromeo en el frontispicio de su enseñanza: la orientación. En la misma lección del seminario Les non dupes... Lacan observa que no existe una única manera de hacer el nudo, y señala la diferencia existente entre el nudo levógiro (orientado a la izquierda) y el nudo dextrógiro (orientado a la derecha), así como las diferentes series de ordenamiento a las que dan lugar. Si asignamos una letra a cada redondel (R, S, I), siguiendo la ley factorial (1 x 2 x 3) obtendríamos seis órdenes posibles:

ISR
RIS
SRI
RSI
SIR
IRS

seis series que corresponden a las dos orientaciones del nudo. Lacan no las escribe en esa ocasión, pero coloreando los redondeles se obtienen escrituras así:






Ese día, Lacan dice que -en la medida que el discurso analítico "realiza lo simbólico del imaginario"- el nudo del psicoanálisis es levógiro: RSI.
Entonces, para que el nudo esté bien realizado son necesarias tres condiciones:

1) Que el Imaginario pase por encima del Real en dos puntos. I>R
2) Que el Simbólico pase por encima del Imaginario en dos puntos. S>I
3) Que el Real pase por encima del Simbólico en dos puntos. R>S

Si se considera que con la hechura del nudo para Lacan se trata del análisis como tal, un error (él les llamó lapsus) en cualquiera de los cruces no sería sin consecuencia para la clínica analítica. En seminarios posteriores (RSI, El Sinthome, El momento de concluir), Lacan abordaría -y padecería, todo hay que decirlo- los problemas doctrinarios fruto de los efectos que a su enseñanza tardía arrojarían cuestiones como la orientación y el coloreado del nudo (además de la odisea borromeana en la que lo embarcará añadir un cuarto redondel). Pero de eso no hablaremos ahora. Sigamos con el seminario Les non dupes errent... Unas semanas más tarde, el 18 de diciembre, aparece en escena una trenza borromea: "¿Qué es una trenza?", pregunta Lacan, y de inmediato responde que es algo que sin duda mantiene relaciones con el tres. Luego indica el procedimiento para formar la trenza borromea de tres cuerdas:


Si en el primer cruce la cuerda 2 pasa por debajo de la 1, el nuevo ordenamiento quedaría: 2, 1, 3. Para que el trenzado sea correcto los cruces deben seguir esta regla: si en el primer cruce se hace pasar una cuerda por debajo de otra (2 debajo de 1), en el siguiente cruce esa misma cuerda tendrá que pasar por encima de aquella con la que se cruzará inmediatamente después (2 por encima de 3). Como cuando se trenza -Lacan no se priva de esta analogía- el cabello de una mujer. Después de tres cruces tendríamos un orden inverso al del inicio: 3,2,1. Si en este momento de la construcción de la trenza unimos las cuerdas por sus extremos, ¿obtendríamos un nudo borromeo? La respuesta es no. Si se hace correctamente, después de tres maniobras con la trenza lo que obtenemos es una cadena olímpica; es decir,  tres aros encadenados de una manera no borromeana.


Para obtener el nudo borromeo a partir de la trenza es preciso realizar al menos seis maniobras o cruzamientos (o 12, pero ir de 6 en 6), con lo cual volveríamos al ordenamiento inicial: 1,2,3. Si tomamos en cuenta las categorías del ternario, la trenza borromeana quedaría escrita así:

A decir de Lacan (seminario L'insu...), la trenza está en el principio del nudo borromeo. Nótese que los cruces cumplen las condiciones antes mencionadas para la realización del nudo. Lacan no deja de observar que, en tanto vuelve al punto de inicio, el trayecto que sigue la construcción de la trenza tiene algo de moebiano. Pero lo importante es que -por razones de estructura- el recorrido implica al menos seis maniobras, seis "gestos bien precisos" (que diría Calvino) a la hora de tejerla. Lacan se habría referido a algo así al decír que, para no errar, el analista tiene que pegarse a la estructura. "Sean incautos de la estructura" -decía- "no errarán". Es por eso que -como indicaba el título del seminario- los no incautos yerran (Les non dupes errent).
Más tarde vendrá la odisea del cuarto lazo, así como el despliegue de la relación del ternario con el nudo en el seminario RSI; donde Lacan anunciaba hacia el final que el siguiente curso llevaría por título 4,5,6...  Sin embargo, eso no ocurrió porque -como se recordará- Lacan se cruzó con la obra de James Joyce y -como podrá imaginarse- su nave viró arrastrada por la caudalosa corriente del río joyceano (Riverrun....) hacia las playas (en ese entonces algo despobladas y bastante rocosas) del Sinthome.
Hay quien dice que el psicoanalista no salió de esa aventura sin un naufragio de por medio, después del cual su ternario quedaría irreparablemente partido en la región del simbólico. Pero esas ya son otras historias...

Lacan pedalea el nudo borromeo de 4 consistencias

El texto de Italo Calvino se puede leer completo aquí.

13 mar. 2013

ESTRUCTURAS Y ESCRITURAS (Taller-laboratorio de ejercicios topológicos)

Gabriel Meraz Arriola

México D. F.

École lacanienne de psychanalyse







 Hablar es necesario, pero cuando se puede hacer algo, es siempre mejor.
John Cage

La estructura tiene algo que decir.
Glenn Gould

La topología se hizo presente desde el arranque de la enseñanza lacaniana. Ya en el discurso de Roma se evocaba la figura del toro (anillo) para situar la función de la palabra en un lugar interior a un tiempo que exterior al campo del lenguaje. Más tarde, los llamados esquemas L y R tendrían -a decir de Lacan- un estatuto topológico. Pero ¿cuál fue el estatuto de la topología en la enseñanza psicoanalítica de Jacques Lacan?
Ya se trate de grafos, esquemas, superficies o nudos es posible arriesgar respuestas diversas. Sin embargo, en cualquier caso es seguro que el recurso a la topología no constituía una referencia meramente teórica, ni respondía a la búsqueda de metáforas o analogías que ilustraran algo de orden inefable. Sin demostrar nada, la presencia creciente de figuras y objetos topológicos en la enseñanza lacaniana parecería obedecer a una exigencia de índole estructural, si admitimos –con Lacan- que “el sujeto tiene la estructura de la superficie, al menos topológicamente definida”[1]; o bien, más adelante, el anudamiento borromeano RSI (y sus avatares) como soporte estructural del sujeto. Si es verdad que “el inconsciente es un hecho nuevo e implica un desmentido a la antigua estructura sujeto-objeto”[2], al introducir la topología en su enseñanza, Lacan llevó lejos la apuesta de someter a revisión los postulados de la estética trascendental kantiana en lo concerniente al sujeto y el objeto implicados en el espacio analítico.
Con todo, la insistente pregunta: ¿Y-esto-para-qué-sirve?, cuando se habla de topología, resuena con una interrogación formulada por el propio Lacan: “¿es verdaderamente necesario aprender topología para ser psicoanalistas?”, pregunta cuya candidez se mostraba retórica en la inmediata respuesta que daba: “La topología no es algo que debe aprender de más, de alguna manera, como si la formación del psicoanalista consistiera en saber con qué pote de color fuera a pintarse.” Y luego añadía: “es que la topología es la tela misma en la que [el psicoanalista] corta, lo sepa o no. Poco importa que abra o no un libro de topología, desde el momento en que lo que hace es psicoanálisis, es la tela en la que corta, en la que se corta el sujeto de la operación psicoanalítica[3]. Más cerca de un savoir-faire que de un saber teórico, entonces, lo importante es saber cómo y por dónde cortar: la eficacia del buen corte, que decía Lacan.
Si hay un real en la experiencia analítica, ¿puede decirse que hay experiencia del real? Advertidos de que “no hay topología que no requiera sostenerse en algún artificio”[4], la equivalencia –largamente sostenida por Lacan- entre topología y estructura nos permitirá explorar respuestas en la construcción y el estudio de los objetos topológicos que visitaron su enseñanza, objetos que –como una formación del inconsciente- están ligados en primer lugar a la sorpresa.    

“La manera más simple de darles esta relación [entre el toro y cross-cap] es recordarles cómo está construido el toro cuando se lo descompone bajo una forma poliédrica, es decir reconduciéndolo a su polígono fundamental. Aquí, este polígono fundamental, es un cuadrilátero…” J. L. (16/05/62)

Reuniones quincenales a partir del viernes 19 de abril de 2013.     
Horario: 17 a 19 horas
Lugar: Avenida Universidad 1900 Edificio 1. Salón de Usos múltiples de El Altillo. (Metro Miguel Ángel de Quevedo)
Cuota: $200 por reunión (estudiantes $100)
·          El dispositivo de trabajo y la bibliografía se darán a conocer en la primera reunión.
Contacto: gab.meraz@gmail.com




[1] J. Lacan. Seminario “La identificación” (inédito) 30/05/62.
[2] J. Lacan, Entrevista con Pierre Daix, en “Claves del Estructuralismo”, Calden, Buenos Aires, 1969.
[3] J. Lacan. Seminario “El objeto del psicoanálisis” (inédito) 08/06/66.
[4] J. Lacan. Seminario “Los fundamentos del psicoanálisis” 27/06/64.
*Imagen  de http://jmfavreau.info/research:illustration

4 feb. 2013

Mahler auf der couch

"Las situaciones y circunstancias extraordinarias (así como las personalidades extraordinarias) requieren medidas extraordinarias". 
Theodor Reik

Desde hace unas semanas se exhibe en la ciudad de  México"Mahler auf der couch" (2010), película que recrea el encuentro casi mítico que, con motivos de análisis, alguna vez sostuvieron Gustav Mahler y Sigmund Freud. Como hay costumbres inconmutables, el título en español elegido por los distribuidores nada tiene que ver con la película: ¿"Confesiones en el diván"? No cabe duda de que no hay peor pretensión que la de ser "taquillero" (sea dicho también por algunos que andan en el menester analítico, pero esa es otra canción).
En tal análisis no se trataba de nada que ocurriera en ningún diván, si bien éste aparece de manera más que forzada (justo es decirlo en descargo de los distribuidores) en la ficción creada por los directores del filme (por lo demás, apegada en buena medida a hechos históricos). Freud llevaría a cabo la tentativa de análisis del genial compositor en una sola sesión, eso se sabe, pero al más puro estilo del peripato. Y es que si no se ignora que el creador del psicoanálisis era un amante de las caminatas y los paseos, suele olvidarse que no tenía reparo alguno en combinar este placer con su oficio. De este modo, podía no ser tan raro verlo pasear por Viena mientras analizaba así a algunos de sus pacientes, à ciel ouvert. Incluso en algunos análisis de los llamados didácticos a Freud le gustaba menear las piernas. Fue así como analizó a Max Eitingon y a Wilhelm Stekel, quien recordaba que las variaciones rítmicas del andar de su maestro -o si de pronto se detenía súbitamente- añadían un elemento significativo a las interpretaciones que éste aportaba a su análisis. Durante el encuentro entre Mahler y Freud, acaecido en el verano de 1910músico y analista charlaron mientras paseaban entre los canales y muelles de la ciudad holandesa de Leiden (palabra que significa sufrimiento en alemán, ¡y vaya que el músico sufría!). Las secuencias de la película que más me agradaron retratan dichos paseos. Tal vez un día se acabe de entender que diván no es sinónimo de psicoanálisis (y a la inversa), y que el analista no es un maniquí clavado a su sillón. Lo cierto es que títulos como éstos no ayudan, y ciertamente tampoco la película que, en cierto momento, hace aparecer a Freud como si éste hubiera sido un obseso del uso del diván.



Theodor Reik -acaso el analista que más y mejor escribió sobre Mahler- imaginaba con sorna a  aquellos analistas de raigambre férrea que se jalarían el pelo por el carácter tan poco ortodoxo del análisis que Freud practicó con el compositor; no tanto por la falta del mentado diván que, como ya quedó dicho, no era una prerrogativa freudiana, sino porque el trabajo fue realizado en nada más que una sesión. Acerca de esta experiencia, Freud comentó a Reik en una carta de 1935 que, de hacer caso a las referencias que tenía, había logrado bastante en el análisis del músico; no sin mencionar que: "ninguna luz aclaró entonces la fachada sintomática de su neurosis obsesiva". También, en la misma carta, describió ese análisis de sesión única con una incisiva metáfora: "Fue como si hubiese cavado una única y profunda hendidura en un edificio misterioso."


La película no me gustó, pero tampoco me desagradó; o sea, ni fu ni fa. Tal vez lo más disfrutable sea la música y Barbara Romaner interpretando a la mujer de Mahler. (No sé si un alma mater merezca reverencia, pero una Alma Mahler como ésa, definitivamente sí). Lo más fallido toca sin duda a la figura de Freud, convertido en una especie de bufón (por no decir mamarracho) que escenifica una involuntaria comedia (¿o pretendida?) a todo lo largo de la cinta. Nada de la elegancia ni de la fuerza que caracterizaron la estampa de Freud en su bien llevada cincuentena se deja ver ahí. Apuesto a que la película será más apetecible para los melómanos que para quienes acudan llevados por alguna clase de interés (o morbo) relacionado con el psicoanálisis. Al menos a mí vino a confirmarme que parece no haber modo de que esta práctica pase a la pantalla sin convertirse en una suerte de caricatura. Ha de ser obra del celuloide, que exacerba algo que ya cuenta "en la realidad" con elementos de ficción.


Por cierto que también se dice que Alma Mahler odió a Freud hasta el fin de sus días, luego de que el creador del psicoanálisis le escribiera después de la muerte de su marido para cobrarle el costo de la sesión. Pero esto ya no sé si es verdad, y tampoco lo dice la película.

4 dic. 2012

Ferdinando Camon. La enfermedad llamada hombre

Parece que el psicoanálisis es la situación de la libertad absoluta: uno puede decir todo lo que le pasa por la cabeza. En realidad el psicoanálisis es la situación de la constricción absoluta: allí uno no puede decir sino lo que dice, porque no tiene otra cosa que decir. Las personas que van al psicoanálisis gravitan en torno al analista por tres, once años, describiendo órbitas de las cuales el analista ocupa uno de los fuegos (el otro fuego está ocupado por las personas que el analista reencarna), se pueden desvincular y volver a casa, pueden detenerse en esta gravitación al infinito, hasta que el rozamiento no los consuma, pueden huir de la órbita y perderse en los espacios de la locura. Pero como sea que fuere, el resultado es la exacta consecuencia de la correspondencia entre las fuerzas en el campo: no puede funcionar de otro modo que como funciona.
Hay momentos en que el psicoanálisis es un riesgo: puede salir bien, puede salir mal. Hay momentos en que el psicoanálisis es un peligro: sólo puede salir mal. La primera situación es perenne. La segunda situación es intermitente. 



Fragmento de la novela:
La enfermedad llamada hombre (1980), de Ferdinando Camon, Losada, Buenos Aires, 1998.

11 nov. 2012

Lecturas críticas de "El amor Lacan" (coloquio)



El próximo fin de semana tendrá lugar el coloquio "Lecturas críticas de El amor Lacan", en el MUAC. Aquí toda la información:

e-diciones de la École lacanienne de psychanalyse
anuncia una actividad de la École lacanienne de psychanalyse 
Coloquio:
Lecturas críticas de El amor Lacan
16 y 17 de noviembre de 2012
Esta es una actividad de la
École lacanienne de psychanalyse 


Visite el sitio de e-diciones de la École lacanienne de psychanalyse
Es gratuito, basta con registrarse.

Nota: El alta al sitio no es automática y puede demorar un poco. Por favor, tenga paciencia.
Para leer el PROGRAMA, pulse aquí­.

Para leer el argumento, pulsar

Remedios Varo, La despedida, 1958 

Fecha: 16 y 17 de noviembre de 2012
Lugar: Auditorio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MuAC), Centro Cultural Universitario, C.U. en México, D.F.
Horario: viernes 16 de noviembre de 15 a 20 horas, sábado 17 de noviembre de 10 a 20 horas.

Participantes:

Octavio Alonso
Julieta Bernal
Ignacio Díaz de la Serna
Patricia Garrido
Manuel Hernández
Antonio Madrigal
Helena Maldonado Goti
Jesús Martínez Malo
Gabriel Meraz

Entrada libre y gratuita

2 nov. 2012

El vicio de la lectura, de Edith Warthon

"No hay vicios más difíciles de erradicar que aquellos que popularmente se consideran como virtudes", nos dice Edith Warthon en las primeras líneas de este incisivo y sugerente ensayo. Publicado en los albores del siglo XX -1903, para ser exacto, momento en que se diagnostica desde la Mitteleuropa una crisis del lenguaje (la carta de Lord Chandos, La crítica de Mauthner)- este librito merece tomarse en cuenta por su actualidad. Y es que en la era de los demasiados libros (en todos sus formatos), en los tiempos de la reproducción textual a troche y moche (¿no es también y sobre todo eso nuestro internet, hipocaro lector... mi semejante?), la pregunta que formula esta célebre escritora suena aún con más fuerza: "¿Por qué todos deberíamos ser lectores?"; suponerlo, nos dice, sería considerar que no hay diferencia alguna entre tocar el piano y tocar el organillo. Si bien todos tocamos la flauta en la secundaria, siquiera como el burro de la fábula, nadie considera de suyo que todos tendríamos que ser músicos; sin embargo, por alguna razón, tiende a considerarse la lectura como una virtud que estaría al alcance de todos. Para Warthon, entonces, la lectura goza de un prestigio que consiste más bien en una devaluación. En este ensayito se eleva la lectura a la categoría de un arte para el cual (como para cualquiera) es preciso estar dotado de ciertas condiciones que sólo la práctica podrá desarrollar y perfeccionar. Y a todo esto, ¿existirá un lector perfecto, un lector ideal? Seguramente no, pero la caracterización del "lector nato" y su opuesto, el "lector mecánico", permite a la autora -no sin humor- desmantelar un conjunto de prejuicios que tiende a ensalsar indiscriminadamente el acto de leer. El librito me hizo recordar una entrevista con Pascal Quignard en la televisión chilena, donde se habla de los riesgos y peligros que implica la lectura; riesgos no aptos -decía el escritor francés- para cualquier espíritu. Y recordé también el "debate" en Facebook a propósito de tal video, que acabó con la "amistad" de algunos y donde no faltó quien se sintiera profundamente ofendido por las palabras presuntamente elitistas de Quignard, ese enamorado del silencio al que algunos entusiastas lectores buscaban silenciar pregonando que la lectura es un derecho universal. Pero volviendo al aspecto vicioso del leer, Warthon nos dice que el mayor peligro que entraña el "lector mecánico", o sea el incapaz de reflexionar, de transformar y apropiarse de lo que lee ("El valor de los libros es proporcional a lo que podríamos llamar su plasticidad: su cualidad de ser todas las cosas para todos los hombres"), es que produce una continua demanda de libros a la que sólo puede responder un "escritor mecánico". Así, el círculo trazado por la lógica capitalista que rige el mercado del consumo editorial se cierra y satisface a la perfección. El diagnóstico resulta, como ya dije, de una asombrosa actualidad. O quizá no, quizá el librito (tan breve que cualquier tipo de lector despacha en un santiamén) nos presenta el retrato perentorio de una especie de lector en vías de extinción. Aunque algo me dice también que ese "lector nato" de la Warthon se llevaría muy bien con el lector que sabe hablar de los libros que no ha leído de Pierre Bayard.


Edith Warthon

12 oct. 2012

Entre cuerpo y lenguaje: el niño



Entre los saberes que desde épocas remotas se han configurado en torno a la infancia corresponde al psicoanálisis el mérito de no haber convertido al niño en objeto de un saber. Desde el momento en que el niño fue reconocido –por la vía de la angustia- como un sujeto deseante fue posible la práctica de una clínica psicoanalítica infantil. Los analistas han insistido en el hecho de que, en su esencia, el trabajo con niños no difiere del trabajo con adultos, en la misma medida en que mantiene como eje de su operación la transferencia (el acto) y la circulación de la palabra (incluso cuando ella, como en el llamado autismo, en apariencia falta). A diferencia del pediatra, que estudia al niño como un “objeto real”, corresponde al analista ubicar el lugar donde el niño aparece situado en el discurso parental. De este modo, “la infancia surge dentro del mundo del fantasma” (Maud Mannoni). Si bien no existe un sujeto-niño, es por esta vía que podrá advenir un niño-sujeto.

*

En ciertas zonas lacustres de México habita un curioso anfibio que a lo largo de los siglos ha sido estudiado por zoólogos y especialistas de la evolución. Su nombre castellanizado es ajolote (del náhuatl, axolotl). De este animal neoténico impresiona de entrada su aspecto infantil, empecinadamente larvario, casi fetal. La peculiaridad de la especie consiste en que durante su existencia conserva una característica que en los anfibios es propia de las larvas: respiración branquial en un hábitat acuático. Sin embargo, y pese a su apariencia larvaria, el axolotl (ambystoma mexicanum) en su estado natural es capaz de reproducirse. Los investigadores encontraron que, tras el suministro de una hormona tiroidea, el axolotl experimenta la metamorfosis normal de los anfibios: desaparecen las branquias, desarrolla fosas nasales y respiración pulmonar, abandona la vida acuática y se convierte en salamandra terrestre; dotada de párpados y un cuerpo cartilaginoso, deviene un espécimen adulto de la salamandra moteada (ambystoma tigrinum). Muda de especie. Mientras que algunos antropólogos y sociólogos han visto en el axolotl una metáfora para ilustrar el estado perennemente inmaduro de las sociedades arcaicas, algunos escritores han encontrado en él una suerte de tótem que encarna un conjunto de ideas inquietantes. De esta suerte, las carencias metamórficas del animal se han visto recompensadas con una gran dosis de fuerza metafórica. 



En sus estudios sobre el pensamiento salvaje (1962), Claude Lévi-Strauss comentaba que las especies elegidas como animales totémicos no lo eran tanto por ser “buenas para comer”, como “buenas para pensar”. El axolotl, ha escrito Roger Bartra, “es un animal bueno para pensar críticamente, pues (…) pone en duda las verdades establecidas. Hay que jugar con él para que nos abra las puertas de la verdad y de la ironía”. En la figura y, sobre todo, la condición neoténica de este anfibio el filósofo italiano Giorgio Agamben encontró una poderosa metáfora del infans. En su ensayo Para una filosofía de la infancia  sugiere que la metáfora que brinda esta especie permite formular una hipótesis “que explique de una nueva manera el lenguaje y toda la tradición exosomática (cultura) que, más que cualquier impronta genética, caracterizan al Homo sapiens”. Agamben propone imaginar a un niño que se asienta en su entorno larvario y queda fijado en su plena sensación de omnipotencia y falta de especialización, un niño que, rechazando todo entorno específico, sigue el camino de su propia indeterminación e inmadurez. Escribe Agamben: “En tanto que otros animales (¡los maduros!) meramente obedecen a las instrucciones genéticas escritas en su código genético, el infante neoténico se halla en situación de poder prestar atención a lo que no está escrito, de prestar atención a posibilidades somáticas arbitrarias y no codificadas”. Libre de directivas genéticas, dice el filósofo, el niño podría “nombrar las cosas en su idioma y de esta manera abrir ante sí una infinidad de mundos posibles”. Agamben distingue en la infancia el lugar preeminente de lo posible y lo potencial, otorga al niño la característica de vivir en su propia y pura potencia, su propia y pura posibilidad; pues en la infancia, añade, no se distingue lo posible de lo real, en cambio, lo posible se vuelve la vida misma. 


*

En el ensayo Para una filosofía de la infancia, Giorgio Agamben recuerda que los adultos han intentado desde siempre acotar la coincidencia inmediata que -en el niño- mantienen la vida y la posibilidad; intentan, por ejemplo, restringir las manifestaciones espontáneas del niño a tiempos y lugares específicos: una habitación de juegos, un tiempo para jugar, la instauración de juegos con leyes y códigos precisos. Pero el filósofo añade que -en el juego- “el niño arriesga su vida entera, jugando con ella literalmente a cada instante”. A esta relación de inmediatez que el niño establece entre el juego y la vida abierta a toda potencia Agamben la denomina experimentum potentiae; pero aclara que de tal experimento no se ausentan las funciones fisiológicas del cuerpo infantil, muy al contrario: “el niño juega con su función fisiológica, o mejor dicho, la juega, y de este modo deriva de ello un placer”.

*

En otro ensayo, Infancia e Historia, Agamben afirma que “la infancia encuentra su lugar lógico en una exposición de la relación entre experiencia y lenguaje”. A su modo de ver, la experiencia que el niño tiene del lenguaje estaría cifrada en la separación que existe entre lengua y habla. Así, habría una discordancia fundamental -de la semiótica a la semántica- entre la entrada del niño en la estructura del lenguaje y su entrada al ámbito del discurso. Escribe Agamben: “En tanto que tiene una infancia, en tanto que no habla desde siempre, el hombre no puede entrar en la lengua como sistema de signos sin transformarla radicalmente, sin constituirla en discurso”. Una vez  cautivo en el lenguaje convencional el niño no puede  -so pena de “patología”- volver al mundo de los puros signos. “La red de los signos puede ser convertida en lengua y la recíproca no es posible” (Pascal Quignard). La entrada en la lengua, entonces, implica para el niño la pérdida de la condición infans. Así la infancia se presenta como una enfermedad cuya única cura es el lenguaje. 

*

Como el adulto, el niño teje una verdad con los hilos del deseo.
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Fragmentos de mi artículo "Entre cuerpo y lenguaje, entre escucha y mirada: el niño", recientemente aparecido en el número 6 de Cadernos, publicación de Aleph escola de psicanálise de Belo Horizonte, Brasil. Desde aquí agradezco al comité de redacción de la revista y a la traductora por el cuidado puesto en la publicación de este trabajo. GMA. 

11 oct. 2012

Cosas de lalengua

Luisa Valenzuela
Escribir

Escribir escribir y escribir sin ton ni son es ejercicio de ablande. En cambio el psicoanálisis no, el psicoanálisis es ejercicio de hablande.

De: Libro que no muerde, 1980

3 oct. 2012

Alberto Savinio acerca de los sueños


De la pluma de Alberto Savinio (1871-1952) salió una frase que no olvido: "No hay espacio para dos almas en el amor". Desde que dí con ella (hace años, no recuerdo ya en qué libro), sin comprenderla del todo y sin saber bien a bien cómo leerla, no olvido esta frase por su gravedad sentenciosa, verdaderamente escanda-losa. Se me ocurre leerla de dos modos: el amor es un corredor tan estrecho que si dos almas buscan ocuparlo han de: 1.- fusionarse (ilusión romántica cuya futilidad denunció Baudelaire como un sueño soñado por todos y realizado por nadie), o bien 2.- sustituirse (alternarse ocupando en recíproca intermitencia la posición de amante y amado, como en el juego de la metáfora amorosa descrita por Lacan). Otra sería olvidarse de plano del andrógino aristofánico, suprimir la nostalgia que ha infundido ese mito a la humanidad y pensar que en el amor apenas hay espacio para dos cuerpos, que el uso de la palabra alma debiera estar reservado a los sacerdotes y, si acaso, a los poetas místicos.
Como quiera que sea, la frase de Savinio es terrible porque suena a verdad, y porque nos dice que aun en la experiencia del amor el ser humano está condenado a una indecible soledad.
¿Será que para amar es preciso haber desarrollado esa "capacidad de estar solo" de la que hablaba Winnicott? Puede ser; pero la entrada va sobre Savinio y no sobre Winnicott, sobre el sueño y no sobre el amor. Es que cuando pienso en Savinio de inmediato acude a mi mente su terrible frase sobre el espacio del amor.
Vayamos al punto. Escritor y pintor (o viceversa), hermano menor del pintor Giorgio de Chirico (que también escribía), Alberto Savinio estaba tan inconforme con las enciclopedias de su época que escribió una para su uso y gusto personal. De la entrada relativa al sueño copio un párrafo dedicado a la inteligencia del fenómeno onírico.

Alberto Savinio, La anunciación (1932)

Para interpretar el lenguaje, todavía oscuro, de los etruscos, es preciso "hacerse etrusco". ¿Y cómo es que no se ha pensado que si, para el hombre despierto, el sueño "es un problema", para el que sueña el sueño no es un problema? Para comprender el sueño es preciso hacerse hombre que está soñando.
Para comprender los sueños hay que acostumbrarse a pensar que no siempre los valores y los significados de la vida en vela persisten en el sueño con el mismo valor y el mismo significado, pero que, en el sueño, tienen con mucha frecuencia un valor diverso y un significado distinto. Para comprender los sueños hay que pensar que, en el sueño, A puede muy bien no ser la primera letra del alfabeto, y 24 podría también no ser la suma de 20 más 4. Para comprender los sueños es preciso renunciar a colonizar los sueños con la verdad de la vida despierta. Para comprender los sueños es preciso respetar la autonomía del sueño. Para comprender los sueños es preciso aprender a leer la escritura particular de los sueños, de la misma manera que para leer griego no queda otro remedio que aprender las letras griegas. Para comprender los sueños tenemos que aprender a tener confianza en los valores propios del sueño y en sus significados propios. Para comprender los sueños hay que respetar la independencia de los sueños. Para comprender los sueños no tenemos que llevar al sueño nuestra inteligencia, sino dejar que el sueño nos traiga su inteligencia a nosotros. Para comprender los sueños no debemos llevar al sueño nuestra sabiduría, sino, por el contrario, dejar que el sueño nos traiga a nosotros su sabiduría. Para comprender los sueños tenemos que limpiarlos de todo cuanto no participe de su sabiduría propia, sino que es residuo de nuestra sabiduría de hombres despiertos, pasada por error al sueño. Para comprender los sueños hay que renunciar a comprender los sueños.

Alberto Savinio, Objets dans la forêt (1928)

De: Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, Acantilado, Barcelona, 2010.

19 sept. 2012

Rubén Gallo. Apuntes para una historia de Freud en México

Rocha. Freud en México (revista Proceso)

Rubén Gallo, escritor y scholar mexicano activo en Princeton University, ofrece en el texto que sigue un resumen de su libro (aún inexistente en castellano) Freud's Mexico, into the wilds of psychoanalysis (2010).
¿El México de Freud? Pues sí, aunque Freud nunca visitó Latinoamérica, su célebre colección de antigüedades, por ejemplo, no echaba en falta piezas mesoamericanas (las mismas que -por asuntos legales- no fueron exhibidas cuando, hace unos años, la colección se anduvo paseando por acá). Pero además, tal es la tesis del libro, el creador del psicoanálisis habría sido tocado por la magia mexicana a través de los ecos vieneses del malogrado proyecto del Imperio austro-húngaro en este país. La investigación también avanza sobre el surco de preguntas hasta ahora desatendidas: ¿Quiénes fueron los primeros lectores de Freud en México? ¿Cómo lo leyeron? ¿Qué consecuencias sacaron de su lectura? De Salvador Novo a Samuel Ramos, de Octavio Paz al jurista Raúl Carrancá y Trujillo pasando por Remedios Varo y Frida Kahlo, el profesor Gallo dibuja a partir de un retablo de lectores disímbolos un retrato inusitado del creador del psicoanálisis. Y acaso también brinda una nueva imagen del canon cultural mexicano: nos muestra que la recepción de la obra freudiana dejó trazas sutiles, pero al fin trazas, en la naciente modernidad de México.

Apuntes para una historia de Freud en México
Rubén Gallo

I. Lectores
Uno de los primeros lectores de Freud en México fue el poeta Salvador Novo, que comenzó a leer y a escribir sobre el psicoanálisis antes de cumplir veinte años y fue uno de los primeros escritores en comentar los textos de Freud para un público no especializado. Durante los años veinte Novo leyó con voracidad los libros de Freud y publicó varias reseñas de obras psicoanalíticas en las páginas deEl Universal Ilustrado y otras revistas capitalinas. La Casa del Poeta conserva, entre otros libros, los ejemplares de las Obras completasde Freud que pertenecieron a Novo: volúmenes llenos de anotaciones manuscritas. Novo leyó a Freud con el mismo humor negro que caracteriza su producción juvenil: cuando el profesor vienés, en un ensayo sobre la perversión, observa que hay “individuos para los cuales la defecación constituye durante toda su vida una fuente de voluptuosidad”, Novo apunta, en el margen: “¡los escritores!” Y cuando el doctor Freud explica que para ciertos fetichistas “el objeto sexual es el pie sucio y maloliente”, Novo exclama, también en el margen, “¡oh!”, parodiando la reacción de una púdica señorita escandalizada ante las burdas imágenes evocadas por el psicoanalista.
Novo incorporó muchas de las teorías psicoanalíticas a su escritura. Quizá su obra más freudiana sea La estatua de sal, su autobiografía. El libro inicia con una evocación de los “intentos fallidos” que hizo por psicoanalizarse y luego pasa a narrar una serie casi interminable de aventuras sexuales. No sería descabellado leer este libro como un ejercicio de autoanálisis. Freud también había hecho un autoanálisis: la interpretación de sus propios sueños que publicó en 1900. Si Freud analiza sus sueños, Novo dedica su estudio a las seducciones que marcaron su juventud. Sus memorias bien pudieron haberse llamado La interpretación de los ligues.
Freud encontró un lector muy distinto en el filósofo Samuel Ramos, que en 1934 publicó su Perfil del hombre y la cultura en México, un libro que incluye un capítulo sobre “El psicoanálisis del mexicano” y fue el primer intento en aplicar las teorías vienesas al debate sobre la identidad mexicana. Ramos llega a una conclusión sorprendente: el carácter del mexicano, nos dice, se define por un “sentimiento de inferioridad”. La argumentación del filósofo no se basa en Freud sino en uno de sus discípulos disidentes: el doctor Alfred Adler, que rompió con Freud en 1911 para lanzar su propia teoría psicológica basada en “la inferioridad de los órganos”. Ramos había viajado a Europa en 1927: allí conoció a Adler y quedó seducido por sus teorías.
Otro gran lector de Freud fue Octavio Paz. A fines de los años cuarenta, en París, Paz leyó los libros de Freud... y los de Ramos también. Bajo la influencia de estas dos figuras tan disímiles comenzó a escribir El laberinto de la soledad. Paz escribió este ensayo, en parte, como una respuesta a Ramos: no es el complejo de inferioridad, nos dice, sino la soledad lo que define el carácter del mexicano. En la entrevista con Claude Fell recogida en Posdata, Paz explica que se aventuró a escribir El laberinto... después de leer el último libro de Freud: Moisés y la religión monoteísta, publicado unos meses antes de la muerte del analista vienés en 1939. Al redactar El laberinto..., Paz quiso hacer con México lo que Freud había hecho con el pueblo judío: interpretar los orígenes y el nacimiento simbólico de la cultura. Freud comienza su historia del judaísmo con el faraón Akhenatón; Paz elegirá la Conquista y el trauma ocasionado por el choque entre dos culturas. Freud enfoca su estudio en una figura masculina: Moisés; Paz elige a una mujer, doña Marina, y privilegia el papel de lo femenino en la historia de México.
Un misterio: ¿por qué Paz, el lector mexicano más serio que Freud tuvo en la primera mitad de siglo XX, no volvió a hablar del psicoanálisis? El arco y la lira incluye una refutación del psicoanálisis como instrumento de interpretación de la poesía, yVislumbres de la India, un breve comentario sobre la teoría freudiana del monoteísmo. Pero en las páginas de Plural o Vuelta casi nunca aparece citado el nombre de Freud. ¿Por qué este rechazo a un autor que iluminó sus primeras obras? Quizá no se trata de un rechazo a Freud sino de un rechazo a los freudianos, en especial a los psicoanalistas argentinos que llegaron a México en los años setenta, trayendo consigo un vocabulario psicoanalítico pesado y barroco que seguramente irritó la sensibilidad literaria –basada en la limpidez– de Paz.
Frida Kahlo. Moisés (1945)
Freud tendría otros lectores mexicanos más excéntricos: Frida Kahlo, que realizó una interpretación pictórica de Moisés y la religión monoteísta en su Moisés de 1945. (Kahlo y Paz, que tuvieron tan poco en común, compartieron una gran fascinación por el último libro de Freud. ¿Qué se hubieran dicho si hubieran podido conversar sobre Freud, Moisés y el monoteísmo?) En 1940 Ramón Mercader, el asesino de Trotski, fue asignado al juez Raúl Carrancá y Trujillo, otro lector de Freud que había luchado por incorporar las herramientas del psicoanálisis al sistema jurídico mexicano. Como parte de su investigación, Carrancá ordenó un psicoanálisis intensivo –seis horas al día, seis días a la semana, durante seis meses– de Ramón Mercader. El resultado –dos gruesos expedientes sobre “la mente consciente” y “la mente inconsciente” del asesino– llevó al juez a concluir que Mercader había asesinado al revolucionario a causa de un complejo de Edipo activo –una conclusión que los periódicos de la capital reprodujeron en sus páginas.
La pintora Remedios Varo también leyó a Freud. En 1960 pintó un cuadro que lleva por título Mujer saliendo del psicoanalista y que presenta una visión cómica del lugar del psicoanálisis en la vida cotidiana de la burguesía.
Remedios Varo. Mujer saliendo del psicoanalista (1960)

Pero sin duda el lector más excéntrico que Freud tuvo en México fue el sacerdote Gregorio Lemercier, fundador de un “convento en psicoanálisis” en el pueblo de Santa María Ahuacatitlán, cerca de Cuernavaca, que se volvería famoso por todo el mundo como un experimento vanguardista por reformar el catolicismo. Lemercier invitó a los psicoanalistas Gustavo Quevedo y Frida Zmud a trabajar en el monasterio, donde todos los monjes participaron en sesiones de terapia colectiva. Como resultado de este experimento el sacerdote publicó un libro que llevó por título Diálogos con Cristo: monjes en psicoanálisis, que por desgracia llegó a manos del Vaticano y del Santo Oficio. Después de un juicio, la Iglesia le ordenó a Lemercier que no volviera a hablar de Freud, ni en público ni en privado. Lemercier prefirió abandonar la Iglesia y quedarse con Freud: transformó su monasterio en el “Centro Psicoanalítico Emaús”. El escritor Vicente Leñero dramatizó estos hechos en su obra de teatro Pueblo rechazado, estrenada en 1968, unas semanas después de la masacre de Tlatelolco.
II. El México de Freud
¿Qué hubiera pensado Freud de todos estos lectores? ¿Y de los usos tan diversos que se le dieron a la teoría psicoanalítica en México? Las pinturas de Frida Kahlo y Remedios Varo; el uso del psicoanálisis en los debates sobre la mexicanidad; el psicoanálisis practicado en un monasterio benedictino. Todo esto parece estar muy lejos de los intereses de Freud.
Pero Freud, en la Viena de fines del siglo XIX, tuvo a México muy presente en su vida. Freud nació en 1856 y tenía apenas once años cuando su compatriota Maximiliano de Habsburgo fue fusilado en Querétaro. Como todos los austriacos de su generación, Freud se estremeció ante aquel episodio que los periódicos de la época tildaron de Kaisertragödie. Pero los lazos entre México y el imperio austrohúngaro habían comenzado mucho antes del nacimiento de Freud: la Conquista de México se desarrolló bajo el reino de Carlos V, un Habsburgo. Varios de los célebres regalos de Moctezuma que Hernán Cortés le enviara al Rey fueron repartidos entre sus capitales europeas y varios de ellos llegaron a Viena. El museo etnográfico de Viena cuenta entre sus tesoros más preciados el llamado penacho de Moctezuma (los expertos han demostrado que el penacho fue creado hacia 1580 y por lo tanto no pudo haber pertenecido a Moctezuma, aunque se trata de un objeto azteca genuino).
En sus paseos cotidianos por Viena, Freud pudo haber visto un sinfín de referencias a los lazos históricos que unen a Viena con México: el penacho en el museo etnográfico; un códice azteca –el Codex Vindobonensis– en la Biblioteca Imperial (hoy Biblioteca Nacional); la Votivkirche, la iglesia votiva que Maximiliano mandó construir para agradecer el hecho de que su hermano, el emperador Francisco José, había salido ileso de un atentado en 1853. Este fue uno de los proyectos más ambiciosos de Maximiliano: una construcción gótica, de piedra de cantera, tan enorme y tan cara que no se había terminado en 1864, cuando el emperador se embarcó a México, y tampoco se había concluido en 1867, cuando el imperio se desmoronó. La iglesia no fue inaugurada sino hasta 1879 –más de 25 años después del inicio de la construcción– y para entonces, más que un tributo a la vida de Francisco José, se había convertido en un monumento fúnebre a Maximiliano.
Freud vivió más de treinta años en un apartamento en la Berggasse, a unas cuantas calles de la Votivkirche. Cada vez que salía a dar un paseo, cada vez que iba al centro de la ciudad, cada vez que se dirigía a la Ringstraße, pasaba frente a la iglesia que había sido uno de los muchos proyectos descabellados de Maximiliano. Muchos años después de la muerte de Freud, la ciudad de Viena quiso rendirle homenaje al descubridor del inconsciente y decidió bautizar el parque frente a la iglesia –que hasta entonces se había llamado Votivpark– con el nombre de Sigmund Freud: al centro hay un monumento que lleva la inscripción “Die Stimme des Intellekts ist leise” –la inteligencia habla en voz baja. Así, por un capricho burocrático, Freud quedó, post mórtem, frente a Maximiliano. Si los muertos pudieran hablar, Freud –que tenía un gran talento para hacer preguntas que llevaran al paciente a revelar los secretos de sus traumas– seguramente abriría la conversación preguntándole al malhadado archiduque: “¿Cómo le fue en México?” ~

Texto publicado en la revista Letras Libres (agosto, 2010)