22 sept. 2011

"Vida de Lacan", de Jacques-Alain Miller

Las anécdotas lacanianas son todas verdaderas, incluso las que son falsas, ya que, en buena doctrina, la verdad se distingue de la exactitud y tiene estructura de ficción.
J. A. Miller

Un instante más y la bomba estallaba.
La frase de Guillaume, lingüísta, que a Lacan le gustaba citar.


Hay que leer la Vida de Lacan que ha escrito Jacques-Alain Miller. Publicada en Paris hace un par de semanas (más de 11 mil ejemplares vendidos) y hace unos días en Argentina, hay que leerla para saber de qué va la cosa con la Orientación lacaniana... (así con mayúscula). No la lea quien busque la contemplación largamente esperada del retrato íntimo, familiar, de la persona de Jacques Lacan (si bien no faltan pinceladas de esta tonalidad: "Lacan tampoco se drogó nunca, ni para probar -se lo pregunté". [p. 34]) Tampoco el que espere encontrar una suerte de antífona a las elaboraciones del Lacan biografiado por Roudinesco. Nada de eso, o muy poco, se hallará en este librito. Y aún menos, importa que advierta yo estas cosas, si en las primeras 30 páginas del libro Miller se aboca a decirnos, sobre todo, lo que no ha escrito en su Vida de Lacan. Siendo un opus que apenas rebasa los 43 folios, algunos creerán el rodeo excesivo. Pero no es mera digresión. Como es sabido, al genio de la lengua no le faltan tropos para presentar el ser bajo el modo de no serlo. Luego de evocar la Life de Boswell sobre el Dr. Johnson, así como la tradición escritural (o escribana) floreciente en las "Vidas" de la Antigüedad y el Renacimiento, Miller procede -así leo el último tercio del libro- a ofrecernos no sólo un retrato inédito, sino acaso una inédita forma del retrato: la efigie analítica. Es que si no es una "Vida" en el sentido antedicho, tampoco se trata, claro está, de mera chismografía, ni de una psicobiografía (aunque no falte el escarceo con esta narrativa: "[Lacan] era del signo de Aries, y la descripción de los que han nacido bajo ese signo, tal como aparece en obras de astrología, le va como un guante" [p. 33]. Acaso con su Vida de Lacan Miller ha inventado -y en pocas páginas, eso no es poco- un género que excede las lindes de "lo biográfico" para aproximarse -así me atreveré a llamarlo- a una biosignansgrafía, donde el personaje (léase sujeto representado por un significante (S1) para otro (S2)) biografiado no puede sino aparecer en fading, operación de escritura cuya elisión barroca descubre un fresco brillante, luminoso, que envuelve al sujeto en su opacidad y nos ofrece en relieve la figura del "hombre de deseo, de pulsión incluso, que [Lacan] era" [p. 39]. Ahí se nos revelan -entre otros rasgos- el Lacan de una rispidez tal en su lazo con la Ley que bajaba del auto y se echaba a andar antes que esperar el cambio de un semáforo en rojo; que miraba en tal forma a un camarero desatento o distraído para inscribir -en la sustitución significante puesta en juego por la pulsión escópica y el aullido (casi a lo Artaud: "¡OOOOhhhh!" [p. 35])- la existencia inefable y estúpida (la del camarero, por supuesto) en un vector de mutuo reconocimiento hegeliano; el que se sentía incómodo dentro de "los límites prescritos a los humanos por la estética trascendental" [p. 39]; un Lacan que "tenía gusto por lo real" (sic) [p. 27] y que era, en suma, rebelde e insurrecto hasta en sus gestos más cotidianos. Ansina pues, la foto no podía resultar más lacaniana, ni estar ausente el punctum donde el a minúscula haría refulgir su destello ciego y enceguecedor. Todo lo cual, huelga decirlo, sí que hace lazo y seduce. Si hace 80 años Ortega y Gasset situaba "La rebelión de las masas", Jacques-Alain Miller dirige hoy sus esfuerzos -así lo dejó en claro al fundar la U. P. J. L. - a la educación de las masas. Un proyecto que, bien visto, estaba inscrito y anunciado hace 30 años en el slogan del primer boletín de la Cause Freudienne: "Here comes everybody". Si alguien me preguntara cómo ha de leerse esta Vida de Lacan, escrita para la opinión ilustrada (según reza el subtítulo, yo le llamaría: o el arte de sepultar un nombre sin caerse en la tumba), diría que el propio Miller nos brinda la clave en los últimos párrafos, cuando cita a Leo Strauss (¿cómo lo leo, Leo?) y su célebre ensayo: La persecución y el arte de escribir. Es decir que estamos ante un opúsculo que es preciso leer entre líneas: "de modo que solo sea oído por aquellos que deben oír." [p. 43] (¡Oh analistas del mundo, venid, creced y multiplicaos!). Y sin embargo, Miller escribe: "no puedo dejar de pensar a propósito de él [Lacan] en la Carta a los Corintios -«Me he hecho todo para todos, para salvarlos a todos»". Cito el inicio de la coda final:
"...él [Lacan] era tú. Venía a buscarte allí donde estabas, tú, con tu propio cortejo, séquito, tu equipaje de prejuicios, y tus maletas de ignorancias, y tus pocos residuos de nociones vagamente adquiridas en los bancos de la escuela. Él no veía en su auditorio un Otro ideal, se dirigía a los que estaban ahí, a fin de llevar a ese pequeño pueblo a comprender lo que él había comprendido, ya que esta transmisión formaba parte de su felicidad..." [p. 43]
Después de leer palabras semejantes y en tal tono (digno de una Pastoral), ¿quién podría declinar la invitación a Formar-se o a Formar-Un-Cartel la próxima vez que -en un quartier parisino, una favela brasileira, un barrio marginal cualquiera o un e-mail de cualquier rincón del mundo- se aparezca un representante de la Orientación lacaniana, con frecuencia enfundado en su traje de plus-un? Sospecho que no-todo(s), pero quizás al-menos-uno. No puedo más que invitar entonces a la lectura de esta Vida de Lacan. Léanla (no sin su Strauss bajo el brazo), se hace de un tirón y (en la edición porteña) son 44 páginas. Verán que, en su naturaleza capicúa, de serpiente engullendo su cola, algo revela esta cifra de lo que viene tramado en el vínculo Miller-Lacan, así como de aquello que -en la enseñanza de cada uno- venía entramado desde antes.
Harpócrates


J. A. Miller, Vida de Lacan, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2011. Trad. Miquel Bassols y Silvia Tendlarz

18 sept. 2011

Lacan lector de Schreber, sus "misreadings"

Releyendo este domingo unos capítulos de El escritorio de Lacan, de Jorge Baños Orellana, llamó mi atención la referencia a un artículo de Carlos Faig que puntualiza unos curiosos olvidos y misreadings en los que Lacan incurrió al leer las memorias del presidente Schreber. Felizmente lo he encontrado en la red; y ahora, para los lectores del blog, pongo abajo (hasta abajo, no sea que no lean mi nota) el enlace al breve artículo.
Sabido es que Lacan tergiversaba con frecuencia el decir de los autores de los que hablaba y escribía (esto es trabajado con agudeza en la obra de Baños Orellana), y que -si de textos se trataba- llevaba a su molino el agua que le servía y dejaba correr la que no había de beber. Muy pero muy de prisa, simplificando en exceso y muy groseramente la relación Freud/Lacan, podría decirse que Lacan fue ante todo un gran tergiversador de Freud. Pero también lo fue de Saussure, Aristóteles, Peirce, San Agustín, HeideggerJoyce y un largo, larguísimo etcétera. Lo que no significa, en ningún momento, que a varios de los citados no los haya leído "bien", incluso "a fondo" (incluso -como en el caso de Freud- "a la letra"). ¿Por qué, entonces, no iba a leer "a su manera" al presidente Schreber? Ante el hallazgo de un misreading en los textos lacanianos, un lector lego -si está en buen son- podría decir: "¡No entendió nada este Lacan, pero qué genial interpretación! (Me ha tocado escucharlo.) Los lectores mala leche, en cambio, podrían tomarlo de estandarte e incluirlo en el primer capítulo de un libro titulado Imposturas intelectuales. Ciertamente, si los críticos que se afanan en demostrar que Lacan era un "charlacan" de verdad lo leyeran, encontrarían mucha tela para cortar. Pero eso les llevaría muchos años.
Si bien no todas las tergiversaciones tienen el lugar de un misreading (también había lapsus, olvidos, simples equivocaciones), para los analistas el estilo con el que Lacan leía no puede resultar tan sorprendente; pues se sabe que -cuando de psicoanálisis se trata- las cosas sólo funcionan si el método freudiano se adapta a las singularidades que requiere cada análisis (la "elasticidad de la técnica", que decía Ferenczi). Cada análisis deviene así una potencial máquina de hacer ficción, "novela familiar", "mito individual". (¿Y es que no hay algo de lectura en la acción del analista?). Los "errores" de Lacan en su lectura de Schreber no invalidan los desarrollos doctrinarios que elaboró a partir de ella. (La flaqueza de un concepto como Forclusión del Nombre del Padre hay que buscarla en "otras voces, otros ámbitos".) ¿Quién, desde el psicoanálisis (o sea, nadie en su "sano juicio") se animaría hoy a cuestionar las tesis de Freud sobre la sexualidad infantil debido a los baches (histórico-biográficos, errores de traducción, etc.) en los que tropezó su estudio sobre Leonardo? Al menos, me parece, no se haría a partir de ellos.
Lacan, quien se decía un traumatizado del malentendido puso su grano de arena en dicho trauma. Lacan, que advertía no decir toda la verdad porque ésta no puede decirse toda, también nos decía que la verdad está estructurada como una ficción. A este respecto, conviene recordar también a Maud Mannoni, que afirmaba, en un bello libro, que el verdadero estatuto de la teoría en el psicoanálisis no es otro que el de la ficción; la cual no se opone -como se piensa con frecuencia- a la "realidad objetiva", sino que más bien constituye su muy particular elaboración. A esta operación subjetiva, a veces, Freud la llamó fantasía, a veces delirio.



Para leer el artículo de Carlos Faig, "Schreber de memoria" (publicado originalmente en Bs. Aires en 1989), click aquí.

9 sept. 2011

30 años sin Jacques Lacan

 "Soy obstinado... Desaparezco."
           Últimas palabras de Lacan

Hoy se cumplen 30 años de la desaparición física de Jacques Lacan. En varias partes del mundo y, como es natural (¿y sí?), principalmente en Francia, llueven desde hace unos días homenajes y actividades que recuerdan al psicoanalista francés que revolucionó el panorama psicoanalítico durante la segunda mitad del siglo XX. Como este blog no se podía quedar sin asistir al mare mágnum de información que circula en la red, voy a colgar tres fragmentos que he escogido entre los libros de testimonios sobre Lacan (uno de su hija, dos de analizantes suyos) que aluden al momento de su muerte; un hecho que, a la manera de un corte topológico, vino a crear un límite, así como a transformar y a revelar ciertos rasgos estructurales del llamado movimiento psicoanalítico.
(Los tres libros existen en español, pero dado que es mi biblioteca personal la abastecedora del blog, traduzco a vuelatecla directamente de mis ejemplares.)
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Sybille Lacan
"En el Jacques Lacan, de Elizabeth Roudinesco, aparecido en septiembre de 1993, la autora evoca al final del capítulo "Tumba para un faraón" los últimos instantes de mi padre:
Escribe: ".... bruscamente la sutura mecánica se rompió, provocando una peritonitis, seguida de una septisemia. El dolor era atroz. Como Max Schur en la cabecera de Freud, el médico tomó la decisión de administrar la droga necesaria para una muerte suave. En el último instante, Lacan lo fusiló con la mirada". [Énfasis de S. L.]
Cuando leí esta última frase, me asaltó una desesperación indecible. Me derretí en lágrimas, que se transformaron en convulsivos espasmos. Boca abajo, sobre el diván de la "gran sala", zozobraba en un torrente de lágrimas ardientes que parecía que nunca se detendrían. La idea de que mi padre se había visto caer en la nada, sabiendo que iba a no ser más me era insoportable. Su furor en ese instante, su falta de aceptación del destino común de todos los hombres me lo hacían más querido, pues yo lo reconocía ahí completamente: "obstinado", según las últimas palabras que se le atribuyen.
 Ese día, creo, es el que más cercana me he sentido de mi padre. Después, ya no he vuelto a llorar pensando en él."
(De: Un padre)
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Gérard Haddad
"La desaparición de Lacan fue un suceso nacional. Los medios, sobre todo los diarios, le dedicaron su primera página. En verdad, y la distancia confirma la cosa, esta muerte marcaba el final de una época de la vida cultural francesa en su conjunto, más bien brillante. La mediocridad pronto se abatiría sobre la vida intelectual aspirada por la vanidad mediática.
Pronto asistimos a un suceso curioso, desconocido por los etnólogos y poco conveniente. Es una regla, en efecto, observar ante la muerte de un gran hombre, al menos hasta los funerales, un momento de silencio y de homenaje, considerar en primer lugar sus aportes positivos. O bien, he aquí que la prensa se encuentra invadida de artículos venenosos, venidos de la pluma de antiguos alumnos que habían roto con él desde hacía mucho, pero, todavía más sorprendente, también de los discípulos de última hora. El diario Liberation publicará así una página llena de reacciones de miembros de la difunta Escuela Freudiana. La intervención de mi agregado de prensa me permitió estar entre ellos. Rendí homenaje a la obra de mi maestro, a lo que le debía. A la mañana siguiente, al leer ese diario, quedé consternado al constatar que mi intervención era la única que saludaba sin ambigüedad ni reserva la desaparición de aquél que tanto nos había dado. Los alumnos que le fueron cercanos juzgarían bien, en las líneas que le dedicaban, criticar al desaparecido."
(De: El día que Lacan me adoptó)
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Stuart Schneiderman
"Cuando Lacan murió el 9 de diciembre de 1981, el suceso fue un anticlimax. Quizá debido al proceso que Robert Jay Lifton llama aturdimiento psíquico (psychic numbing), la gente no parecía capaz de una reacción auténtica. Un analista me dijo que no hubo un duelo significativo por Lacan puesto que, según lo dijo, "lo hicimos hace un año". Otros apenas y notaron su pasaje porque habían llegado a creer que su alma había tomado por habitación la de su yerno, Jacques-Alain Miller.
A veces parecía que un buen número de gente había deseado la muerte de Lacan. Hay muchos analistas que aún parecen orgullosos de tener un complejo de Edipo para actuar tales escenas en un vestido edípico. Pero los eventos mismos y los actos de Lacan en el mundo, en su mundo, sugieren otra lectura."
(De: Jacques Lacan: la muerte de un héroe intelectual)
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En esta última cita, la referencia de Schneiderman a Lifton es muy oportuna para la ocasión. Se recordará que en el encuentro que éste último sostuvo con Lacan en Yale, en 1975, el psicoanalista francés se declararía "liftoniano". El diálogo entre ambos giró en torno a las relaciones entre la muerte y el simbolismo, más exactamente, se planteaba la posibilidad de simbolizar la muerte. En la obra de Lifton, psiquiatra norteamericano que estudió a fondo las catástrofes humanas (p. ej., los holocaustos), los sobrevivientes han de pagar su deuda con los muertos estableciendo una línea de continuidad con la vida. 
En el ámbito lacaniano, ¿de qué orden serían dicha deuda y la posibilidad de saldarla? Quizá unas palabras del propio Lacan -que tanto privilegio dio en su transmisión a lo oral sobre lo escrito- extraídas de su texto sobre "La carta robada", se acercan en algo a responder: "Ojalá los escritos permaneciesen, lo cual es más bien el caso de las palabras: pues de éstas la deuda imborrable por lo menos fecunda nuestros actos por sus transferencias."


Que así sea, pues, pese a quien pese lo imposible... Hasta que la muerte nos arranque de la vida.


Placa en el frontispicio del número 5 de la calle Lille


Fuente de las citas:
-Sybille Lacan, Un père (puzzle), Folio, Paris, 1994.
-Gérard Haddad, Le Jour où Lacan m' a adopté, Grasset, Paris, 2002.
-Stuart Schneiderman, Jacques Lacan, The death of an intellectual hero, Harvard University Press, USA, 1983.
Trad. Gabriel Meraz