29 dic. 2011

Lacan día por día, de Diana Estrín

Cualquier lector que asoma la nariz a los seminarios de Jacques Lacan está persuadido (y si no, su olfato pronto se lo indica, y si no, pues mucho peor para él) de que abrir tales páginas significa adentrarse a un territorio textual que ofrece dificultades de diversa índole. Más allá de los problemas de establecimiento, del pasaje de lo oral a lo escrito -el famoso y complicado estatus del "Lacan habría dicho"-, de las traducciones, del discurso alambicado que practicaba el psicoanalista francés, uno de los rasgos que caracterizó al seminario que sostuvo durante casi treinta años de enseñanza fue que -reunión tras reunión, explícita o implícitamente- aludía a un cúmulo de autores, artículos y referencias librescas de los que, como se sabe, hacía con frecuencia un uso más bien poco ortodoxo, personal y sumamente libre, por decirlo así de prisa. En este sentido, al leer un seminario de Lacan nos ocurre algo similar a cuando se lee un Ensayo de Montaigne: uno siente que, a través de las citas ocultas o manifiestas, acude a una lectura que, como las muñecas rusas, encierra en su interior otra lectura, lecturas dentro de una lectura que no siempre son evidentes a la primera mirada. Sin embargo, mientras que varias ediciones de la obra del moralista bordelés son pródigas en notas y datos bibliográficos, los seminarios de Lacan suelen llegar a quien se los procura (especialmente en su versión oficial, la de J. A. Miller, y excepción hecha de las establecidas por MRoussan en francés, o R. Rodríguez Ponte en castellano) sin un aparato crítico de lectura, indispensable cuando se trata de un seminario de Lacan.
Así pues, Lacan Día por Día, el libro de  Diana Estrín, se aproxima a suplir dicha carencia y constituye una preciosa herramienta de lectura para quien se adentra en los seminarios, una suerte de mapa de señales para orientarse en ese vasto e intrincado territorio textual que conforma la enseñanza oral de Jacques Lacan.

Gracias a la generosidad de la autora, el libro se encuentra disponible para su descarga en pdf en el sitio de e-diciones de la École Lacanienne de Psychanalyse, en la sección de libros digitales. Para acceder a éste y otros materiales de lectura sólo es preciso registrarse con un correo electrónico en el enlace previo.

28 nov. 2011

Presentación del libro "Creación y esquizofrenia", de Jean Oury


El próximo miércoles 30 de noviembre, en la UAM plantel Xochimilco, ciudad de México, presentaremos el libro "Creación y Esquizofrenia", de Jean Oury, recientemente editado por la Ècole Lacanienne de Psychanalyse.
Aquí la información


Para más información de eventos relacionados con la presentación de este libro, click aquí.

2 nov. 2011

Haroldo de Campos. "El afreudisiaco Lacan en la galaxia de lalengua"

A mis amigas y amigos del Brasil


"quando se vive sob a espécie da viagem o que importa não é a viagem mas o começo ..." 
Haroldo de Campos. Galaxias



No todo el mundo sabe que Haroldo de Campos (1929-2003), líder fundador creativo y teórico de la Poesía Concreta, primer movimiento vanguardista de poesía brasileña, fue, además, un lector agudo y contumaz de Jacques Lacan.

Acerca del movimiento concreto, comentó Octavio Paz: "La negación del discurso por el discurso es tal vez lo que define toda la gran poesía de Occidente, desde Mallarmé hasta nuestros dias (...) la poesía moderna es la dis-persión del curso: un nuevo dis-curso. La poesía concreta es el fin de ese curso y el gran re-curso contra ese fin". Y otorgaba a los concretistas el mérito de haber inventado (o descubierto, le contrapunteaba Haroldo) "una verdadera topología poética", que realizaba, a su vez, "una crítica del pensamiento discursivo y, así, una crítica de nuestra civilización".

Una empresa poética semejante, ¿resultaría ajena al psicoanálisis? Si se quiere lacaniano, surge de inmediato un no rotundo. El pasado fin de semana, Guy Le Gaufey afirmaba en su seminario en México que la negación formaría parte del estilo de Lacan. Amén de una referencia a la topología, fórmulas tales como: "No hay metalenguaje", "No hay Otro del Otro", "No hay relación sexual", "La mujer no existe", bien podrían inscribirse en una cierta tradición que -negación del discurso por el discurso mediante- configuraría una crítica de los malestares de la civilización. Y sin embargo, la parte más sólida del encuentro entre Haroldo de Campos y el lacanismo se signaría explícitamente no tanto en el concretismo como en la segunda etapa de la obra del poeta: su período neobarroco.

De tal suerte, en su ensayo El afreudisíaco Lacan en la galaxia de lalengua (1989), de Campos declara que su obra de más alto vuelo poético, Galaxias, fue escrita en la misma tradición en la que se le antoja situar la relación Freud/Lacan/Joyce; y evoca la figura de Paz al insertar dicha secuencia en una "tradición de la ruptura". En esta misma línea, el ensayo de Haroldo de Campos -maestro teórico y practicante de la traducción como transcreación- propone traducir el apotegma freudiano Wo es war soll ich verden (*) a la Joyce, es decir, "operando reconcentradamente sobre los significantes y su fonía", puesto que ahí "donde prima el significante, el juego de palabras es preservado en su semantización fónica, en su materia de lenguaje". Así resulta del adagio célebre de Freud: LÀONDE ISS'ESTAVA DEV'EUREI DEVIR-ME. Donde la operación transcreadora hace emerger el yo (EU) del "deber moral" (Lacan) del sujeto y el ME (acaso redundante, como observa el propio Haroldo) que buclea la frase sería, en toda su violencia gramatical, la marca que acentúa el verbo reflexivo inusitado que inventa Jacques Lacan: s'être (ser-se), partícula de un vocablo particular que al particularizar al sujeto "expresaría el modo de la subjetividad absoluta... en su excentricidad radical" (Lacan).

Al más puro estilo Lacan -quien veía en la interpretación analítica la intervención de la función poética del lenguaje ("que sirve a cosas totalmente distintas a la comunicación", seminario L'insu...)-, la transcreación que despliega la obra haroldiana operaría sobre lalengua subjetiva vista como un idiomaterno, en esa misma medida en que "el inconsciente está hecho de lalengua" (de nuevo Lacan). Así, luego de recordar que el idiomaterno (LALENGUA) nos afecta con afectos que son efectos, de Campos destaca en la transmisión de la enseñanza lacaniana y la formación del analista la cuestión del estilo. Escribe en este ensayo:
Por eso mismo llamé a la intervención del "estilo" Lacan en la formación del analista y en la evolución del discurso analítico a partir del lado microtonal de Freud, un "afreudisiaco" introyectado en la galaxia de lalengua.
Del lado Freud como del lado Lacan, el ensayo de de Campos enfatiza el costado escribiente de sendas figuras del psicoanálisis. Al Freud microtonal debilitado de la Internacional opone el sonido polifónico del Lacan de lalangue. Mera cuestión de estilo, si se quiere, donc de la más pura transmisión. Así pues, entre la obra de Freud y la enseñanza de Lacan no queda ausente ni una tradición (de la ruptura) ni una forma de la traducción (como transcreación). Como ejemplo, ¿no sería una operación análoga a la transcreación el vertimiento lacaniano de Verwerfung a forclusion? Me atrevería a avanzar un sí (con la licencia que pasa del juego fonético y hace volar el significante en un estallido conceptual). Y también que el Lacan afreudisiaco de Haroldo de Campos es un muy potente antídoto contra la temible bestia del freudolacanismo. El vuelo de la pluma (stylo) haroldiana la distancia, la empequeñece, el filo de su estilete cercena ambas cabezas a ese monstruo bicéfalo que, como una especie de esfinge sin enigma, asola a la ciudad mundial del psicoanálisis, un discurso que -diluyendo a Freud en Lacan y a Lacan en Freud- transmite una herencia sin ruptura y anula el establecimiento posible de la tradición (a romper). Octavio Paz caracterizó la tradición de la ruptura (suerte de anti-tradición) por "estar hecha de interrupciones, y en la que cada ruptura es un comienzo". Así, de la herida que produce el corte de una ruptura brota lo nuevo como posibilidad. Pero también hay negación: "la negación es lo distinto", escribía Paz. Una tradición que niega (operación lógica que, como se sabe, requiere antes afirmar) el pasado transmite discontinuidades, hiancias, escisiones, aberturas donde lo aún no inscrito puede escribirse en una interrupción como intervención (o viceversa).

Tal como en su Sierpe de don Luis de Góngora Lezama Lima gongorizó al poeta cordobés, en El afreudisiaco Lacan en la galaxia de lalengua Haroldo de Campos lacaniza a Jacques Lacan. El Lacan haroldiano, afreudisíaco, es un Lacan elevado a su más alta potencia significante, la potencia de su letra que es la de su estilo: la potencia de su transmisión.


Nasce morre, poema visual de Haroldo de Campos (1958)

Para descargar el pdf del ensayo en portugués, click aquí.

(Agradezco a Maria Augusta Friche por, entre otras muchas cosas, hacerme llegar este archivo)

***

-El ensayo traducido al castellano se encuentra compilado en "Del arco iris blanco", Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006.
-En francés fue publicado por Littoral, E.P.E.L., Paris, Novembre 1994.
-Galaxias ha sido recientemente publicado en castellano por Libros Magenta, México, 2011.

(*) Allí donde ello era debo yo advenir "como sujeto", diríase siguiendo a Lacan en castellano.

19 oct. 2011

O mal-estar. XVI jornada de Aleph-escola de psicanálise


El próximo viernes 21 de octubre, en Belo Horizonte, Brasil, dará comienzo la XVI jornada de Aleph, Escuela de Psicoanálisis. Quien escribe este blog tendrá el honor de participar.
Para descargar el programa. Click aquí.

22 sept. 2011

"Vida de Lacan", de Jacques-Alain Miller

Las anécdotas lacanianas son todas verdaderas, incluso las que son falsas, ya que, en buena doctrina, la verdad se distingue de la exactitud y tiene estructura de ficción.
J. A. Miller

Un instante más y la bomba estallaba.
La frase de Guillaume, lingüísta, que a Lacan le gustaba citar.


Hay que leer la Vida de Lacan que ha escrito Jacques-Alain Miller. Publicada en Paris hace un par de semanas (más de 11 mil ejemplares vendidos) y hace unos días en Argentina, hay que leerla para saber de qué va la cosa con la Orientación lacaniana... (así con mayúscula). No la lea quien busque la contemplación largamente esperada del retrato íntimo, familiar, de la persona de Jacques Lacan (si bien no faltan pinceladas de esta tonalidad: "Lacan tampoco se drogó nunca, ni para probar -se lo pregunté". [p. 34]) Tampoco el que espere encontrar una suerte de antífona a las elaboraciones del Lacan biografiado por Roudinesco. Nada de eso, o muy poco, se hallará en este librito. Y aún menos, importa que advierta yo estas cosas, si en las primeras 30 páginas del libro Miller se aboca a decirnos, sobre todo, lo que no ha escrito en su Vida de Lacan. Siendo un opus que apenas rebasa los 43 folios, algunos creerán el rodeo excesivo. Pero no es mera digresión. Como es sabido, al genio de la lengua no le faltan tropos para presentar el ser bajo el modo de no serlo. Luego de evocar la Life de Boswell sobre el Dr. Johnson, así como la tradición escritural (o escribana) floreciente en las "Vidas" de la Antigüedad y el Renacimiento, Miller procede -así leo el último tercio del libro- a ofrecernos no sólo un retrato inédito, sino acaso una inédita forma del retrato: la efigie analítica. Es que si no es una "Vida" en el sentido antedicho, tampoco se trata, claro está, de mera chismografía, ni de una psicobiografía (aunque no falte el escarceo con esta narrativa: "[Lacan] era del signo de Aries, y la descripción de los que han nacido bajo ese signo, tal como aparece en obras de astrología, le va como un guante" [p. 33]. Acaso con su Vida de Lacan Miller ha inventado -y en pocas páginas, eso no es poco- un género que excede las lindes de "lo biográfico" para aproximarse -así me atreveré a llamarlo- a una biosignansgrafía, donde el personaje (léase sujeto representado por un significante (S1) para otro (S2)) biografiado no puede sino aparecer en fading, operación de escritura cuya elisión barroca descubre un fresco brillante, luminoso, que envuelve al sujeto en su opacidad y nos ofrece en relieve la figura del "hombre de deseo, de pulsión incluso, que [Lacan] era" [p. 39]. Ahí se nos revelan -entre otros rasgos- el Lacan de una rispidez tal en su lazo con la Ley que bajaba del auto y se echaba a andar antes que esperar el cambio de un semáforo en rojo; que miraba en tal forma a un camarero desatento o distraído para inscribir -en la sustitución significante puesta en juego por la pulsión escópica y el aullido (casi a lo Artaud: "¡OOOOhhhh!" [p. 35])- la existencia inefable y estúpida (la del camarero, por supuesto) en un vector de mutuo reconocimiento hegeliano; el que se sentía incómodo dentro de "los límites prescritos a los humanos por la estética trascendental" [p. 39]; un Lacan que "tenía gusto por lo real" (sic) [p. 27] y que era, en suma, rebelde e insurrecto hasta en sus gestos más cotidianos. Ansina pues, la foto no podía resultar más lacaniana, ni estar ausente el punctum donde el a minúscula haría refulgir su destello ciego y enceguecedor. Todo lo cual, huelga decirlo, sí que hace lazo y seduce. Si hace 80 años Ortega y Gasset situaba "La rebelión de las masas", Jacques-Alain Miller dirige hoy sus esfuerzos -así lo dejó en claro al fundar la U. P. J. L. - a la educación de las masas. Un proyecto que, bien visto, estaba inscrito y anunciado hace 30 años en el slogan del primer boletín de la Cause Freudienne: "Here comes everybody". Si alguien me preguntara cómo ha de leerse esta Vida de Lacan, escrita para la opinión ilustrada (según reza el subtítulo, yo le llamaría: o el arte de sepultar un nombre sin caerse en la tumba), diría que el propio Miller nos brinda la clave en los últimos párrafos, cuando cita a Leo Strauss (¿cómo lo leo, Leo?) y su célebre ensayo: La persecución y el arte de escribir. Es decir que estamos ante un opúsculo que es preciso leer entre líneas: "de modo que solo sea oído por aquellos que deben oír." [p. 43] (¡Oh analistas del mundo, venid, creced y multiplicaos!). Y sin embargo, Miller escribe: "no puedo dejar de pensar a propósito de él [Lacan] en la Carta a los Corintios -«Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos»". Cito el inicio de la coda final:
"...él [Lacan] era tú. Venía a buscarte allí donde estabas, tú, con tu propio cortejo, séquito, tu equipaje de prejuicios, y tus maletas de ignorancias, y tus pocos residuos de nociones vagamente adquiridas en los bancos de la escuela. Él no veía en su auditorio un Otro ideal, se dirigía a los que estaban ahí, a fin de llevar a ese pequeño pueblo a comprender lo que él había comprendido, ya que esta transmisión formaba parte de su felicidad..." [p. 43]
Después de leer palabras semejantes y en tal tono (digno de una Pastoral), ¿quién podría declinar la invitación a Formar-se o a Formar-Un-Cartel la próxima vez que -en un quartier parisino, una favela brasileira, un barrio marginal cualquiera o un e-mail de cualquier rincón del mundo- se aparezca un representante de la Orientación lacaniana, con frecuencia enfundado en su traje de plus-un? Sospecho que no-todo(s), pero quizás al-menos-uno. No puedo más que invitar entonces a la lectura de esta Vida de Lacan. Léanla (no sin su Strauss bajo el brazo), se hace de un tirón y (en la edición porteña) son 44 páginas. Verán que, en su naturaleza capicúa, de serpiente engullendo su cola, algo revela esta cifra de lo que viene tramado en el vínculo Miller-Lacan, así como de aquello que -en la enseñanza de cada uno- venía entramado desde antes.
Harpócrates


J. A. Miller, Vida de Lacan, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2011. Trad. Miquel Bassols y Silvia Tendlarz

18 sept. 2011

Lacan lector de Schreber, sus "misreadings"

Releyendo este domingo unos capítulos de El escritorio de Lacan, de Jorge Baños Orellana, llamó mi atención la referencia a un artículo de Carlos Faig que puntualiza unos curiosos olvidos y misreadings en los que Lacan incurrió al leer las memorias del presidente Schreber. Felizmente lo he encontrado en la red; y ahora, para los lectores del blog, pongo abajo (hasta abajo, no sea que no lean mi nota) el enlace al breve artículo.
Sabido es que Lacan tergiversaba con frecuencia el decir de los autores de los que hablaba y escribía (esto es trabajado con agudeza en la obra de Baños Orellana), y que -si de textos se trataba- llevaba a su molino el agua que le servía y dejaba correr la que no había de beber. Muy pero muy de prisa, simplificando en exceso y muy groseramente la relación Freud/Lacan, podría decirse que Lacan fue ante todo un gran tergiversador de Freud. Pero también lo fue de Saussure, Aristóteles, Peirce, San Agustín, HeideggerJoyce y un largo, larguísimo etcétera. Lo que no significa, en ningún momento, que a varios de los citados no los haya leído "bien", incluso "a fondo" (incluso -como en el caso de Freud- "a la letra"). ¿Por qué, entonces, no iba a leer "a su manera" al presidente Schreber? Ante el hallazgo de un misreading en los textos lacanianos, un lector lego -si está en buen son- podría decir: "¡No entendió nada este Lacan, pero qué genial interpretación! (Me ha tocado escucharlo.) Los lectores mala leche, en cambio, podrían tomarlo de estandarte e incluirlo en el primer capítulo de un libro titulado Imposturas intelectuales. Ciertamente, si los críticos que se afanan en demostrar que Lacan era un "charlacan" de verdad lo leyeran, encontrarían mucha tela para cortar. Pero eso les llevaría muchos años.
Si bien no todas las tergiversaciones tienen el lugar de un misreading (también había lapsus, olvidos, simples equivocaciones), para los analistas el estilo con el que Lacan leía no puede resultar tan sorprendente; pues se sabe que -cuando de psicoanálisis se trata- las cosas sólo funcionan si el método freudiano se adapta a las singularidades que requiere cada análisis (la "elasticidad de la técnica", que decía Ferenczi). Cada análisis deviene así una potencial máquina de hacer ficción, "novela familiar", "mito individual". (¿Y es que no hay algo de lectura en la acción del analista?). Los "errores" de Lacan en su lectura de Schreber no invalidan los desarrollos doctrinarios que elaboró a partir de ella. (La flaqueza de un concepto como Forclusión del Nombre del Padre hay que buscarla en "otras voces, otros ámbitos".) ¿Quién, desde el psicoanálisis (o sea, nadie en su "sano juicio") se animaría hoy a cuestionar las tesis de Freud sobre la sexualidad infantil debido a los baches (histórico-biográficos, errores de traducción, etc.) en los que tropezó su estudio sobre Leonardo? Al menos, me parece, no se haría a partir de ellos.
Lacan, quien se decía un traumatizado del malentendido puso su grano de arena en dicho trauma. Lacan, que advertía no decir toda la verdad porque ésta no puede decirse toda, también nos decía que la verdad está estructurada como una ficción. A este respecto, conviene recordar también a Maud Mannoni, que afirmaba, en un bello libro, que el verdadero estatuto de la teoría en el psicoanálisis no es otro que el de la ficción; la cual no se opone -como se piensa con frecuencia- a la "realidad objetiva", sino que más bien constituye su muy particular elaboración. A esta operación subjetiva, a veces, Freud la llamó fantasía, a veces delirio.



Para leer el artículo de Carlos Faig, "Schreber de memoria" (publicado originalmente en Bs. Aires en 1989), click aquí.

9 sept. 2011

30 años sin Jacques Lacan

 "Soy obstinado... Desaparezco."
           Últimas palabras de Lacan

Hoy se cumplen 30 años de la desaparición física de Jacques Lacan. En varias partes del mundo y, como es natural (¿y sí?), principalmente en Francia, llueven desde hace unos días homenajes y actividades que recuerdan al psicoanalista francés que revolucionó el panorama psicoanalítico durante la segunda mitad del siglo XX. Como este blog no se podía quedar sin asistir al mare mágnum de información que circula en la red, voy a colgar tres fragmentos que he escogido entre los libros de testimonios sobre Lacan (uno de su hija, dos de analizantes suyos) que aluden al momento de su muerte; un hecho que, a la manera de un corte topológico, vino a crear un límite, así como a transformar y a revelar ciertos rasgos estructurales del llamado movimiento psicoanalítico.
(Los tres libros existen en español, pero dado que es mi biblioteca personal la abastecedora del blog, traduzco a vuelatecla directamente de mis ejemplares.)
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Sybille Lacan
"En el Jacques Lacan, de Elizabeth Roudinesco, aparecido en septiembre de 1993, la autora evoca al final del capítulo "Tumba para un faraón" los últimos instantes de mi padre:
Escribe: ".... bruscamente la sutura mecánica se rompió, provocando una peritonitis, seguida de una septisemia. El dolor era atroz. Como Max Schur en la cabecera de Freud, el médico tomó la decisión de administrar la droga necesaria para una muerte suave. En el último instante, Lacan lo fusiló con la mirada". [Énfasis de S. L.]
Cuando leí esta última frase, me asaltó una desesperación indecible. Me derretí en lágrimas, que se transformaron en convulsivos espasmos. Boca abajo, sobre el diván de la "gran sala", zozobraba en un torrente de lágrimas ardientes que parecía que nunca se detendrían. La idea de que mi padre se había visto caer en la nada, sabiendo que iba a no ser más me era insoportable. Su furor en ese instante, su falta de aceptación del destino común de todos los hombres me lo hacían más querido, pues yo lo reconocía ahí completamente: "obstinado", según las últimas palabras que se le atribuyen.
 Ese día, creo, es el que más cercana me he sentido de mi padre. Después, ya no he vuelto a llorar pensando en él."
(De: Un padre)
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Gérard Haddad
"La desaparición de Lacan fue un suceso nacional. Los medios, sobre todo los diarios, le dedicaron su primera página. En verdad, y la distancia confirma la cosa, esta muerte marcaba el final de una época de la vida cultural francesa en su conjunto, más bien brillante. La mediocridad pronto se abatiría sobre la vida intelectual aspirada por la vanidad mediática.
Pronto asistimos a un suceso curioso, desconocido por los etnólogos y poco conveniente. Es una regla, en efecto, observar ante la muerte de un gran hombre, al menos hasta los funerales, un momento de silencio y de homenaje, considerar en primer lugar sus aportes positivos. O bien, he aquí que la prensa se encuentra invadida de artículos venenosos, venidos de la pluma de antiguos alumnos que habían roto con él desde hacía mucho, pero, todavía más sorprendente, también de los discípulos de última hora. El diario Liberation publicará así una página llena de reacciones de miembros de la difunta Escuela Freudiana. La intervención de mi agregado de prensa me permitió estar entre ellos. Rendí homenaje a la obra de mi maestro, a lo que le debía. A la mañana siguiente, al leer ese diario, quedé consternado al constatar que mi intervención era la única que saludaba sin ambigüedad ni reserva la desaparición de aquél que tanto nos había dado. Los alumnos que le fueron cercanos juzgarían bien, en las líneas que le dedicaban, criticar al desaparecido."
(De: El día que Lacan me adoptó)
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Stuart Schneiderman
"Cuando Lacan murió el 9 de diciembre de 1981, el suceso fue un anticlimax. Quizá debido al proceso que Robert Jay Lifton llama aturdimiento psíquico (psychic numbing), la gente no parecía capaz de una reacción auténtica. Un analista me dijo que no hubo un duelo significativo por Lacan puesto que, según lo dijo, "lo hicimos hace un año". Otros apenas y notaron su pasaje porque habían llegado a creer que su alma había tomado por habitación la de su yerno, Jacques-Alain Miller.
A veces parecía que un buen número de gente había deseado la muerte de Lacan. Hay muchos analistas que aún parecen orgullosos de tener un complejo de Edipo para actuar tales escenas en un vestido edípico. Pero los eventos mismos y los actos de Lacan en el mundo, en su mundo, sugieren otra lectura."
(De: Jacques Lacan: la muerte de un héroe intelectual)
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En esta última cita, la referencia de Schneiderman a Lifton es muy oportuna para la ocasión. Se recordará que en el encuentro que éste último sostuvo con Lacan en Yale, en 1975, el psicoanalista francés se declararía "liftoniano". El diálogo entre ambos giró en torno a las relaciones entre la muerte y el simbolismo, más exactamente, se planteaba la posibilidad de simbolizar la muerte. En la obra de Lifton, psiquiatra norteamericano que estudió a fondo las catástrofes humanas (p. ej., los holocaustos), los sobrevivientes han de pagar su deuda con los muertos estableciendo una línea de continuidad con la vida. 
En el ámbito lacaniano, ¿de qué orden serían dicha deuda y la posibilidad de saldarla? Quizá unas palabras del propio Lacan -que tanto privilegio dio en su transmisión a lo oral sobre lo escrito- extraídas de su texto sobre "La carta robada", se acercan en algo a responder: "Ojalá los escritos permaneciesen, lo cual es más bien el caso de las palabras: pues de éstas la deuda imborrable por lo menos fecunda nuestros actos por sus transferencias."


Que así sea, pues, pese a quien pese lo imposible... Hasta que la muerte nos arranque de la vida.


Placa en el frontispicio del número 5 de la calle Lille


Fuente de las citas:
-Sybille Lacan, Un père (puzzle), Folio, Paris, 1994.
-Gérard Haddad, Le Jour où Lacan m' a adopté, Grasset, Paris, 2002.
-Stuart Schneiderman, Jacques Lacan, The death of an intellectual hero, Harvard University Press, USA, 1983.
Trad. Gabriel Meraz

29 jul. 2011

Der Struwwelpeter: un avatar de la castración

 "Pues, la angustia de la muerte, puede ser concebida lo mismo que la angustia de la conciencia moral, como un procesamiento de la angustia de castración." 

                                                                                     S. Freud (El Yo y el Ello)


La luz de mi escritorio alumbra la portada de Der Struwwelpeter. Ataviado con faldollín rojo, un niño de rostro desdichado exhibe en cada mano unas uñas que han crecido hasta volverse garras, el pelo enmarañado a leguas deja adivinar que a este pequeño -como en el memorable verso de Neruda- las peluquerías lo hacen llorar a gritos.

Pero no juzguemos con premura al pobre niño, vean el precio de tan pringado y desastrado aspecto:

¡Aquí está, nenes y nenas,
éste es Pedro Melenas!
Por no cortarse las uñas
le crecieron diez pezuñas,
y hace más de un año entero
que no ha visto al peluquero.
¡Qué vergüenza! ¡Qué horroroso!
¡Qué niño más cochambroso!

¡Nada menos que el escarnio social! Pobre Pedro, y todo por sacarle al peine y las tijeras.

Traducido al español  como "Pedro melenas", "Pedro el desgreñado" o "Pedro el asqueroso", Der Struwwelpeter es el nombre de un libro de cuentos para niños que conoció gran éxito durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Si bien se trata de uno de los libros infantiles más célebres, acaso también sea uno de los más polémicos. Nos encontramos, en efecto, ante a uno de los más conspicuos representantes de la llamada "pedagogía negra"; pero éste cuenta con el sello inconfundible de la marca teutona: "Made in Germany". Incluso alguien como Charlotte Bühler -la psicóloga del desarrollo que abonó en algo al estadio del espejo lacaniano- consideraba este libro un manual ideal para la educación de los niños.

Heinrich Hoffman, el autor -que en cuestiones siniestras rivalizaría sin duda con el otro Hoffmann (Ernst Theodor Amadeus)-, era un pediatra que, según se cuenta, acostumbraba narrar historias de su propia inspiración a sus inquietos (y a la postre aterrorizados) pacientes, con el fin de apacigüarlos durante la consulta. Más tarde, tales narraciones pasarían a formar parte de Der Struwwelpeter. Lo cierto es que el propio Hoffmann consignó en una carta pública las circunstancias en que se gestó la obra por la que sería recordado; decía allí:
"¡Habent sua fata libelli! ¡Los libros tienen su Destino! Y esto vale para el Struwwelpeter. En la Navidad de 1844, buscaba un regalo para mi hijo pequeño, de tres años y medio. Quería un libro ilustrado, que correspondiese a la edad de aquel pequeño ciudadano del mundo, pero todo lo que veía no me decía nada (...)Finalmente, tomé un cuaderno en blanco y le dije a mi esposa: 'Le voy a hacer al niño el libro ilustrado que necesita'. El niño aprende viendo, le entra todo por los ojos, comprende lo que ve. No hay que hacerle advertencias morales. Cuando le dicen: Lávate; Cuidado con el fuego; Deja eso; ¡Obedece!, para el niño son conceptos sin sentido. Pero el dibujo de un desarrapado, sucio, de un vestido en llamas, la imagen de la desgracia le instruye más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones. Por eso es cierto el refrán que dice: El gato escaldado huye".
Conformado por diez cuentos en rima, cada uno retrato de una conducta indeseable y su correspondiente castigo, y con un subtítulo que parecería rezumar ironía (Historias muy divertidas y estampas aún más graciosas para niños de 3 a 6 años), Der Struwwelpeter alcanzó un gran éxito comercial desde su publicación en 1845. Las traducciones se aceleraron y, de esta misma suerte, el texto y sus imágenes pronto se inscribirían en la educación sentimental, por así decirlo, de varias generaciones de niños.

Al lado del cochambroso Pedro, por ahí desfila la imprudente y desdichada Paulina que, por andar jugando con cerillos, se incendia desde el vestido hasta los huesos y queda reducida a cenizas; o bien el melindroso Gaspar que, por no tomar sus alimentos como Dios manda, ve adelgazar su cuerpo hasta la extinción.

Pero la historia que más nos interesa (por razones de inmediato evidentes) es la de "Conrado, el pequeño chupadedos". En ella, una madre advierte a su pequeño hijo que no ose chuparse el pulgar durante su ausencia o, de lo contrario, vendrá a cortárselo un sastre armado de unas enormes tijeras. Apenas la madre se da vuelta el niño, como es natural, empieza a chuparse el dedo, cuando de pronto entra a escena el horrífico sastre y le cercena el pulgar de cada mano. Esta es la triste y cruenta historia de Conrado:


"¡Conrado!", dice mamá:          
"Salgo un rato, estate acá;
sé bueno, juicioso y pío,
hasta que vuelva, hijo mío,
y no te chupes el dedo
porque entonces —¡ay, qué miedo!—
vendrá a buscarte, pillastre,
con las tijeras el sastre,
y te cortará —tris, tras!—
los pulgares, ya verás".









Sale doña Berta y ¡zas!
¡Chupa que te chuparás…!








Se abre la puerta y de un salto,     
entra en la casa, al asalto,
el terrible sastre aquél
que venía en busca de él.
Con la afilada tijera
le corta los dedos —¡fuera!—









y deja al pobre Conrado
llorando desconsolado.
Cuando vuelve doña Berta,  
lo encuentra, triste, en la puerta.
¡Sin pulgares se quedó,
el sastre se los cortó!








Ya en sus Tres Ensayos de teoría sexual, Sigmund Freud hablaba del chupeteo como una manifestación autoerótica que no esperó al psicoanálisis para ser evidente pues, decía, incluso los pediatras del siglo XIX repararon en el carácter sexual del chupeteo infantil.

En una de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis, luego de puntualizar algunos elementos que considera constitutivos de la "realidad material" del complejo de castración (la amenaza explícita de castración, la visión del genital femenino, etc.), Freud alude de manera explícita al libro que comentamos, dice: "En el famoso Struwwelpeter de Hoffman, el pediatra de Frankfurt, cuyo libro debe su popularidad justamente a la comprensión que muestra de los complejos sexuales y otros de la infancia, hallan ustedes a la castración morigerada y sustituida por el corte del pulgar como castigo a un chupeteo obstinado."

En el sentido freudiano más estricto (lo que no implica caer en una rancia ortodoxia), el complejo de castración parecería estar lejos de ser un conjunto abigarrado de metáforas bizarras. Un comentario de Oscar Masotta pone los puntos sobre la íes en lo que toca al lugar de este libro en el contexto postvictoriano que vió nacer al psicoanálisis: "El complejo de Edipo y su secuela, el complejo de castración, no son sino las marcas, de las que el pensamiento freudiano no es más que el efecto, de la educación autoritaria de la época". A lo que añade:
"Bastaría para demostrarlo con citar algunos textos de lectura alemanes de la época. Der Struwwelpeter, el texto para enseñanza primaria firmado por el doctor Heinrich Hoffmann, y en cuya cubierta se lee en efecto que se lo recomendaba para la educación de los niños entre tres y seis años de edad, no es más que la prueba espeluznante de que la castración no es una idea del individuo, sino el gesto real del adulto autoritario entronizado en los valores de la época y en el ejemplo educativo. Esto con respecto a la sociedad real que le tocó vivir a Freud."
En tiempos donde la pedagogía solería perderse en los senderos del (así llamado) sentido común y el manga y el anime abordan con explicitud los avatares del sexo, ¿en qué vendrán a modificarse los aspectos estructurantes que en el sujeto mantiene la castración? Creo que se trata de una interesante cuestión a zanjar...

Click aquí para descargar en pdf el libro en español.

22 jul. 2011

Lucian Freud (1922-2011), pintor del cuerpo

"Quiero que mi pintura funcione como carne. Para mí, la pintura es la persona. Que ejerce sobre mí mismo un idéntico efecto que la carne."
(L. F. )


Hace un par de de días murió en su domicilio londinense Lucian Freud. Tenía ochenta y ocho años. Apenas unas semanas atrás lo evocaba yo en este blog a propósito de una subasta. Ahora, ¿cuánto inflará el aliento de la muerte del artista el precio de sus trabajos?

Lucian Freud nació en la ciudad de Berlín, pero en 1933 emigró con sus padres a Londres. Hijo de Ernst -el hijo menor de Sigmund Freud- y pintor en ciernes se reuniría con sus abuelos (Martha y Sigmund) y su tía (Anna) cuando -ante la invasión nazi y contra su voluntad- el creador del psicoanálisis se exiliara con su familia en Londres en 1938. Ese mismo año, el joven Lucian empezaría a estudiar arte en ésta y otras ciudades de Inglaterra. En sus años de formación flirteó con el surrealismo, no obstante, poco después empezaría a ensayar el estilo hiperrealista y lleno de expresividad que le sería característico.

Durante la década de 1950 sus retratos y autorretratos comenzaron a obtener reconocimiento internacional. Al lado de Francis Bacon (de quien fue amigo), es considerado una de las figuras más representativas de la escuela neofigurativa inglesa.

Se dice que tuvo cerca de cuarenta hijos, lo que no deja de ser de una excelsa prolijidad en alguien que, además, pintó algunos cientos de cuadros y realizó miles de bosquejos.

De estirpe rubensiana, goyesca, la obra de Lucian Freud nos recuerda que entre la carne hecha jiras y la experiencia del cuerpo queda apenas esa delgada línea reflejante que llamamos espejo (función de cuadro de la superfice especular); nos dice que el lazo de identidad que anuda nuestro nombre y nuestro rostro no es sino la argucia imaginaria que quiere apuntalar -siquiera momentáneamente- nuestra frágil consistencia de sujetos...

22 jun. 2011

Georg Groddeck, por él mismo

Al iniciar el post no lo sabía pero, en haciéndolo, vine a enterarme de que Georg Groddeck -el autodenominado "psicoanalista silvestre"- murió -aunque años antes (14.6.1934)- el mismo día que Jorge Luis Borges. (No quiero que el blog se me vuelva una esquela inconsciente de sucesos mortuorios. De cualquier modo aquí va el post).
      Groddeck (nacido en 1866) redactó esta nota autobiográfica hacia 1933. La traduzco del número especial que la revista francesa L' Arc dedicara al autor de El libro del Ello.

Groddeck Georg. Dr. med. Médico, propietario y director del Sanatorio Dr. Groddeck, en Baden-Baden. Nacido el 13.10.1866. en Bad Kösen. -Padre: Médico Dr. med. Carl Groddeck. -Madre: Carolina, nacida Koberstein. -Casado con Emmy, nacida Larsson. -Luego de estudios secundarios en el gimnasio Schulpforta, donde aprobó su examen de madurez, G. se consagró al estudio de la medicina en la Facultad Militar de Berlín, donde fue recibido Dr. med. el 4.10.1889. Nombrado médico adjunto en la Caridad el 15.2.1890, fue recibido el 15.8.1891 como médico asistente de segunda clase en el regimiento 35o del principado de Brandenburgo,  para ser liberado en marzo de 1897 con grado de Mayor. Después trabajó como médico asistente de Ernst Schweninger en su sanatorio en Berlín, más tarde como médico jefe y luego se instaló en Baden-Baden.
     Como alumno de Ernst Schweninger, a quien lo ligaba una amistad, ha seguido su enseñanza de pionero en la práctica. Sus relaciones con la gran medicina del siglo pasado han hecho que su actividad sea requerida por enfermos que habían pasado ya por muchos tratamientos. Groddeck ha buscado nuevas vías en el arte de curar. Ha establecido que las enfermedades llamadas orgánicas tienen también, sin excepción, raíces psíquicas. Para hacer comprensible su tratamiento, a sí mismo como a los demás, ha retomado de una frase de Nietzsche el término "ello" para designar las fuerzas desconocidas cuya suma significa la vida humana, y que, por lo tanto, la hacen sana o enferma. Dado que el ello no es ni físico ni psíquico, sino que esas dos maneras de ser son sus funciones, Groddeck se ha visto llevado a tratar simultáneamente a sus enfermos a partir de estos dos puntos de vista. En el método de proceder psicofísicamente se ha reforzado con el estudio del psicoanálisis freudiano. Los éxitos le han comprobado que su idea fundamental es cierta. Ha sido el primer médico, y durante muchos años el único, en haber explotado el condicionamiento de lo físico por lo psíquico y a la inversa, en la actividad médica. Ha consignado sus opiniones en artículos de revista y en algunos trabajos de tenor más general, y en los libros siguientes: Nasamecu, La determinación psíquica de las afecciones orgánicas; El libro del Ello; El ser humano como símbolo; El buscador de almas, una novela psicoanalítica.

Groddeck, de cuerpo entero
De: George Groddeck, L' Arc, no.78, 1er trimestre 1980, p. 5
Trad. del francés Gabriel Meraz

14 jun. 2011

I remember Borges

Se oponía tanto a la esclavitud que había empezado a incluir prosa y poesía en el mismo libro, de modo que no hubiera fronteras arbitrarias entre ellas.
                    Ishmael Reed, citado por Paul Metcalf

Jorge Luis Borges murió el 14 de junio de 1986, hoy hace veinticinco años. A semanas de cumplir ochenta y siete, murió en Ginebra, ciudad que eligió como última morada y donde vivió parte de su adolescencia. Se ha dicho, sobre su elección, que se negó a ofrecer a la tierra que lo vio nacer el espectáculo de su agonía. Prefirió, durante sus últimos meses de vida, aplicarse al estudio del árabe. En Ginebra se quedó enterrado por su propia voluntad y algunos vieron ese gesto postrero, definitivo, como una displicencia a la nación, así como la cereza en el pastel de una presunta tendencia extranjerizante que habría mantenido en vida. Pero lo cierto es que -para los argentinos- Borges parece ser el más argentino de los escritores, mientras que para el resto del mundo acaso ha sido y sigue siendo el argentino más universal.
     Creador de piezas fundamentales de la literatura del siglo XX, al leer a Borges nos parece oír la voz de un hombre cuya escritura plantó un pie en el siglo XIX y otro en el siglo XXI. Tal vez sea esa tensión que desafía la temporalidad una de las claves por las que su obra hoy parece no tener fecha de caducidad. Pionero en el arte de mezclar géneros literarios, fue un maestro en el de abolir fronteras entre prosa y poema, entre ficción y pensamiento puro. De un cartesianismo impecable, Borges fue un escritor de su tiempo (como pocos quizás) que miró a las letras del pasado -incluso a las más ancestrales, a los textos llamados "sagrados"- para imaginar (y quizás sin saberlo, sin quererlo, ¿qué sé yo?, inventar) la literatura futura, el pulso de los libros que vendrán.
     Borges -para quien el tiempo era la desdichada sustancia que somos- imaginó el Paraíso como una vasta biblioteca (¿y quién podría jactarse de trabajar a diario en "el Paraíso"?); más aún, concibió el mundo como un libro y el universo como una biblioteca infinita cuyos signos dispersos nos escriben en un alfabeto cuya ley ignoramos, y que -en este punto insistía- nos duplica al desdoblarnos. (Que el lenguaje nos divide, pues, dirían desde otro lado los psicoanalistas.) Visto así, la existencia no consistiría sino en el ejercicio de aprender a leer los trazos del dios desconocido para descifrar el enigma de nuestro destino. (¿Y no sería ése uno de las desafíos que Borges impone a su lector?)
     Hijo de un profesor de psicología que no otorgaba el menor crédito a dicha disciplina, a Borges no le cayó bien el psicoanálisis (cuyas diferencias básicas con la psicología quizás no llegó a discernir, prueba es que se decantara en cierto momento a favor de Jung y en contra de Freud). A lo largo de su larga vida, el autor de El Aleph no escatimó en opiniones negativas, contundentes contra el invento de Freud, a quien consideraba -según declaró sin ambages- "un viejo chismoso". También es fama que definió el aparato psíquico freudiano como "la triste mitología de nuestro tiempo", y que aseguró que el psicoanálisis era "la rama obscena de la ciencia-ficción". En el monumental diario de los encuentros que sostuvo con su gran amigo, Bioy Casares consignó estas palabras de Borges: "Yo creo que el secreto del éxito del psicoanálisis está en la vanidad de la gente; te das cuenta, poder hablar todo lo que uno quiere, de uno mismo, y que lo escuchen con interés y aun poder hablar de la infancia". (1959)
     Nada de eso, sin embargo, impidió a nuestro autor aceptar la invitación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires para brindar tres conferencias entre 1980 y 1982, tres bellas y amenas charlas que tuvieron como tema: "Los sueños y la poesía", "El poeta y la escritura", y el pensamiento de Spinoza. (Un fragmento de la primera se puede leer aquí). Se dice (la tesis era de Proust) que todo gran escritor inventa una nueva lengua. Siendo además de un soñador memorioso un coleccionista de sueños y recuerdos ajenos, es muy probable que sin el idioma de Borges hoy seríamos más mudos y más sordos en la Babel onírica de nuestro espíritu.
     Y más ciegos en nuestro propio laberinto.


     Aquí unos versos que escribió sobre la efigie de Edipo, y la esfinge:

Edipo y el enigma

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
Y con tres pies errando por el vano
Ámbito de la tarde, así veía
La eterna esfinge a su inconstante hermano,
El hombre, y con la tarde un hombre vino
Que descifró aterrado en el espejo
De la monstruosa imagen, el reflejo
De su declinación y su destino.
Somos Edipo y de un eterno modo
La larga y triple bestia somos, todo
Lo que seremos y lo que hemos sido.
Nos aniquilaría ver la ingente
Forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.

Del libro El otro, el mismo (1964)

1 jun. 2011

Julien Green sobre el psicoanálisis


El 18 de marzo de 1948 Julien Green (1900-1998) anotó en su famoso diario:
"Lo que siempre me ha parecido curioso y atrayente en el psicoanálisis, que mal conozco por lo demás, es que ahonda en el misterio del alma sin aclararlo mucho; más avanza, más densa es la oscuridad; cuando resuelve un interrogante, siempre hay detrás de éste un nuevo interrogante, que a su vez esconde otro mayor".
Por más que mal lo conociera, las palabras del escritor son tan ciertas como el hecho de que si la revelación suele abolir el misterio, la esperiencia de un análisis brinda revelaciones que en un alto grado resultan misteriosas.

28 may. 2011

Antonin Artaud: el pensamiento como enfermedad

Un fragmento de mi artículo La escritura de un cuerpo imposible: Antonin Artaud, publicado en el último número de la revista Litoral.
Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926
  
Del pensamiento como enfermedad: el hombre piensa con su cuerpo

El pensamiento consiste en que hay palabras que introducen en el cuerpo ciertas representaciones imbéciles, y ya está, ahí tienen la clave del asunto; aquí tienen lo imaginario.
                                                                                                                                          J. Lacan[1]

 La cuestión del pensamiento tal y como Artaud la plantea muestra una dislocación del cogito cartesiano en la que el sujeto -más que alcanzar por esta vía la garantía de su existencia- es arrojado a una suerte de abismo donde reina la desposesión del yo y la negatividad del ser[2]. Muchos escritos tempranos de Artaud consignan la manera en que la facultad de pensar llegaría a convertirse para él en una suerte de enfermedad. Básicamente, ésta consistía en una perpetua sensación de robo, de pérdida, de extravío de las ideas en su relación con la lengua. Escribe en esos años: “Yo sufro de una espantosa enfermedad de la mente. Mi pensamiento me abandona en todos los peldaños. Desde el hecho simple del pensamiento hasta el hecho exterior de su materialización en palabras.” (I, 30) Ya desde entonces, como antes vimos, Artaud denunciaba la existencia de una entidad de orden exterior, un “algo” que lo arrojaba a una sensación de vértigo e insuficiencia en el momento de pensar, “algo” que usufructuaba sus palabras:

Así pues hay un algo que destruye mi pensamiento, un algo que no me impide ser lo que podría ser, pero que me deja, como quien dice, en suspenso. Un algo furtivo que me despoja de las palabras que he encontrado, que disminuye mi tensión mental, que va destruyendo la masa de mi pensamiento en su sustancia. (I, 36)

El robo implica la sustracción de las palabras y anula la posibilidad de expresión en la misma medida en que el lenguaje ofrece una vestimenta conceptual a las ideas, y para Artaud: “la verdad de la vida está en la impulsividad de la materia, el espíritu del hombre está enfermo en medio de los conceptos”. (I, 357) En los pasajes citados, se observa que Artaud asumía que el pensamiento no se reduce a una actividad inmaterial del espíritu (“la masa de mi pensamiento”), le atribuye cualidades físicas, incluso, en ciertos momentos, llega a describirlo como una secreción corporal, una excrecencia. La materialidad de la idea de la que hablaba Artaud impugna la escisión occidental entre el cuerpo y el espíritu, contradice el dicho de Aristóteles (que a Lacan le gustaba citar) según el cual “el hombre piensa con su alma”. Está claro que, para Artaud, el hombre piensa con su cuerpo.
Así, nos habla de “la apariencia física del sueño” (I, 158), de la caída de “aerolitos mentales” (I, 112), de sufrir de una “cristalización sorda y multiforme del pensamiento” (I, 66) y de la “descorporización de la realidad” (I, 75). De un dolor arraigado “en ese lugar de la sensibilidad en que los dos mundos del cuerpo y del espíritu se encuentran” (I, 136). Se define también como “un alma atacada fisiológicamente” (I, 104), y escribe que su “espíritu se ha abierto por el vientre” (I, 76). Para Artaud, entonces, el espíritu no posee menos materialidad que un cuerpo, y las facultades que le son propias no están desprovistas de cualidades somáticas. En la mecánica espiritual de Artaud se piensa con nervios y tejidos, con huesos y carne, y tal parece que las ideas acaban por convertirse en materia, sustancia, órgano, o incluso un ensamble de objetos que han perdido sus cualidades más esenciales:

He llegado a un punto en que las ideas ya no las siento como ideas, como encuentros de cosas espirituales, que tienen en sí el magnetismo, el prestigio, la iluminación de la absoluta espiritualidad, sino como simples ensambles de objetos .(I, 349)

Frases como éstas, y las citas podrían multiplicarse sin dificultad, no construyen metáforas; en cambio, parecen dar cuenta del funcionamiento metonímico del intelecto, cuya característica sería el deslizamiento continuo en pos de un objeto elidido.
Será su continuidad perpetua (cualidad que en su filosofía Henri Bergson denominó duración[3]), lo que brinda al pensar su carácter álgido: “El verdadero dolor es sentir el pensamiento desplazarse en uno mismo” (I, 117). De esta suerte de “automatismo psíquico”[4] vivido como una enfermedad, Artaud intentará librarse en esos años mediante la escritura. Un testimonio perentorio de esta tentativa fue aportado por la célebre correspondencia que sostuvo entre 1923 y 1924 con Jacques Rivière. En ella, Artaud aseguraba al director de una importante revista[5] que la supuesta “imperfección literaria” que acusaban sus poemas se debía a esa “espantosa enfermedad de la mente” que lo mantenía presa. Dicho padecer, vivido como un auténtico desposeimiento de sí mismo, lo llevará a intentar fijar desesperadamente, en el espacio físico de la escritura, las “formas” que como verdaderas flechas cruzaban su pensamiento.  Escribía Artaud a Rivière: “Así que cuando puedo agarrar una forma, por imperfecta que sea, la fijo, temeroso de perder todo el pensamiento.” (I, 35) En ese momento, pensar y escribir llegan a ser sinónimos: “No se trata para mí más que de saber si tengo derecho o no a seguir pensando, en verso o en prosa.” (I, 35) Pensar lo impensable, expresar lo inexpresable, serán tareas a las que Artaud se aboque durante los próximos años con una determinación sin precedentes. Producto de tales esfuerzos son los textos recogidos en libros como L’ombilic des limbes, Le Pèse-nerfs, L’art et la mort[6]. Sin embargo, la fijación del pensamiento mediante la escritura, la detención de su flujo incesante, terminará por convertir el ejercicio escritural en un juego de paradojas donde el pensamiento no saldrá con vida, en una suerte de sofisma destinado a evidenciar tanto la imposibilidad del pensamiento como la del mismo hecho de escribir. En una carta escrita desde Rodez, en 1946, Artaud evocaba en estos términos la imposibilidad que siempre acompañó su entrada en la escritura:

La mayor parte de mis libros y mis poemas están dedicados a decir que yo no podía decir nada ni escribir nada y a señalar mi repugnancia, yo tenía un sentimiento verdadero que cabía en una frase, quería apoyarla en un poema entero como un verdadero ladrillo en todo un muro y no lo lograba[7].

Para definir su estado, o al menos intentarlo, Artaud inventó el término impouvoir (“impoder”). Una imposibilidad del pensamiento que se volvía inmanente al acto de la escritura; citando al “divino Platón”, Artaud acabará por decir que “el pensamiento se perdió el día en que una palabra fue escrita”; porque “escribir es impedir al espíritu que se agite en medio de las formas como una vasta respiración. Pues la escritura fija al espíritu y lo cristaliza en una forma, y de la forma nace la idolatría”[8]. Así pues, en el momento de su escritura, el pensamiento se ve reducido a la categoría de un objeto inerte, materia muerta y corruptible susceptible de convertirse en un fetiche más de la cultura. Esta condición hacía de la experiencia del pensamiento, en Artaud, “una falta” -escribe Blanchot- “que produce un dolor extremo, una deficiencia que de inmediato irradia a partir de ese centro y, consumiendo la substancia física de lo que está pensando, se divide a todos los niveles en muchas imposibilidades particulares”[9].
Veremos que en esa falta, en ese dolor punzante en el cuerpo, Artaud afianzaría su derecho a la escritura y templaría las bases de su estilo[10].

Cahier nº 253, autorretrato 1947
De: Gabriel Meraz, La escritura de un cuerpo imposible: Antonin Artaud, LITORAL número 43, revista de la école lacanienne de psychanalyse, abril  de 2011.

[1] “La tercera” (1974), en Actas de la Escuela Freudiana de Paris, Petrel, Barcelona, 1980, p. 163.
[2] Acerca de la desposesión de sí mismo de la que ha­­blaba Artaud, comenta Blanchot: “Debe colocarse en primer lugar la desposesión y no ya la totalidad inmediata de la que esta desposesión aparecería primero como la simple carencia. Lo que es primero no es la plenitud del ser, es la grieta y la fisura, la erosión y el desgarramiento, la intermitencia y la corrosiva privación; el ser no es el ser, es esta carencia de ser, carencia viva que hace a la vida desfalleciente, inasible, inexpresable salvo por el grito de una feroz abstinencia”. M. Blanchot, El libro que vendrá, Monte Ávila, Caracas, 1993, pp. 27-28.  El dislocamiento consiste, entonces, en que el punto de partida es la radical negatividad, el kénos, que sostiene al sujeto pensante.
[3] Jacques Derrida llegó a señalar, no sin reservas, la “vena bergsoniana” de Artaud, en “La palabra soplada”, La escritura y la diferencia, op.cit., p.246. Sin que ello signifique la existencia de un mero influjo, en las conferencias que dictó en México puede comprobarse que Artaud conocía la obra del filósofo de L’ Evolution Créatrice.
[4] Y aquí cabe señalar, con todas las reservas que ello implica, una curiosa cercanía con la experiencia que describe el Presidente Schreber, cierta “compulsión a pensar”, definida como “una coacción a pensar incesantemente, mediante la cual el derecho natural del hombre al descanso mental, al reposo transitorio de la actividad de pensar, por vía de no pensar nada, resulta menoscabado, o como reza la expresión del lenguaje primitivo, se perturba el “subsuelo” del hombre”. Memorias de un enfermo nervioso, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1979, p. 177.
[5] La Nouvelle Révue Française (N. R. F.).
[6] Sobre los textos que escribió Artaud en la década de 1920, comenta Susan Sontag: “En toda la historia de la escritura en primera persona no se encuentra un registro tan incansable y detallado de la microestructura del dolor mental.” S. Sontag, “Un enfoque a Artaud”, en Bajo el signo de Saturno, Lasser Press, México, 1981, p. 29.
[7] A. Artaud, Cartas desde Rodez, Fundamentos, Madrid, 1976, p. 224.
[8] A. Artaud, México y Viaje al país de los tarahumaras, F. C. E., México, 1995, p. 129.
[9] M. Blanchot, El libro que vendrá, Monte Avila, Caracas, 1993, p. 27.
[10] En Rodez, escribía Artaud en una carta: “No escribo más que lo que yo he sufrido medida por medida de mi cuerpo y punto por punto de todo mi cuerpo, lo que escribo lo he encontrado siempre a través de las angustias, las angustias de la moral de mi cuerpo.” A. Artaud, Cartas desde Rodez 3, Fundamentos, Madrid, 1979, p, 93.