29 nov. 2009

El Cuadro (performance)

El día de mañana se presenta en la FFYL de la UNAM el performance "El cuadro". Aquí la invitación:

Universidad Nacional Autónoma de México
Facultad de Filosofía y Letras
División de Educación Continua

Invitan a la

Performance:
“El Cuadro”

Texto y dirección: Susana Bercovich

Con motivo de los cien años de la publicación del texto de Freud
sobre el caso conocido como « el pequeño Hans », nos proponemos rendir
un homenaje tanto a Freud como a Herbert Graf
(nombre de « el pequeño Hans »).

Puesto que en su vida Herbert Graf fue un renombrado director de
escena de ópera, nuestro homenaje es en su mismo registro,
la escena, la performance.


El título « El cuadro » cuestiona la clásica idea del « cuadro clínico »,
des-psicologiza el caso, lo pone en el mundo,
y entonces propone otra visión. Se trata también de incursionar en nuevos
modos de transmisión distintos del clásico dispositivo académico.


La pregunta que subyace:
¿Qué relación mantiene el psicoanálisis con sus casos ?


MESA REDONDA
Moderadora: Susana Bercovich
Participantes: Gabriel Meraz, Rocío Olivares y Rodrigo Páez

SEDE: AULA MAGNA DE LA FFyL

30 de noviembre
18:00 hrs.

24 nov. 2009

Presentación de libro


Mañana miércoles a las 19:00 hrs. en la librería Gandhi participo en la presentación del libro Formación y especificidades en el psicoanálisis con niños, de Georgel Moctezuma Araoz, editado por la UIC. La nota que sigue la escribí como prólogo a esta publicación.


Si se compara con la enorme cantidad de literatura que, en poco más de un siglo de existencia, ha producido el psicoanálisis, los escritos que versan sobre el llamado “análisis infantil” tienden a ser escasos. Esto a pesar de que la presencia del niño o, más exactamente, de lo infantil que insiste en el adulto, se encuentra en la base misma de la invención freudiana. El conocido aforismo de la Traumdeutung, “El sueño es la realización de un deseo inconsciente”, no dejó de precisar que se trataba de un deseo infantil.

Uno de los mayores impactos que pudo tener la doctrina analítica en la cultura, fue sin duda haber sacudido la concepción que hasta entonces se tuvo de ese ser, quien por la etapa de vida que atraviesa y por mor de costumbre llamamos niño. Como es bien sabido, las teorías de Freud sobre la sexualidad infantil derrumbaron un conjunto ideales que, con claridad desde el romanticismo, querían ver en los niños el emblema de la inocencia, la pureza, lo paradisiaco originario. Pero de manera más importante, cuando en 1909 se hizo público el caso del primer niño psicoanalizado, fue posible apreciar al niño como un sujeto deseante.

El deseo infantil -mostraba Freud- brotaba del suelo de la “angustia de castración”. Puede decirse que a partir de entonces el psicoanálisis con niños se hizo realidad. Y es que, en cierta forma, Freud construyó un niño que se ajustara bien a su invención. Un niño presa, por ejemplo, de una pulsión “epistemofílica” insaciablemente dirigida al sexo que, al no encontrar respuesta (pues no la hay) que satisfaga su curiosidad, se vuelve un teórico fantástico y genial; un inveterado hedonista guiado según las leyes del principio del placer, un niño en extremo sensible al costado significante (material) de las palabras, un especialista de la pérdida que sufre incurable la nostalgia del objeto perdido, un “perverso polimorfo”, etc. Hay, pues, un niño nacido de la experiencia analítica, y se ha llegado a hablar incluso de un “niño freudiano”, un “niño kleiniano”, un “niño lacaniano”.

La existencia del “niño del psicoanálisis” exige a los analistas elaborar las articulaciones clínicas y doctrinarias necesarias para dar cuenta de su práctica con ellos. La historia de las transformaciones “técnicas” que sufrió el dispositivo analítico para dar lugar al análisis con niños es bien conocida y puede rastrearse en los libros. Sin embargo, se ha escrito mucho menos sobre las especificidades propias de esta práctica analítica, sobre la singularidad que, más allá de toda posible semejanza o equivalencia que en teoría tiene el análisis infantil con el de los adultos, surgen de la presencia efectiva de un niño en un consultorio o en un espacio analítico.

Preguntas sobre la especificidad de la transferencia infantil y el lugar que en ella tienen los padres, la temporalidad, la repetición, el final (que el autor –pertinentemente- llama “salida”) del análisis, son planteadas en este libro de un modo que no deja de articular, mediante exposiciones claras y una lectura personal y ecléctica, algunos de los conceptos que diversos analistas han aportado al saber sobre la infancia con aspectos centrales y problemas ineludibles de la práctica analítica con niños.

El segundo capítulo, “Sobre la historia del “psicoanálisis infantil” en México y su relación con el problema de la formación”, ofrece una interesante visita a los momentos en que el análisis infantil corrió el riesgo en nuestro país -aún no del todo librado, hay que decirlo- de convertirse en una “especialidad” no muy distante de la pediatría o la pedagogía. El arduo problema que ha planteado de manera histórica la cuestión llamada “formación” de los psicoanalistas, es llevado aquí a un conjunto de interrogantes que surgen de las especificidades de este ámbito de la práctica analítica.

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Ilustración de Lorena de la Rocha

19 nov. 2009

J.-B. Pontalis. El escritorio del psicoanalista





















Un texto de J.-B. Pontalis sobre la relación del psicoanalista con la escritura.


Pero he aquí que me voy a meter en donde no quisiera hacerlo. Porque no hay nada más presuntuoso que pretender responder a la pregunta: ¿qué es escribir? Hacerla incluso es incongruente. Una respuesta de orden general queda manifiestamente excluida, pues son infinitos los modos de escritura: del tratado filosófico al poema, del diario íntimo a la novela, del libro de razonamientos a la biografía. No es solamente la variedad de "género" lo que se pone en tela de juicio, ni su aparición o su decadencia en tal o cual momento de la historia y en el seno de una cultura dada. Pero es improbable que lo que hacía escribir a Platón resulte de las mismas exigencias que aquellas a las cuales se vio sometido Kafka, o que se puedan esperar respuestas, no digo similares, sino comparables entre ellas, por parte de Madame de Lafayette y de Artaud. La respuesta la da el libro nada más, la obra, no las declaraciones. Incluso si la formulamos en otros términos como: "Para usted, ¿qué es escribir?" o "¿Qué es lo que le empuja a usted a escribir?", la pregunta no tiene razón de ser, aunque se le haga a un escritor. De todas maneras él sabría zafarse: "¡Sólo sirvo para eso!" (*)

Pero tenemos derecho a plantear esta pregunta a un psicoanalista. ¿Qué mosca le pica que le hace dejar su sillón por el escritorio? ¿Por qué él, consagrado más que nadie a la trasmisión oral -ya sea en el tratamiento, los exámenes o los seminarios-, a lo que dice una voz sobre fondo de silencio y de ruido, a veces de furor, de los movimientos pulsionales, va a recurrir al escrito, necesariamente sometido a sus propias exigencias? ¿Por qué él, cuya práctica descansa completamente en lo que los ingleses llaman privacy, tiene que salir al encuentro de un público?

Sin duda no faltan las respuestas simples, incluso triviales. Después de todo el psicoanalista no se sustrae al destino común. ¿Por qué no habría de obedecer él al loable propósito "científico" de comunicar lo que ha descubierto o creído descubrir en sus tratamientos? ¿Por qué habría de estar excento del placer "narcisista" inherente a la imagen supuestamente halagüeña que él daría de sus talentos? Y además, ¿quién escapa en nuestros días a la sobrestimación de la escritura, tan perceptible en Francia sobre todo, gran país grafomaniaco -al grado de que nuestras eminencias temen no existir verdaderamente si no han publicado un libro?

Sin embargo, estos datos de hecho toman, con el psicoanalista, un giro particular. En su caso, hacerse de un nombre debe entenderse también en un sentido literal, el de darse nombre propio, porque, más que nadie, él se ve confiriendo, por el efecto de la transferencia, tantos nombres que no son el suyo; escribir, para él, sería un medio privilegiado de dejar de ser un "prestanombres", de verse reconocido, (más allá del reconocimiento social). Convertirse en autor también podría entenderse literalmente como aquél que quedó disponible, a lo largo del tiempo, para tantos personajes en busca de autor... En cuanto al propósito de comunicar su experiencia y sus hipótesis, responde, según yo, a muchos otros imperativos diferentes del de beneficiar a sus colegas con sus propias reflexiones, ponerlas a prueba, tal como se hacía en los exámenes durante la carrera. El tercero, que antes era el examinador, se vuelve el lector (y uno es su propio lector a partir del instante en el que escribe). ¿Cómo podría el análisis arreglárselas sin esa prueba del tercero que viene como a asegurarle que él no es solamente la víctima de su propia fantasmática, que debe a la vez "divagar" -sin lo cual no hay invención- y dar a sus pensamientos más extraños una forma bastante consistente para que el otro pueda percibir sus contornos y apreciar su validez?

El escrito, en fin, a mi manera de ver no es un accesorio de la actividad analítica. Que se me perdone primeramente esta evidencia: sin la obra escrita de Freud ciertamente no careceríamos de taumaturgos ni de chambistas del alma, pero no habría psicoanalistas: Freud, que nunca disoció la escritura de su práctica, que no dejó de ajustar una en la otra, que siempre encontró en la literatura, los mitos y los cuentos fuente de inspiración, al grado que, para muchos en la actualidad, la novela es "Dora", el diálogo filosófico es "El pequeño Hans", y el "Discurso sobre el origen de las lenguas" ¡es el presidente Schreber quien lo profiere!
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S. F. en su escritorio
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Y además escribir incluso en aquél que se considera practicante, sólo practicante, comienza con las palabras que se imprimen en su cabeza y que se volverán a presentar mucho más tarde, cuando ya las creía perdidas, se depositarán en desorden en unas cuantas notas garrapateadas en un papel después de una sesión; eso se hace a veces, cuando llega la noche, en las páginas de un cuaderno que no se mostrará nunca a nadie, como si con esto necesitáramos menos poner orden en nuestros pensamientos que prevenirnos contra un riesgo de abuso, reponernos, reconquistar una identidad cuestionada, intentar restaurar una unidad demasiado amenazada.

¿De dónde viene esa urgencia que a veces sentimos y que nos impulsa a dar una forma, incluso incierta, a lo que a la vez nos atormenta y se nos escapa? Muchos analistas lo han manifestado: no son los análisis los que "funcionan", es decir los que favorecen por ambas partes las asociaciones y la elaboración, ni los que confirman nuestras teorías y satisfacen nuestras expectativas, no son ellos los que llaman al escritorio. ¿Para qué recurrir a la "escena de la escritura" cuando la "escena del análisis" está suficientemente animada, con la palabra dotada de su elocuencia propia y cuando el drama se actúa y se construye delante de nosotros? Pero ya sea que el desierto gane terreno; que, por un efecto de repleción o de vacuidad, nuestra capacidad de sentir y nuestro aparato de pensar estén desbordados o vaciados; que la destrucción, sobre todo, pueda más de lo que habíamos creído pacientemente edificar pieza por pieza, entonces nos es necesario otro "continente", el cuaderno, nos es necesario un "block de notas" perfectamente real, que no sea una metáfora y que podamos tener a mano y conservar. Lo que anima al psicoanalista a escribir no es sin duda de la misma naturaleza que lo que autoriza a decir. Quizá la pasión por escribir resulta a veces de la impotencia para decir, e incluso para pensar. Quizá sólo escribe uno a partir de su afasia secreta, para superarla tanto como para dar testimonio de ella.
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El escritorio de J. L.
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(*)Respuesta de Samuel Beckett a un cuestionario del periódico Liberation: "¿Por qué escribe usted?"

(De: LA FUERZA DE ATRACCIÓN, Siglo XXI, 1993)

15 nov. 2009

Escritos, de Jacques Lacan


"La ilegibilidad de lo legible es, quizá, el extremo de la transparencia". Edmond Jabès
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Hay libros destinados por su mera aparición a ser referencia ineludible en un campo de saber. Fue ésa la suerte en el psicoanálisis de los Escritos de Jacques Lacan.

Reacio a producir en forma de “libro”[1]Lacan dio a publicar además de un artículo de enciclopedia un conjunto de conferencias y artículos dispersos en revistas y boletines especializados, absolutamente inhallables en otro lugar que no fueran los cajones de su mesa de trabajo o el closet de su casa de la Rue de Lille. La insistencia (aunada a un supremo talento como editor) de François Wahl, convenció a Lacan de realizar una selección de sus textos y reunirlos en un volumen que a la postre llevaría por título Escritos.
Entre marzo y octubre de 1966, Lacan se dio a la tarea de redactar seis textos más y de corregir profusamente más de quinientos párrafos de sus escritos, hasta convertirlos en lo que hoy conocemos como los Escritos. Wahl, por su parte, hizo cambios al alimón con el autor y, en palabras de Roudinesco, consiguió “arrancar a ese hombre de la tiranía de su propia palabra para hacerle llegar por fin a una verdadera escritura”[2].
El 15 de noviembre de 1966 los Escritos salían a las librerías. En menos de dos semanas vendieron cinco mil ejemplares, y en un tiempo récord la venta rebasó los cincuenta mil[3]. Cifras llamativas tratándose de la obra de un autor que ya entonces tenía cierta fama de ilegible. (Aún siendo un novel psiquiatra, Lacan se dio a conocer, entre otras cosas, por ser dueño de un estilo de escritura hermético y barroco que, si bien desconcertaba a sus colegas[4], fascinaría más tarde a poetas como Haroldo de Campos o Severo Sarduy).
Cabe suponer que quien se autodenominara “el Góngora del psicoanálisis” no usara un significante a la ligera. Al titular su libro Escritos, Lacan distinguía con claridad las dos vertientes sobre las cuales desplegó su enseñanza -privilegiadamente oral- y daba nacimiento a la oposición Lacan-oral/ Lacan-escrito que ha puesto a trabajar en serio a quienes aún se esfuerzan en descifrar tanto su escritura como aquello que –posiblemente- dijo cada miércoles durante casi tres décadas en su seminario.
Es verdad que, hasta cierto punto, algunos escritos de Lacan condensan en unas cuantas páginas el abstruso recorrido de un año de seminario; pero eso no explica la densidad de los Escritos, masa textual significante que, para quien a ellos se asoma, parece hacer surgir a cada renglón una pregunta insistente: ¿Es ilegible Lacan?
Tiempo después de publicarla se refería a su obra de este modo: “Estos Escritos, ya se sabe, no se leen fácilmente […] y a lo mejor la cosa llega hasta el punto de que no son para leer”[5]. Poco le faltaba a Lacan para decir como Antonin Artaud: “Escribo para los analfabetas”.
Los Escritos de Lacan son ilegibles si se acepta (con Barthes, Derrida y el mismo Lacan) que ciertos textos sólo admiten ser leídos una vez que se asume su ilegibilidad. Barthes proponía una lectura perversa[6]: la que obliga al lector a asumir la posición del niño que sabe que su madre no tiene pene, pero se obstina en creer que lo tiene. Es el lector que parte de esta verleugnung fundamental: “Ya sé que es imposible de leer; pero aún así…”. Son textos que revelan que la experiencia de lectura consiste en “experimentar que el sentido no es accesible […] que el concepto tradicional de lectura no resiste ante la experiencia del texto; y, en consecuencia, que lo que se lee es una cierta ilegibilidad”.[7]
Pero los Escritos ostentan cierta legibilidad si se concede que (si bien con ellos Lacan se dirigía a un público que trascendía su seminario, incluso a un público por venir) la experiencia de leerlos constituye una enseñanza decisiva en estrecha relación con la práctica analítica misma: el lector es conminado a no entender muy deprisa, a tomarse un “tiempo para comprender”[8], a no extraviarse en los derroteros imaginarios del sentido, es decir que es llevado a leer a la letra, como hace el analista con la escritura que surge de lo que se dice en un análisis (y como, por otra parte, Lacan leyó el texto de Freud[9]). Asimismo, Lacan llegó a señalar que la elipsis barroca de su escritura, en la que un significante permanece en reserva, no dejaba de tener cierta relación con un objeto perdido, objeto que en su radical ausencia vectoriza la direccionalidad de la experiencia analítica.
Unas palabras de Michel Foucault sobre el hermetismo lacaniano son del todo esclarecedoras: “Él [Lacan] quería que el lector se descubriera a sí mismo como sujeto de deseo, a través de esta lectura. Lacan quería que la oscuridad de sus Escritos, fuera la complejidad misma del sujeto, y que el trabajo necesario para comprenderlo fuera un trabajo a realizar sobre uno mismo”.[10]
Y es que la ilegibilidad de la escritura de Lacan no es el extremo de un denodado hermetismo: encierra en ella la apuesta por una lectura de la literalidad, una lectura anclada al soporte material del significante (la letra) y no al lektón espiritual del significado. El inconsciente, decía Lacan en estos años, concierne a la pura lógica del significante. Otros serán los problemas y articulaciones que, después de la publicación de los Escritos, elaborará a partir de la escritura topológica nodal.
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Este texto será publicado en breve por la revista "Nuestro Siglo", de Siglo XXI editores, con motivo de la reedición en español de los Escritos.

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[1] En 1964 La editorial Seuil canceló por incumplimiento el contrato de un libro suyo (Cuestionamiento del psicoanalista), cuya escritura Lacan presumiblemente nunca concluyó.
[2] Roudinesco E., Lacan, FCE, Colombia, 2000, p. 472
[3] Tres años después, el primer tomo de la edición de bolsillo vendía más de ciento veinte mil ejemplares, y el segundo más de cincuenta y cinco mil, batiendo records editoriales en Francia. En esos días, Lacan ironizaba en su seminario sobre la recepción de su libro: “Lo que salva, sin embargo, mis Escritos, del accidente que tuvieron, o sea de que se los leyera en seguida, es que son de todas maneras un worst-seller”. Lacan, J. Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992, p. 208
[4] Ya en 1938 Edouard Pichon se expresaba en estos términos sobre el estilo de Lacan: ·”sería del interés de todos los especialistas en psicopatología que él [Lacan] se liberara de cierta coraza en que su espíritu se encierra, coraza hecha a la vez de una jerga de secta y de un preciosismo personal. Ello perjudica sus obras”. Citado por M. Arrivé en Lenguaje y psicoanálisis, lingüística e inconsciente, Siglo XXI, México, 2004, p. 244
[5] Lacan, J., El seminario 20, Aún, Paidós, Barcelona, 1981, p. 37
[6] El placer del texto, Siglo XXI, Argentina, 1973, p. 62
[7] J. Derrida, Entrevista con Carmen González Marín, Revista de Occidente, 62-63, 1986, p. 163
[8] Cfr. Lacan, J., “El tiempo lógico…” en Escritos 1, Siglo XXI, México, 1994, pp. 187-204
[9] Cfr. Lacan, J., “De un designio”, en Escritos 1, Siglo XXI, México, 1994, pp. 349-353
[10] Dits et écrits,Vol. IV, (1980-1988), Gallimard, Paris, 1994, p. 205

13 nov. 2009

Jacques-Alain Miller. La U. P. J.-L. o la educación freudiana del pueblo francés


El fin de semana pasado, el 8 de noviembre, Jacques-Alain Miller anunció en París la creación de la Université Populaire Jacques-Lacan. El texto que sigue acompañó la fundación de la misma. Se trata, para Miller, del "momento de concluir" en lo que se refiere al espinoso asunto de la relación del psicoanálisis con la universidad. En el artículo que dedicó al tema: "¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?" (1918) Freud enunció una postura clara: la universidad puede beneficiarse si integra el psicoanálisis en sus programas, pero no a la inversa, ya que no es posible "aprender cabalmente el psicoanálisis" en un aula universitaria (esto es obvio, si uno admite que el análisis algo tiene de "enseñable"). Lacan hizo lo propio al distinguir con claridad el discurso analítico del discurso universitario. Dicho rápidamente, en el primero la posición de agente es ocupada por el objeto a minúscula, mientras que en el segundo el agente es el saber. La universidad transmite un saber preconstituido, distinto del saber ligado a la invención que corresponde al análisis como experiencia. Sin embargo, Miller se ha tomado en serio llevar a cabo una "educación freudiana del pueblo francés", y no esconde la ilusión de extenderla a otras latitudes. La pregunta que surge es: ¿Dónde quedará lo que hay de real en la "formación" de los analistas de seguir proliferando un modelo universitario de transmisión? ¿A dónde llevará al psicoanálisis el sueño de una "humanidad analizante"?

Para leer el texto de Miller en francés hacer click aquí


Hay un tiempo para pensar – meditar, calcular, pronosticar, tergiversar – y hay un tiempo para actuar, acometer, pasar al registro del acto, lo que implica siempre atravesar a toda prisa la barrera del no saber.

Hace ya algún tiempo que había puesto la idea a discusión, la de crear un potente polo de enseñanza en París, reuniendo bajo un mismo titular, sin poner en cuestión su autonomía de funcionamiento, las enseñanzas de la Escuela, las del Département de Psychanalyse, las dos Sections cliniques, el Collège freudien pour la formation permenente, l'Envers de Paris, los Grupos del Campo freudiano, ¿y qué más? Llegué hasta a evocar la idea de una Universidad europea y esta idea ha sido sostenida por Uforca, bien acogida tanto en España como en Italia.

Faltaba lo que Stendhal llama "cristalización". Estas Jornadas son su ocasión. Son ustedes aquí más de 2000: es una afluencia sin precedentes. Sobre todo, por mucho que les disguste a los pájaros de mal agüero que nos prometen "la kermesse" porque ya no tenemos la cara de entierro que tradicionalmente es la de los analistas en cualquier circunstancia institucional, nunca hemos trabajado mejor, más seriamente y más agradablemente.

Se desprende una línea política; la expongo a medida que se me revela, como un profeta que fuera su lógico; recibe estos días el asentimiento de la mayor parte. Pues bien, ha llegado el momento de concluir sobre el tema universitario, para ir por delante sobre más temas todavía.

Digo "Universidad popular", porque el término es conocido, está en curso, y porque indica muy bien que nos tomaremos a pecho esta "educación freudiana del pueblo francés" por la que hacía mis votos a principios de este decenio – salvo para extenderla a todos los pueblos, tal como nos anima a hacerlo el ejemplo de Mirta Kadivar en la República islámica de Irán. Las religiones han conseguido orientar a la humanidad hacia divinidades de utilidad dudosa, y cuya existencia está sujeta a controversias. ¿Por qué retroceder ante la noción de una humanidad analizante? No es algo para mañana, se lo concedo - ¿pero para pasado mañana? ¡Tomorrow, the World!

La llamo "Jacques-Lacan" porque procuraré que sea digna de este nombre.

Será una asociación sin fines de lucro; intentaremos que sea reconocida de utilidad pública.

Alojará el Polo parisino del que hablaba, al que se añadirán los principales establecimiento de Uforca, y los mejores del extranjero, como el ICBA (Instituto Clínico de Buenos Aires) o el Seminario franco búlgaro distinguido por Judith Miller.

Me parecería bien que esta Universidad aloje un Instituto Lacan, dedicado a los estudios lacanianos.

Veo que ayudará a los establecimientos de enseñanza del Campo Freudiano a reconfigurarse y a perfeccionarse, sobre la base del voluntariado y, ya lo dije, con el respeto por las autonomías de gestión. Reducir al mínimo el número de establecimientos de gestión directa.

La Universidad Popular deberá dotarse de un departamento de publicaciones, en el que se reinscriba el Journal des Journées, LNA-Le Nouvel Âne, Ornicar?, y abrir una Web y un Blog propios.

Hago el acto. No tengo más detalles para comunicar. Los discutiremos después, con el espíritu de las Jornadas, win-win. Esta Universidad Popular la construiré a cielo abierto, bajo la tiranía de la transparencia, con aquellos que querrán colaborar con ella, en particular en el Journal des Journées, y en Twitter.

Jacques-Alain Miller

(Traducción: Miquel Bassols)

6 nov. 2009

Sándor Ferenczi. «Discurso de fundación de la IPA»

En una doble maniobra, Freud disolvió la Sociedad Psicológica de los Miércoles para fundar la Sociedad Psicoanalítica de Viena. La primera, como se sabe, era el "grupito" que hacían los primeros partidarios del psicoanálisis. La costumbre de reunirse la noche de los miércoles, en la sala de espera del consultorio de Freud, dio nombre coloquial a una sociedad que, si bien por su proceder no alcanzaba a ser una "institución", constituía el germen, por así decir, de las agrupaciones analíticas. Freud la formó en 1902 por iniciativa de Stekel, un médico que experimentó beneficios al someterse a un análisis con él. Adler fue de los primeros en sumarse y poco después llegaron Federn, Sadger y Graff, entre otros más.

A cinco años de existencia la Sociedad contaba más de veinte miembros, y Freud juzgó propicio refundarla, maniobra que le permitiría a su vez, eso pensaba, solventar los conflictos más o menos incipientes que se venían gestando en su cofradía de media semana (una "fraternidad", según el recuerdo de Graff).

En carta firmada en Roma el 22 de septiembre de 1907, Freud se dirigía a los de su círculo para anunciar la fundación de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Anotaba que, para formar parte de la nueva asociación, sólo era necesario manifestar su deseo de pertenencia con una breve nota dirigida al secretario (Rank). "(...) La disolución de la Sociedad y su posterior reorganización -les decía Freud- tiene el propósito de devolver a cada uno su libertad de separarse de la Sociedad sin perjudicar con ello sus relaciones con las demás personas de la misma". (*)

Con su gesto, Freud dejaba en claro que el lazo entre analistas puede sucumbir, como todo vínculo humano, a la pérdida de interés y el deterioro, pero también que el lazo del psicoanalista con la sociedad que integra en modo alguno es vitalicio; para hacerlo vigente, parecía decirles Freud, era preciso refrendarlo mediante el deseo.

Hacia el final de su carta, Freud sugería que el mismo procedimiento se repitiera a razón de cada tres años. Sin embargo, tal renovación del lazo analítico con la Sociedad y sus miembros nunca se repitió. Tres años después tuvo lugar la fundación de la IPA (por sus siglas en inglés, lengua oficial desde 1936).

En la primavera de 1910, Freud encomendó a Sándor Férenczi (con quien había iniciado amistad dos años antes) la tarea de proponer en el Congreso de Nuremberg la formación de una Asociación Internacional que agrupara en su seno a los sociedades analíticas ya existentes (Viena, Zürich). Según confiesa en su "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico" (1914), Freud temía en la ascendente popularidad del psicoanálisis tergiversaciones y abusos; por ende, veía necesario localizar un centro desde el cual pudiera emitirse una declaración de este tipo: (Freud dixit) "El análisis nada tiene que ver con todo ese disparate, eso no es el psicoanálisis" (o sea, la función de regular y legitimar la doctrina), que dispensara una adecuada formación a los candidatos que desearan convertirse en analistas (o sea, dar garantías a la praxis analítica) y last but not least, que se encargara de crear un clima propicio para el "intercambio amistoso y para un apoyo recíproco" entre los adeptos del psicoanálisis (o sea, el objetivo que nunca cumplió). En el precitado escrito, Freud decía que era esperar más de lo que podía obtenerse.

Fritz Wittels, el primer biógrafo de Freud, aseguraba que lo ocurrido en Nuremberg fue una maniobra política pactada por el maestro con Ferenczi y Jung, en su viaje de vuelta de Estados Unidos (otoño de 1909) luego de haber constatado la distorsión que sufría el psicoanálisis en los países lejanos al epicentro del "movimiento analítico". Si, como se ha repetido tantas veces, creían los viajantes que llevaban la peste, cabe preguntarse si volvían contagiados. (¿De qué? En su exilio neoyorquino, Theodor Reik estaba convencido de que "algo en el aire" de ese país afectaba gravemente al psicoanálisis.)

El Congreso de Nuremberg tuvo lugar el 30 y 31 de marzo de 1910. Ferenczi presentó su discurso el primer día, y causó tal revuelo -en especial en el "grupo vienés"- que la votación se aplazó para el día siguiente. Se sugería a Carl Jung como presidente vitalicio de la Asociación a fundar, cuya investidura, además, en calidad de director editorial, quedaba provista de un poder de censura inédito: cada trabajo tendría que recibir su aprobación antes de ver la imprenta. Franz Riklin, otro psiquiatra suizo pariente suyo, sería el secretario.

Freud quería desplazar el núcleo del "movimiento analítico" de Viena a Zürich, donde un centro universitario acababa de abrir sus puertas al psicoanálisis (eso lo consiguió). Quería dejar de ocupar el primer plano, al considerar que su persona condensaba toda la mezcla de amor y odio que un padre despierta en sus hijos (eso lo consiguió a medias, además erró su elección y le salió muy caro: Wittels cuenta que ya en Nuremberg algunos suizos alborotaban por el supuesto "pansexualismo" del análisis). Y quería despachar con su acción algunas diferencias con el grupo de Viena, señaladamente Adler y Stekel, quienes, como era de esperarse, se opusieron resueltamente a la propuesta de Ferenczi. Veamos cómo lo hizo.

Después de la primera jornada del Congreso, por la tarde, los de Viena decidieron reunirse en una de las salas del Gran Hotel de Nuremberg para discutir la -a sus ojos inaudita- situación. De pronto, sin estar invitado, llegó Freud a la reunión. Según Wittels nunca le habían visto en tal estado de excitación y les dirigió estas palabras: "Son casi todos judíos y, por consecuencia, no aptos para conquistar amigos para la nueva doctrina. Es necesario que los judíos se resignen a ser el estercolero de la civilización. Es necesario que me relacione con la ciencia; estoy viejo, y estoy cansado de ser perseguido. Todos estamos en peligro". Casi arrancándose el abrigo continuó: "No quieren dejarme ni un abrigo para cuidarme las espaldas. El suizo nos salvará, me salvará a mí, y también a todos ustedes". (**)

Los vieneses no quedaron convencidos de las justificaciones de Freud, pero al final recularon y -previo acuerdo de que Jung presidiera solamente dos años- la propuesta de la Asociación fue aprobada. Freud cedió a Adler la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y nombró vicepresidente a Stekel. La "política del psicoanálisis" nacía de manera oficial.

El exordio de Ferenczi llevaba por título: "Informe sobre la necesidad de una unión más estrecha de los adeptos de la teoría freudiana y proposición para la fundación de una organización internacional permanente", pero en su obra editada figura bajo una rotulación algo insulsa: "Sobre la historia del movimiento psicoanalítico".
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Firma de Ferenczi
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Después del Congreso Freud, que conocía previamente el discurso de Ferenczi, dio a este último sus impresiones sobre la revuelta: "Su alegato lleno de temperamento y de vida ha tenido la desgracia de desencadenar tantas contradicciones que se han olvidado de darle las gracias por la importancia de la propuesta. Toda sociedad es ingrata, eso es así. Pero nosotros hemos sido un poco culpables los dos, pues no hemos tenido en cuenta la impresión producida en los vieneses. Habría sido fácil olvidar completamente las alusiones críticas y aceptar la promesa directa de libertad científica (...)" (carta del 3 de abril de 1910).

A vuelta de correo, Ferenczi asumió la responsabilidad de lo ocurrido, y depositó la culpa en su "complejo fraterno": "Me he sentido decepcionado y un poco deprimido al ver que mi proposición tropezaba con la resistencia de los vieneses, por motivos personales. Mi complejo fraterno se puso seguramente en juego (¡por ejemplo, no quería renunciar a los pasajes controvertidos!)" (5 de abril).

Sea como fuere, es de agradecer que Ferenczi se dejara ganar del susodicho "complejo". De suprimir los "pasajes controvertidos" nos habría privado muy seguramente de una verdadera gema para el estudio de las sociedades de psicoanálisis. Entre los más llamativos (las metáforas bélicas, el enlace constante de los ámbitos conocidos como "intensión" y "extensión") destacan por su importancia y consecuencias aquellos donde Freud es situado explícitamente en el lugar de un Pater familias, y en donde se plantea como modus operandi de la Asociación a fundar la estructura familiareructurd una familia. Ni más ni menos. (Y ya se sabe que -fuera de la IPA- el lacanismo no quedó exento de una "transmisión familiar", pero esa es otra historia...)

A decir de Wittels, en el Congreso de Nuremberg Freud adoptó el papel del "padre de la horda primitiva de Darwin".
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La complejidad de la relación Freud-Ferenczi merece un abordaje aparte; aquí únicamente anotamos que Sándor (que en ese tiempo aún no intentaba analizarse con Freud, con los sabidos resultados y efectos en la praxis del húngaro) ya abrigaba el anhelo de ocupar ante su maestro el lugar de un hijo amado. Si bien a Freud le incomodaban sus demandas, prendado del talento del discípulo condescendió en ciertas cartas a saludarlo con un afectuosísimo: "Querido hijo".

En la ya citada del 3 de abril de 1910, le escribía: "Con el Congreso de Nuremberg ha terminado la infancia de nuestro movimiento. Esa es mi impresión".

Han pasado noventa y nueve años y parece que estaba en lo cierto. Quizá a partir de ese momento el "movimiento analítico" conocía su "pubertad", tendría sus "crisis adolescentes". Freud esperaba -eso le decía a Ferenczi en la carta- un "periodo de juventud próspero y bello".

¿Lo vio llegar? Hum, no sé. Empezaba -en especial para el llamado "padre del psicoanálisis"- una etapa difícil...


Para descargar en Word el discurso de Ferenczi haz un click aquí.

(*) E. Jones, FREUD, Salvat, Barcelona, 1985, p. 273.
(**) F. R. Wittels, FREUD, Editorial Paix, Santiago de Chile, 1936, p. 101.

Claude Lévi-Strauss (1908-2009)


Dos fragmentos de entrevista de Lévi-Strauss con un instigante Didier Eribon:

"(...) D. E. ¿Cuándo leyó a Freud?

C. L-S. Muy pronto, porque tuve un compañero de Liceo cuyo padre, psiquiatra, fue uno de los primeros en interesarse por Freud en Francia. Colaboraba con Marie Bonaparte, y me incitó a leer -yo estaba en clase de filosofía- La introducción al psicoanálisis, y lo que entonces se llamaba, en su primera traducción, La ciencia de los sueños.

D. E.- Después usted ha lanzado palabras bastante duras contra el psicoanálisis.

C. L-S. Varios amigos y conocidos míos han recurrido a él. Mis relaciones con ellos han alimentado algunas dudas sobre la terapéutica. Sobre todo quise oponerme a la tentación que sienten demasiados etnólogos, sociólogos e historiadores, que cuando sus interpretaciones chocan contra un muro, en lugar de volver a empezar, tiran por el cámino más cómodo: llenar los vacíos que encuentran delante de ellos con esas explicaciones comodín en que es pródigo el psicoanálisis. Pero todo ello no invalida un hecho: el pensamiento de Freud jugó un papel capital en mi formación intelectual; tan grande como el de Marx. Me enseñaba que, incluso los fenómenos en apariencia más ilógicos, podían ser susceptibles de un análisis racional. Me parecía comparable con el paso dado por Marx respecto a las ideologías (fenómenos colectivos en lugar de individuales, pero también de esencia irracional): alcanzar, más allá de las apariencias, un fundamento coherente desde un punto de vista lógico, cualesquiera que sean los juicios morales que sobre él se tengan (...)"

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"(...) D. E.- A Lacan lo conoció usted muy bien.

C. L-S.- Fuimos muy amigos durante algunos años. Con los Merleau-Ponty íbamos a almorzar a Guitrancourt, donde tenía una casa. Cuando mi mujer y yo quisimos buscar un retiro en el campo, Lacan acababa de comprar una DS a la que quería hacerle el rodaje. Nos fuimos los cuatro de expedición, fue muy divertido. Había que ver a Lacan llegando a un horrible hotelucho de subprefectura y ordenando desde la altura de su majestad imperial que le prepararan inmediatamente un baño. Apenas hablábamos de psicoanálisis o de filosofía; lo hacíamos más bien de arte y literatura. Tenía una cultura amplísima, compraba cuadros y obras de arte, y ese tema ocupaba un lugar en nuestras charlas.

D. E. -Cuando usted iniciaba sus clases en la sección Quinta de la Escuela de Altos Estudios, él empezaba por su lado su famoso "seminario". ¿Asistió alguna vez a él?

C. L-S. -Más tarde y sólo una vez, la primera clase que dio en la calle de Ulm. Cuando le cerraron la Escuela Normal, persuadido incluso de que él no tenía razón, intervine ante Braudel para que la Escuela de Altos Estudios le acogiera.

D. E. - ¿Qué piensa de sus trabajos?

C. L-S.- Habría que comprenderlos. Y siempre he tenido la impresión de que, para sus fervientes admiradores, "comprender" no quería decir lo mismo que para mí. Yo habría necesitado cinco o seis lecturas. A veces hablábamos de ello Merleau-Ponty y yo, y llegamos a la conclusión de que no teníamos tiempo.

D. E.- Sin embargo, usted le ha citado...

C. L-S. -Una sola vez creo, y sobre todo por amistad.

D. E. -A pesar de esa amistad, a usted le molestó que asociasen su nombre al de usted en la constelación del "estructuralismo".

C. L-S.- Debo confesar que sí; pero en aquel momento Lacan se había convertido en una especie de gurú y nuestras relaciones se habían enfriado mucho.
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"El Banquete estructuralista"
(Lévi-Strauss, Lacan, Jakobson, Barthes)
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D. E. - En su Historia del psicoanálisis, Elisabeth Roudinesco afirma que Lacan lo pasó siempre muy mal por falta de inserción universitaria. Sobre todo por estar en el Colegio de Francia.

C. L-S. Nunca habló de ese tema, aunque es posible.

D. E. -Jamás pensó usted en presentar su candidatura al Colegio de Francia?

C L-S. -No se me ocurrió nunca. Y por lo que a él se refiere ya acabo de decirle que nunca me hizo la menor alusión, ni se la hizo, estando yo presenté, a Merleau-Ponty.

(De: DE CERCA Y DE LEJOS, Alianza Editorial, 1990)

Parece que la noticia de la muerte de Lévi-Strauss enteró a mucha gente de que seguía vivo. Aquí en La Jornada. Aquí en Le Monde.