12 oct. 2012

Entre cuerpo y lenguaje: el niño



Entre los saberes que desde épocas remotas se han configurado en torno a la infancia corresponde al psicoanálisis el mérito de no haber convertido al niño en objeto de un saber. Desde el momento en que el niño fue reconocido –por la vía de la angustia- como un sujeto deseante fue posible la práctica de una clínica psicoanalítica infantil. Los analistas han insistido en el hecho de que, en su esencia, el trabajo con niños no difiere del trabajo con adultos, en la misma medida en que mantiene como eje de su operación la transferencia (el acto) y la circulación de la palabra (incluso cuando ella, como en el llamado autismo, en apariencia falta). A diferencia del pediatra, que estudia al niño como un “objeto real”, corresponde al analista ubicar el lugar donde el niño aparece situado en el discurso parental. De este modo, “la infancia surge dentro del mundo del fantasma” (Maud Mannoni). Si bien no existe un sujeto-niño, es por esta vía que podrá advenir un niño-sujeto.

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En ciertas zonas lacustres de México habita un curioso anfibio que a lo largo de los siglos ha sido estudiado por zoólogos y especialistas de la evolución. Su nombre castellanizado es ajolote (del náhuatl, axolotl). De este animal neoténico impresiona de entrada su aspecto infantil, empecinadamente larvario, casi fetal. La peculiaridad de la especie consiste en que durante su existencia conserva una característica que en los anfibios es propia de las larvas: respiración branquial en un hábitat acuático. Sin embargo, y pese a su apariencia larvaria, el axolotl (ambystoma mexicanum) en su estado natural es capaz de reproducirse. Los investigadores encontraron que, tras el suministro de una hormona tiroidea, el axolotl experimenta la metamorfosis normal de los anfibios: desaparecen las branquias, desarrolla fosas nasales y respiración pulmonar, abandona la vida acuática y se convierte en salamandra terrestre; dotada de párpados y un cuerpo cartilaginoso, deviene un espécimen adulto de la salamandra moteada (ambystoma tigrinum). Muda de especie. Mientras que algunos antropólogos y sociólogos han visto en el axolotl una metáfora para ilustrar el estado perennemente inmaduro de las sociedades arcaicas, algunos escritores han encontrado en él una suerte de tótem que encarna un conjunto de ideas inquietantes. De esta suerte, las carencias metamórficas del animal se han visto recompensadas con una gran dosis de fuerza metafórica. 



En sus estudios sobre el pensamiento salvaje (1962), Claude Lévi-Strauss comentaba que las especies elegidas como animales totémicos no lo eran tanto por ser “buenas para comer”, como “buenas para pensar”. El axolotl, ha escrito Roger Bartra, “es un animal bueno para pensar críticamente, pues (…) pone en duda las verdades establecidas. Hay que jugar con él para que nos abra las puertas de la verdad y de la ironía”. En la figura y, sobre todo, la condición neoténica de este anfibio el filósofo italiano Giorgio Agamben encontró una poderosa metáfora del infans. En su ensayo Para una filosofía de la infancia  sugiere que la metáfora que brinda esta especie permite formular una hipótesis “que explique de una nueva manera el lenguaje y toda la tradición exosomática (cultura) que, más que cualquier impronta genética, caracterizan al Homo sapiens”. Agamben propone imaginar a un niño que se asienta en su entorno larvario y queda fijado en su plena sensación de omnipotencia y falta de especialización, un niño que, rechazando todo entorno específico, sigue el camino de su propia indeterminación e inmadurez. Escribe Agamben: “En tanto que otros animales (¡los maduros!) meramente obedecen a las instrucciones genéticas escritas en su código genético, el infante neoténico se halla en situación de poder prestar atención a lo que no está escrito, de prestar atención a posibilidades somáticas arbitrarias y no codificadas”. Libre de directivas genéticas, dice el filósofo, el niño podría “nombrar las cosas en su idioma y de esta manera abrir ante sí una infinidad de mundos posibles”. Agamben distingue en la infancia el lugar preeminente de lo posible y lo potencial, otorga al niño la característica de vivir en su propia y pura potencia, su propia y pura posibilidad; pues en la infancia, añade, no se distingue lo posible de lo real, en cambio, lo posible se vuelve la vida misma. 


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En el ensayo Para una filosofía de la infancia, Giorgio Agamben recuerda que los adultos han intentado desde siempre acotar la coincidencia inmediata que -en el niño- mantienen la vida y la posibilidad; intentan, por ejemplo, restringir las manifestaciones espontáneas del niño a tiempos y lugares específicos: una habitación de juegos, un tiempo para jugar, la instauración de juegos con leyes y códigos precisos. Pero el filósofo añade que -en el juego- “el niño arriesga su vida entera, jugando con ella literalmente a cada instante”. A esta relación de inmediatez que el niño establece entre el juego y la vida abierta a toda potencia Agamben la denomina experimentum potentiae; pero aclara que de tal experimento no se ausentan las funciones fisiológicas del cuerpo infantil, muy al contrario: “el niño juega con su función fisiológica, o mejor dicho, la juega, y de este modo deriva de ello un placer”.

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En otro ensayo, Infancia e Historia, Agamben afirma que “la infancia encuentra su lugar lógico en una exposición de la relación entre experiencia y lenguaje”. A su modo de ver, la experiencia que el niño tiene del lenguaje estaría cifrada en la separación que existe entre lengua y habla. Así, habría una discordancia fundamental -de la semiótica a la semántica- entre la entrada del niño en la estructura del lenguaje y su entrada al ámbito del discurso. Escribe Agamben: “En tanto que tiene una infancia, en tanto que no habla desde siempre, el hombre no puede entrar en la lengua como sistema de signos sin transformarla radicalmente, sin constituirla en discurso”. Una vez  cautivo en el lenguaje convencional el niño no puede  -so pena de “patología”- volver al mundo de los puros signos. “La red de los signos puede ser convertida en lengua y la recíproca no es posible” (Pascal Quignard). La entrada en la lengua, entonces, implica para el niño la pérdida de la condición infans. Así la infancia se presenta como una enfermedad cuya única cura es el lenguaje. 

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Como el adulto, el niño teje una verdad con los hilos del deseo.
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Fragmentos de mi artículo "Entre cuerpo y lenguaje, entre escucha y mirada: el niño", recientemente aparecido en el número 6 de Cadernos, publicación de Aleph escola de psicanálise de Belo Horizonte, Brasil. Desde aquí agradezco al comité de redacción de la revista y a la traductora por el cuidado puesto en la publicación de este trabajo. GMA. 

11 oct. 2012

Cosas de lalengua

Luisa Valenzuela
Escribir

Escribir escribir y escribir sin ton ni son es ejercicio de ablande. En cambio el psicoanálisis no, el psicoanálisis es ejercicio de hablande.

De: Libro que no muerde, 1980

3 oct. 2012

Alberto Savinio acerca de los sueños


De la pluma de Alberto Savinio (1871-1952) salió una frase que no olvido: "No hay espacio para dos almas en el amor". Desde que dí con ella (hace años, no recuerdo ya en qué libro), sin comprenderla del todo y sin saber bien a bien cómo leerla, no olvido esta frase por su gravedad sentenciosa, verdaderamente escanda-losa. Se me ocurre leerla de dos modos: el amor es un corredor tan estrecho que si dos almas buscan ocuparlo han de: 1.- fusionarse (ilusión romántica cuya futilidad denunció Baudelaire como un sueño soñado por todos y realizado por nadie), o bien 2.- sustituirse (alternarse ocupando en recíproca intermitencia la posición de amante y amado, como en el juego de la metáfora amorosa descrita por Lacan). Otra sería olvidarse de plano del andrógino aristofánico, suprimir la nostalgia que ha infundido ese mito a la humanidad y pensar que en el amor apenas hay espacio para dos cuerpos, que el uso de la palabra alma debiera estar reservado a los sacerdotes y, si acaso, a los poetas místicos.
Como quiera que sea, la frase de Savinio es terrible porque suena a verdad, y porque nos dice que aun en la experiencia del amor el ser humano está condenado a una indecible soledad.
¿Será que para amar es preciso haber desarrollado esa "capacidad de estar solo" de la que hablaba Winnicott? Puede ser; pero la entrada va sobre Savinio y no sobre Winnicott, sobre el sueño y no sobre el amor. Es que cuando pienso en Savinio de inmediato acude a mi mente su terrible frase sobre el espacio del amor.
Vayamos al punto. Escritor y pintor (o viceversa), hermano menor del pintor Giorgio de Chirico (que también escribía), Alberto Savinio estaba tan inconforme con las enciclopedias de su época que escribió una para su uso y gusto personal. De la entrada relativa al sueño copio un párrafo dedicado a la inteligencia del fenómeno onírico.

Alberto Savinio, La anunciación (1932)

Para interpretar el lenguaje, todavía oscuro, de los etruscos, es preciso "hacerse etrusco". ¿Y cómo es que no se ha pensado que si, para el hombre despierto, el sueño "es un problema", para el que sueña el sueño no es un problema? Para comprender el sueño es preciso hacerse hombre que está soñando.
Para comprender los sueños hay que acostumbrarse a pensar que no siempre los valores y los significados de la vida en vela persisten en el sueño con el mismo valor y el mismo significado, pero que, en el sueño, tienen con mucha frecuencia un valor diverso y un significado distinto. Para comprender los sueños hay que pensar que, en el sueño, A puede muy bien no ser la primera letra del alfabeto, y 24 podría también no ser la suma de 20 más 4. Para comprender los sueños es preciso renunciar a colonizar los sueños con la verdad de la vida despierta. Para comprender los sueños es preciso respetar la autonomía del sueño. Para comprender los sueños es preciso aprender a leer la escritura particular de los sueños, de la misma manera que para leer griego no queda otro remedio que aprender las letras griegas. Para comprender los sueños tenemos que aprender a tener confianza en los valores propios del sueño y en sus significados propios. Para comprender los sueños hay que respetar la independencia de los sueños. Para comprender los sueños no tenemos que llevar al sueño nuestra inteligencia, sino dejar que el sueño nos traiga su inteligencia a nosotros. Para comprender los sueños no debemos llevar al sueño nuestra sabiduría, sino, por el contrario, dejar que el sueño nos traiga a nosotros su sabiduría. Para comprender los sueños tenemos que limpiarlos de todo cuanto no participe de su sabiduría propia, sino que es residuo de nuestra sabiduría de hombres despiertos, pasada por error al sueño. Para comprender los sueños hay que renunciar a comprender los sueños.

Alberto Savinio, Objets dans la forêt (1928)

De: Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, Acantilado, Barcelona, 2010.