11 dic. 2009

Contribuciones a una crítica del lenguaje, de Fritz Mauthner


Hoy casi nadie recuerda a Fritz Mauthner y presumo que, en buena medida, tuvo la culpa de su olvido Ludwig Wittgenstein, quien hizo el flaco favor a nuestro autor de distinguirlo en su célebre Tractatus con una cita que iba en estos términos: "Toda filosofía es 'crítica del lenguaje'. Eso sí, no en el sentido de Mauthner". Wittgenstein, como se sabe, publicó este libro (escrito en las trincheras, en plena Primera Guerra Mundial) en 1918 y quería dar solución en él a los problemas fundamentales de la filosofía. Ya no hay nada que pensar, dijo, y mandó a los filósofos a freír espárragos a la cocina.

Pero sabemos que el autor del Tractatus no prosperó en su  tentativa de asesinar la filosofía (Deleuze fue uno de los más persuadidos de sus criminales tentativas) o, más bien, de abolir la actividad filosófica (si estas dos palabras podían ir juntas en el siglo XX, cosa que Wittgenstein echó en falta más que ningún otro filósofo). Sabemos que no consumó su intento de acabar con la filosofía porque su libro hizo de escalera al ascenso del Círculo de Viena y la filosofía analítica. Era el tiempo en que los filósofos hacían agujeros al lenguaje -visto como una forma lógica- para mirar sus adentros y constatar si algo por ahí les develaba el misterio del conocimiento humano, una vez expurgada su inextricable (aunque inexpugnable, a fin de cuentas, ¡con qué tristeza lo comprobaron!) metafísica. Dicho de otro modo, tales filósofos tocaron con la punta de la lengua la cáscara del queso que Nietzsche había roído con furor.

Y a fin de cuentas Wittgenstein no acabó la filosofía porque él mismo abandonó las montañas para volver a la palestra de los pensadores a decir que no, que no había mostrado (porque una cosa es decir y mostrar muy otra) con tanta exactitud como llegó a pensar y a decir los límites de lo pensable y lo decible. Reconsideró el autor del Tractatus que los límites de su lenguaje no eran los límites del mundo y que no estaba tan mal quizás hablar de lo que no se puede hablar, si al final lo importante era el uso del lenguaje (que era el significado), visto como un juego que tiene reglas. Lo más raro es que -antes que Wittgenstein- Fritz Mauthner hablaba del lenguaje como un juego en sus Contribuciones a una crítica del lenguaje. Y es que si "el primero” las denostó, "el segundo Wittgenstein" debía bastante a la elucubración mauthneriana sobre el lenguaje, si bien hasta donde pude indagar nunca volvió a mencionar su nombre más allá del precitado aforismo 4.0031 del Tractatus Logico-philosophicus. De hecho, si hoy ya casi nadie recuerda a Fritz Mauthner hay quien parece recordarlo sólo por aparecer mentado allí (véase, como ejemplo, esta página donde pueden descargarse algunos de sus textos en lengua original). Nada más injusto para el destino de su obra.
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Hijo de un fabricante de telas judío, Fritz Mauthner (1849-1923) fue una de las personalidades más polifacéticas y controvertidas de una ciudad (Viena) y una época (albores del siglo XX) en la que no escasearon los personajes controvertidos y polifacéticos. Periodista de profesión, abandonó en 1874 estudios de derecho para dedicarse de lleno a su pasión por la filosofía y la literatura. Publicó novelas (una policial), relatos, ensayos, obras de teatro, artículos y un monumental diccionario, pero consagró su más grande esfuerzo a un proyecto principal: la "crítica del lenguaje" (sprachkritik). La primera versión de esta obra (hoy desaparecida) fue escrita en 1874, y se sabe que ese año Mauthner redactó otra (también desconocida) en el mismo tenor: Der Spraschschreck (El espanto de la lengua). Uno de sus últimos trabajos, Tres imágenes del mundo, se abocaba también a la "crítica del lenguaje".

Influida por el nihilismo de Nietzsche y el nominalismo de Ernst Mach, la crítica de Mauthner no se reducía a un análisis lingüístico, no era tanto un conocimiento del lenguaje como un escepticismo radical sobre su valía como instrumento de conocimiento. En la línea del Nietzsche de Sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral, Mauthner consideró que la naturaleza metafórica del lenguaje no podía más que falsear la “realidad”; por ello el hombre, animal dotado de palabra, debía satisfacer su pulsión de saber con las pálidas imágenes que el verbo le ofrecía en la forma de unos conceptos cada vez más gastados y alejados de las sensaciones, de la experiencia real. A diferencia de Kant, que confiaba en que las formas lingüísticas y lógicas del juicio eran también las formas de toda "experiencia genuina", Mauthner sostuvo que el lenguaje hacía tropezar el pensamiento y era especialmente impropio para construir una imagen del mundo verdadera, un reflejo de la realidad. Al leer un fragmento de su Diccionario de Filosofía, no es difícil saber por qué el autor de las Contribuciones desagradó tanto al Wittgenstein del Tractatus; escribe Mauthner: "La filosofía es teoría del conocimiento, la teoría del conocimiento es crítica del lenguaje, y la crítica del lenguaje es trabajar con la idea liberadora de que los hombres nunca llegarán a ir más allá de una descripción metafórica (bildliche darstellung) del mundo”. Como recordarán quienes hayan trepado por los peldaños del Tractatus (para arrojarse al vacío del logicismo más místico -y tanto más místico cuanto más lógico- que pudo haber en la historia del pensamiento), Wittgenstein hacía reposar su sistema filosófico en una concepción de la representabilidad de los hechos del mundo como bildliche darstellung.

Mauthner quiso abolir la "superstición" -un auténtico fetichismo de la cultura, decía- consistente en suponer que el lenguaje ofrece una imagen fidedigna de las cosas y los hechos del mundo, que además fomenta la mutua comprensión entre los individuos. Siendo tan inadecuada como era, en su opinión, para la ciencia, reducía la función de la palabra al silencio o a la poesía. No escapaba al autor, sin embargo, la paradoja esencial que envolvía a su proyecto: la "crítica del lenguaje" sólo podía ejercerse en y desde el lenguaje.

La redacción inicial de las Contribuciones data de 1892, los dos primeros vólumenes se publicaron en 1901, y el tercero y último en 1902. Por las mismas fechas H. Von Hoffmanstal publicó en Viena su Carta de Lord Chandos, otra demoledora crítica al lenguaje y sus posiblidades de expresión.

A pesar de que hoy casi nadie recuerda a Fritz Mauthner, como autor conoció celebridad en su tiempo, si bien mantuvo su pensamiento al margen de los círculos académicos. Escritores como Jorge Luis Borges (quien citaba el Diccionario de Filosofía de Mauthner como una de las obras más leídas, releídas, y “abrumada de notas” de su biblioteca), Samuel Beckett y James Joyce (se sabe que éste le pedía al primero leer en voz alta fragmentos de las Contribuciones mientras escribía el Finnegans Wake) trasladaron a la literatura elementos de la crítica mauthneriana al lenguaje. Sigmund Freud no lo menciona -que yo sepa- ni una sola vez en su obra, pero es impensable que ignorase la existencia de este protagonista clave de la vida cultural vienesa. La verdad es que no sé por qué hoy ya casi nadie recuerda a Fritz Mauthner, si dice cosas tan interesantes sobre el lenguaje. Juzguen si no:
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Mitología en el lenguaje. En las ciencias del espíritu, especialmente en las intuiciones del lenguaje humano, existe todavía sin debilitación esta necesidad mitológica. Aquello que sostienen no solamente el cura y el pueblo acerca del lenguaje, sino también casi todos los lingüístas, uno tras otro, esto es, que el idioma sea un instrumento de nuestro pensamiento (un admirable, instrumento, además) me parece una mitología. Según esta representación, aun hoy comúnmente aceptada, está sentada en un lugar cualquiera del cauce del lenguaje una divinidad, figura de hombre o de mujer, el llamado pensar, y bajo las inspiraciones de una divinidad análoga, la lógica, domina el lenguaje humano con la ayuda de una tercera divinidad sirviente, la gramática. Yo lo tendría como el más orgulloso resultado de mi investigación si pudiera convencer a la humanidad de lo falso e inútil de estas tres divinidades, pues el servicio de los dioses falsos exige siempre sacrificios y, por consiguiente, es nocivo.

Amor. En parte alguna se ve más claro que en el diálogo de dos enamorados, cómo el lenguaje es un medio, algo entre los hombres. Pero, dejando toda poesía a un lado, aquí llega a ser realmente una regla de juego. Para la cópula de dos espíritus no es, pues, el mejor medio el idioma, porque o es muy tímido o muy burdo para los íntimos abrazos. Únicamente el pueblo africano efectúa esto abiertamente a la luz del sol y del lenguaje.

Poder de la palabra. Por ser el lenguaje una fuerza social entre los hombres, ejerce también una fuerza sobre el pensamiento del individuo. Lo que en nosotros piensa es el lenguaje, lo que en nosotros versifica es el lenguaje. La sensación tantas veces traída en palabras de “yo no pienso: algo piensa en mí” –esta sensación de coacción, de fuerza, es completamente justa.

Hipnosis. Hay grupos de dementes que hacen lo mismo sin la influencia exterior de la palabra. Pero todas las personas están en una relación mutua de hipnotizador e hipnotizado; toda persona se deja recíprocamente sugerir forzadas representaciones por medio de la palabra, y no es para mí una duda que ello sólo sea en momento de arrebato popular como en las guerras y persecuciones de hechicería, en los que la hipnosis logra enajenar artificialmente toda una masa de hombres, sino que todo el comercio espiritual de los hombres no es más que una no interrumpida y complicadísima red de intentos y logradas hipnosis, que hacen uso de la heredada propiedad evasiva de las asociaciones, y en los que le toca al lenguaje el triste papel de ser agitador y único medio de esta locura artificial. (…) Pudiéramos llamar a esta enfermedad logismo, y el que la palabra significa ya tanto como razón no es motivo para buscar otra. También pudiera llamársele silogismo o simplemente lógica.

Lenguaje de los niños (…) El niño aprende su lenguaje, ya imitando mecánicamente primero la forma y la materia del lenguaje y llenándolas después, o aprendiendo a conocer un objeto nuevo con su nombre. En el último caso, estriba el aumento de conocimiento en el objeto nuevo; el nombre es importante sólo para retenerle en la memoria y para hablar de él si el objeto está ausente. En el primer caso no puede hablarse de aumento de conocimiento hasta que la materia y la forma están infladas de contendido real. Este hecho es claro respecto a la materia lingüística. Independientemente de todo aprendizaje mecánico, nunca penetrará en la memoria del niño nada que no haya penetrado antes por la puerta de sus sentidos. Si no hubiéramos perdido el recuerdo de nuestros años infantiles, sabríamos cuán irrepresentables nos eran la mayoría de las palabras aprendidas.


El silencio. Del temple momentáneo o del temple general del hombre, esto es, de su carácter, dependerá que prefiera hablar o prefiera callar. Dos clases de bestias son las más idiotas. Las que no pueden hablar nada, como, por ejemplo, puede suponerse de las ostras, y las que no pueden callar en absoluto. A ambas les está negado comunicarse. Las unas son mudas y las otras sólo hacen ruido. De aquí que parezca en sociedad, de cuando en cuando, que hablan muchos a la vez indefinidamente. No tienen nada que decirse unos a otros y no tiene importancia que el ruido se produzca con sonidos articulados.


Placer de la charla. Este placer no es más que un juego con el lenguaje, uno de los juegos que por sus pobrezas espirituales se recomiendan a los enfermos y a los ancianos. Este enorme uso del lenguaje como placer de charla me parece que tiene (ya verbalmente o en la lectura) una gran semejanza con el juego del dominó en el cual todo el trabajo espiritual consiste también en añadir, en tanto que se pueda, a la ficha del contrario una que lleve el mismo número. Igual que en una de las tales conversaciones.


Las palabras un poder. Resumamos brevemente: no hay “el” lenguaje, el lenguaje individual no es nada real tampoco; las palabras no engendran nunca conocimiento, no son más que un instrumento de la poesía; no dan intuición alguna real y ellas mismas no lo son. Y, no obstante, pueden ser un poder. Destructor como viento de huracán, que es aire como la palabra. Con facilidad la palabra puede ser más fuerte que la acción, pero la palabra no promueve la vida.


Virtuosos. Un defensor del lenguaje podría afirmar que su poder estimula también a la bondad. Cura, como la hipnosis, la enfermedad imaginativa, esto es, remedia, no la enfermedad, sino la imaginación. Así puede contrarrestar la palabra por medio de su fuerza social a la inclinación melancólica hacia la maldad.


En parte ninguna lengua materna. No hay dos hombres que hablen el mismo lenguaje. En un momento de hondo mal humor, cualquiera habrá pensado que ningún otro puede comprender precisamente su lenguaje particular. En imagen cualquiera comprende esta frase. Pero no se concede tan fácilmente que ella encierre una sobria verdad científica Una verdad que también dejaría definirse así: cada cual “domina” una parte diferente de la común lengua madre (…) En esta reflexión descansa a fondo el concepto de un lenguaje común a un pueblo, la lengua materna. ¿Dónde está la realidad de ese lenguaje? ¿Dónde en todo el mundo? No en uno. Pues no comprende más que una parte del tesoro de formas y palabras; no emplea más que una porción de aquello que comprende. No en los libros. En ese caso, antes del descubrimiento de la escritura no hubiera habido lenguaje. En los libros mismos no hay más que una colección de palabras y reglas a lo sumo, así como literaturas surgidas accidentalmente; pero en ninguna parte ni la probabilidad de un lenguaje reunido. ¿Dónde está pues, la realidad del abstracto “lenguaje”? En el aire, entre los hombres, en el pueblo. Así es que nadie puede alardear de conocer su lengua materna.

Pensar y hablar.
Los señores que no ven en el lenguaje más que una vestidura del pensamiento, y, por cierto, una vestidura fea y no adecuada (mientras Max Müller ve en el lenguaje una vestidura que sienta admirablemente al pensamiento, como un guante a la mano, comme un gant) alegan que es imposible una completa inteligencia entre dos hombres, una comunicación de pensamiento sin resto. Esta verdad nos será cada vez más familiar. No hay más que lenguajes individuales, y no sólo hay diferencias en los lenguajes de dos hijos de una misma lengua, sino en los mellizos de una misma madre, lo que lleva a pequeñas incompresiones de lenguaje (…) El lenguaje de un individuo no es una imagen falsa de su pensamiento, sino una imagen falsa de su mundo exterior; expresa lo que piensa individualmente; pero su pensamiento sobre el mundo de la realidad es individual y, por lo tanto, falso. Su pensar es el tesoro de experiencias adquiridas o heredadas; la razón por la que ningún hombre comprende a los demás es que cada individuo entiende tan individualmente como sus propias experiencias las experiencias acumuladas de un modo uniforme, al parecer, en la lengua materna. La culpa no está en el lenguaje sino en el pensar. El pensar es lo que, como una defectuosa vestidura, sienta mal al mundo de la realidad. El lenguaje se diferencia tan poco del pensar, como la tela del vestido. Si un traje me va mal, la culpa no será del paño.

(De: CONTRIBUCIONES A UNA CRÍTICA DEL LENGUAJE, Herder, 2001)

La edición publicada por Herder recupera la selección, el prólogo y la traducción que realizara el poeta José Moreno Villa en 1911.