28 ene. 2010

J. D. Salinger (1919-2010)

El día de ayer, a la edad de 91 años, murió el escritor Jerome David Salinger. Murió, según parece, de la causa que deseó como destino a unos primerizos cuentos suyos, robados y publicados clandestinamente en 1974: "Los escribí hace un tiempo ya, y no tenía ninguna intención de publicarlos. Quisiera que murieran de muerte natural", declaró en relación a ellos, en una de las rarísimas entrevistas que concedió en su vida. Después del gran éxito de su novela "El guardián entre el centeno" (The Catcher in the Rye), Salinger decidió apartarse de la vida pública en 1951, rehuía de la celebridad, evitaba a toda costa ser entrevistado y retratado (una de sus últimas fotografías lo muestra a punto de golpear al fotógrafo, o bien, a punto de hacerle una seña obscena) y, si decía escribir mucho -para sí mismo y por puro placer- publicaba más bien poco, casi nada. "Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo", llegó a escribir. Ignoro si especificó cuál sería la primera, lo cierto es que todo ello no hizo sino rodear sus libros de un halo de misterio que contribuyó a afincar su fama de escritor secreto, de autor de culto (en tiempos en los que -a diferencia de ahora- no todo era objeto de culto). Dado el perfil que tienen los protagonistas de sus historias: jóvenes viviendo "al límite", de la sociedad y sus márgenes, del mundo adulto y la infancia, de la cordura y la locura, su obra no escapó a la tri(s)tura-ción de las  fauces del "psicoanálisis aplicado" (los curiosos, echen un ojo aquí, los morbosos aquí). Más interesante es señalar, por ejemplo, que  "El guardián entre el centeno" no dejó indiferente a una lectora como Anna Freud, y que la presencia del psicoanálisis (o lo que él entendía por eso) dejó una huella no desdeñable, incluso una impronta importante (como el propio J. D. Salinger lo dejó en claro) en las obras de este escritor norteamericano. De su novela Franny & Zooey copio la siguiente cita:
-No sé -dijo [Zooey]-. Me parece que debe de haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny..., lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-. Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirviera de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios. No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ése es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano, o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia..., saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupa horrores pensar en eso...

R.I.P.J.D.S.