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6 nov 2009

Sándor Ferenczi. «Discurso de fundación de la IPA»

En una doble maniobra, Freud disolvió la Sociedad Psicológica de los Miércoles para fundar la Sociedad Psicoanalítica de Viena. La primera, como se sabe, era el "grupito" que hacían los primeros partidarios del psicoanálisis. La costumbre de reunirse la noche de los miércoles, en la sala de espera del consultorio de Freud, dio nombre coloquial a una sociedad que, si bien por su proceder no alcanzaba a ser una "institución", constituía el germen, por así decir, de las agrupaciones analíticas. Freud la formó en 1902 por iniciativa de Stekel, un médico que experimentó beneficios al someterse a un análisis con él. Adler fue de los primeros en sumarse y poco después llegaron Federn, Sadger y Graff, entre otros más.

A cinco años de existencia la Sociedad contaba más de veinte miembros, y Freud juzgó propicio refundarla, maniobra que le permitiría a su vez, eso pensaba, solventar los conflictos más o menos incipientes que se venían gestando en su cofradía de media semana (una "fraternidad", según el recuerdo de Graff).

En carta firmada en Roma el 22 de septiembre de 1907, Freud se dirigía a los de su círculo para anunciar la fundación de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Anotaba que, para formar parte de la nueva asociación, sólo era necesario manifestar su deseo de pertenencia con una breve nota dirigida al secretario (Rank). "(...) La disolución de la Sociedad y su posterior reorganización -les decía Freud- tiene el propósito de devolver a cada uno su libertad de separarse de la Sociedad sin perjudicar con ello sus relaciones con las demás personas de la misma". (*)

Con su gesto, Freud dejaba en claro que el lazo entre analistas puede sucumbir, como todo vínculo humano, a la pérdida de interés y el deterioro, pero también que el lazo del psicoanalista con la sociedad que integra en modo alguno es vitalicio; para hacerlo vigente, parecía decirles Freud, era preciso refrendarlo mediante el deseo.

Hacia el final de su carta, Freud sugería que el mismo procedimiento se repitiera a razón de cada tres años. Sin embargo, tal renovación del lazo analítico con la Sociedad y sus miembros nunca se repitió. Tres años después tuvo lugar la fundación de la IPA (por sus siglas en inglés, lengua oficial desde 1936).

En la primavera de 1910, Freud encomendó a Sándor Férenczi (con quien había iniciado amistad dos años antes) la tarea de proponer en el Congreso de Nuremberg la formación de una Asociación Internacional que agrupara en su seno a los sociedades analíticas ya existentes (Viena, Zürich). Según confiesa en su "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico" (1914), Freud temía en la ascendente popularidad del psicoanálisis tergiversaciones y abusos; por ende, veía necesario localizar un centro desde el cual pudiera emitirse una declaración de este tipo: (Freud dixit) "El análisis nada tiene que ver con todo ese disparate, eso no es el psicoanálisis" (o sea, la función de regular y legitimar la doctrina), que dispensara una adecuada formación a los candidatos que desearan convertirse en analistas (o sea, dar garantías a la praxis analítica) y last but not least, que se encargara de crear un clima propicio para el "intercambio amistoso y para un apoyo recíproco" entre los adeptos del psicoanálisis (o sea, el objetivo que nunca cumplió). En el precitado escrito, Freud decía que era esperar más de lo que podía obtenerse.

Fritz Wittels, el primer biógrafo de Freud, aseguraba que lo ocurrido en Nuremberg fue una maniobra política pactada por el maestro con Ferenczi y Jung, en su viaje de vuelta de Estados Unidos (otoño de 1909) luego de haber constatado la distorsión que sufría el psicoanálisis en los países lejanos al epicentro del "movimiento analítico". Si, como se ha repetido tantas veces, creían los viajantes que llevaban la peste, cabe preguntarse si volvían contagiados. (¿De qué? En su exilio neoyorquino, Theodor Reik estaba convencido de que "algo en el aire" de ese país afectaba gravemente al psicoanálisis.)

El Congreso de Nuremberg tuvo lugar el 30 y 31 de marzo de 1910. Ferenczi presentó su discurso el primer día, y causó tal revuelo -en especial en el "grupo vienés"- que la votación se aplazó para el día siguiente. Se sugería a Carl Jung como presidente vitalicio de la Asociación a fundar, cuya investidura, además, en calidad de director editorial, quedaba provista de un poder de censura inédito: cada trabajo tendría que recibir su aprobación antes de ver la imprenta. Franz Riklin, otro psiquiatra suizo pariente suyo, sería el secretario.

Freud quería desplazar el núcleo del "movimiento analítico" de Viena a Zürich, donde un centro universitario acababa de abrir sus puertas al psicoanálisis (eso lo consiguió). Quería dejar de ocupar el primer plano, al considerar que su persona condensaba toda la mezcla de amor y odio que un padre despierta en sus hijos (eso lo consiguió a medias, además erró su elección y le salió muy caro: Wittels cuenta que ya en Nuremberg algunos suizos alborotaban por el supuesto "pansexualismo" del análisis). Y quería despachar con su acción algunas diferencias con el grupo de Viena, señaladamente Adler y Stekel, quienes, como era de esperarse, se opusieron resueltamente a la propuesta de Ferenczi. Veamos cómo lo hizo.

Después de la primera jornada del Congreso, por la tarde, los de Viena decidieron reunirse en una de las salas del Gran Hotel de Nuremberg para discutir la -a sus ojos inaudita- situación. De pronto, sin estar invitado, llegó Freud a la reunión. Según Wittels nunca le habían visto en tal estado de excitación y les dirigió estas palabras: "Son casi todos judíos y, por consecuencia, no aptos para conquistar amigos para la nueva doctrina. Es necesario que los judíos se resignen a ser el estercolero de la civilización. Es necesario que me relacione con la ciencia; estoy viejo, y estoy cansado de ser perseguido. Todos estamos en peligro". Casi arrancándose el abrigo continuó: "No quieren dejarme ni un abrigo para cuidarme las espaldas. El suizo nos salvará, me salvará a mí, y también a todos ustedes". (**)

Los vieneses no quedaron convencidos de las justificaciones de Freud, pero al final recularon y -previo acuerdo de que Jung presidiera solamente dos años- la propuesta de la Asociación fue aprobada. Freud cedió a Adler la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y nombró vicepresidente a Stekel. La "política del psicoanálisis" nacía de manera oficial.

El exordio de Ferenczi llevaba por título: "Informe sobre la necesidad de una unión más estrecha de los adeptos de la teoría freudiana y proposición para la fundación de una organización internacional permanente", pero en su obra editada figura bajo una rotulación algo insulsa: "Sobre la historia del movimiento psicoanalítico".
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Firma de Ferenczi
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Después del Congreso Freud, que conocía previamente el discurso de Ferenczi, dio a este último sus impresiones sobre la revuelta: "Su alegato lleno de temperamento y de vida ha tenido la desgracia de desencadenar tantas contradicciones que se han olvidado de darle las gracias por la importancia de la propuesta. Toda sociedad es ingrata, eso es así. Pero nosotros hemos sido un poco culpables los dos, pues no hemos tenido en cuenta la impresión producida en los vieneses. Habría sido fácil olvidar completamente las alusiones críticas y aceptar la promesa directa de libertad científica (...)" (carta del 3 de abril de 1910).

A vuelta de correo, Ferenczi asumió la responsabilidad de lo ocurrido, y depositó la culpa en su "complejo fraterno": "Me he sentido decepcionado y un poco deprimido al ver que mi proposición tropezaba con la resistencia de los vieneses, por motivos personales. Mi complejo fraterno se puso seguramente en juego (¡por ejemplo, no quería renunciar a los pasajes controvertidos!)" (5 de abril).

Sea como fuere, es de agradecer que Ferenczi se dejara ganar del susodicho "complejo". De suprimir los "pasajes controvertidos" nos habría privado muy seguramente de una verdadera gema para el estudio de las sociedades de psicoanálisis. Entre los más llamativos (las metáforas bélicas, el enlace constante de los ámbitos conocidos como "intensión" y "extensión") destacan por su importancia y consecuencias aquellos donde Freud es situado explícitamente en el lugar de un Pater familias, y en donde se plantea como modus operandi de la Asociación a fundar la estructura familiareructurd una familia. Ni más ni menos. (Y ya se sabe que -fuera de la IPA- el lacanismo no quedó exento de una "transmisión familiar", pero esa es otra historia...)

A decir de Wittels, en el Congreso de Nuremberg Freud adoptó el papel del "padre de la horda primitiva de Darwin".
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La complejidad de la relación Freud-Ferenczi merece un abordaje aparte; aquí únicamente anotamos que Sándor (que en ese tiempo aún no intentaba analizarse con Freud, con los sabidos resultados y efectos en la praxis del húngaro) ya abrigaba el anhelo de ocupar ante su maestro el lugar de un hijo amado. Si bien a Freud le incomodaban sus demandas, prendado del talento del discípulo condescendió en ciertas cartas a saludarlo con un afectuosísimo: "Querido hijo".

En la ya citada del 3 de abril de 1910, le escribía: "Con el Congreso de Nuremberg ha terminado la infancia de nuestro movimiento. Esa es mi impresión".

Han pasado noventa y nueve años y parece que estaba en lo cierto. Quizá a partir de ese momento el "movimiento analítico" conocía su "pubertad", tendría sus "crisis adolescentes". Freud esperaba -eso le decía a Ferenczi en la carta- un "periodo de juventud próspero y bello".

¿Lo vio llegar? Hum, no sé. Empezaba -en especial para el llamado "padre del psicoanálisis"- una etapa difícil...


Para descargar en Word el discurso de Ferenczi haz un click aquí.

(*) E. Jones, FREUD, Salvat, Barcelona, 1985, p. 273.
(**) F. R. Wittels, FREUD, Editorial Paix, Santiago de Chile, 1936, p. 101.

14 oct 2009

La psicología del yo y las psicosis, de Paul Federn


A Pau
l Federn siempre le atormentó la posibilidad de traicionar a Freud. Es que hubo un tiempo en que los analistas, para hacer signo de adhesión al freudismo, rechazaban tratar pacientes “psicóticos”. El mismo Freud (como Bartleby) prefería no hacerlo, y su posición descansaba menos en su célebre animadversión hacia los locos que en objeciones teóricas.

Desde el punto de vista estrictamente freudiano existía en las psicosis una corriente libidinal narcisística que impedía al individuo entablar una relación transferencial con el analista. De acuerdo con este principio, en la medida en que dirigía la totalidad de la libido hacía su propio yo, faltaba en el loco la libido flotante necesaria para el análisis. Dicho de otro modo, para Freud un loco era incapaz de tomar al analista como objeto de amor.

Paul Federn (1872-1950) fue el primer analista en avanzar una concepción de la transferencia psicótica. No fue poco su mérito al hacerlo en un momento en que, más que contraindicarse el análisis para abordar la locura, la locura parecía contraindicar los principios del análisis.

En 1902, Federn fue el quinto miembro en sumarse a la "Sociedad psicológica de los miércoles" que se reunía en casa de Freud. Es sabido que éste apreció especialmente la lealtad que siempre le tuvo Federn. A cambio de ella, ocupó la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena en 1923 y recibió a la clientela de su maestro cuando éste dejó de atender ante el avance de su enfermedad.

Acerca de un supuesto análisis de Federn con Freud hay noticias inciertas y contradictorias. Es más probable que nunca se acostara en su diván.

P. Roazen ha escrito que Federn se lamentó profundamente cuando Freud rechazó recibirlo en análisis, y E. Falzeder no menciona a Federn en su lista de analizantes “didácticos” de Freud. Por otra parte, una carta escrita por Federn a Ernest Jones en 1940, poco después de exiliarse en Nueva York, solicita su intervención en calidad de presidente de la IPA en virtud de que (al igual que Nunberg) tenía problemas para ser reconocido por la asociación neoyorquina como "analista didacta", dado que -como la mayor parte de los analistas de su generación- no se había analizado.

Contradiciendo el punto de vista de la ortodoxia freudiana sobre las psicosis, Federn comprobó que los locos eran capaces de hacer lazos transferenciales incluso más fuertes e intensos que los llamados neuróticos. En su opinión, el dispositivo analítico se tornaba inoperante si se pretendía aplicarlo en las psicosis tal como Freud lo diseñó para tratar las neurosis, y era menester adecuarlo a las características de la transferencia psicótica. (Por ejemplo, la existencia de un exceso de material inconsciente, que hacía necesario para el análisis, decía Federn, operar una "re-represión" antes que un levantamiento de la represión. O bien una "ganancia de realidad" -contraria a la consabida "pérdida de realidad"-, que obedecía a la tendencia psicótica de tomar los pensamientos como si fueran hechos reales.)

Para sostener su práctica con pacientes locos (iniciada en 1906), Federn alteró en aspectos importantes el dispositivo analítico y reformuló en principios básicos la metapsicología freudiana, por ejemplo, las teorías del narcisismo y la libido.

Hizo propia la noción de “sentimiento del yo” (ich-gefühl), que Freud no elaboró del todo, y la convirtió en un concepto medular de su psicología del yo (nada que ver con los postulados de Hartmann, Kriss y Lowenstein, que luego adoptarían el término sin la menor alusión a Federn).

Propuso también nociones nuevas, como “mortido”, para designar la investidura de la pulsión de muerte, o “frontera del yo” (aunque ésta hay quien dice la tomó de Tausk) que, en su elaboración teórica, consistía en una investidura que hacía las veces de órgano sensorial del yo en las funciones de percepción.

En su lectura de Freud, Federn vio en el yo la estructura de una interfase que se desplegaba entre el ello y el mundo objetivo; mientras que existía una frontera real que separaba al yo del mundo exterior, la diferencia entre el yo y ello era meramente cualitativa; las fronteras del yo se extendían para asir libidinalmente la imagen de los objetos (como el animálculo protoplasmático del que hablaba Freud). La pérdida del contacto con la realidad, siempre parcial, sobrevenía a causa del desinvestimiento de una frontera yoica; sin embargo, en la medida en que parte de la actividad libidinal del individuo en posición psicótica se dirigía a los objetos, existía en él la posibilidad de establecer una transferencia. (Que no debía analizarse, ya que Federn insistía en el hecho de que la cura de un paciente psicótico debía desplegarse sobre el eje exclusivo de la "transferencia positiva".)

Freud siempre mostró escepticismo ante la práctica de Federn con la locura, y es llamativo que éste esperara hasta la muerte de su maestro para sacar a la luz sus escritos fundamentales.

El estilo de Federn fue calificado con frecuencia de complejo, incluso de oscuro. A decir de algunos comentaristas, se debía a que intentaba hacer coincidir -a veces forzadamente- sus desarrollos teóricos con la obra freudiana. En opinión de uno de ellos, el psicoanalista triestino Edoardo Weiss, solamente después de la muerte de Freud pudo Federn expresar sus ideas con libertad.

¿Habría sido distinto de haber podido Federn a analizar su transferencia con Freud?

Días antes de que, gravemente enfermo, decidiera acabar con sus días de propia mano, escribió en una carta a Weiss: “No se apene cuando me haya ido, ya he puesto por escrito todo cuanto debía decir en el campo de la psicología del yo”.

Este libro (póstumo, compilado por Weiss) reúne artículos que Federn escribió entre 1926 y 1950, y constituye la muestra más sustancial de los textos que el autor dedicó a sus tentativas con la locura y la elaboración de su psicología del yo.

Del prólogo de Didier Anzieu tomo estas palabras: “Federn se familiarizó con la parte psicótica de su propia persona, presintió de qué modo puede devenir psicótico un ser humano si esa parte cobra predominio en su funcionamiento psíquico; y de qué modo también, puede volver a la normalidad si se restablece y consolida la parte no psicótica de su persona”.

Y es que, para estudiar la locura, Federn comenzó por estudiarla a fondo en sí mismo: exploró su parte psicótica en experiencias del todo comunes; el sueño, por ejemplo, donde se presenta un “extrañamiento del mundo exterior" y un consecuente retorno ibidinal al estado narcisista (con todo y alucinaciones incluidas). Este punto de vista, que emparentaba a la locura con la vida onírica, lo compartía Freud, pero fue su discípulo quien obtuvo consecuencias más vastas.

Paul Federn posibilitó, en los planos terapéutico y doctrinario, un encuentro entre la locura y el psicoanálisis y amplió con ello los límites del método psicoanalítico.

La estatura teórica y los alcances clínicos de su trabajo -es la ocasión de decirlo- no han sido suficientemente valorados hasta el día de hoy.



Paul Federn, La psicología del yo y las psicosis, Amorrortu, Buenos Aires, 1984, 394 pp.
Imagen: (entre figura rabínica y mago en la estela de Alexis Cardec) Paul Federn